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Nuestra fascinación por lo natural: cámaras y animales

Me llama mucho la atención lo mucho que nos atraen los seres vivos en su entorno natural, y lo mucho que hacemos por cargarnos dicho entorno. Pero nos apasiona ver la vida de los animales a través de cámaras.

Si me remonto todo lo posible en mi memoria, en la tele ya triunfaban esos documentales de animales. Vale que triunfaban como método para dormir después de comer en La 2… pero triunfo es triunfo. Unos años antes España entera se había enganchado a las historias de Félix Rodríguez de la Fuente, pero yo de eso no tengo memoria. El caso es que lo que hacía Félix no era tan natural como nos querían hacer creer.

La farsa documental

Espero no estar destrozándole la infancia a nadie con esta afirmación, pero os tengo que decir que la mayor parte de lo que se ve en los documentales es poco natural. A veces, cuando solo se ha dejado una cámara fija, sí tenemos una representación de la realidad. Pero siempre que hay personas implicadas, lo que se enseña está alterado. Está alterado porque los animales que aparecen están domesticados. O está alterado porque la presencia humana hace que los animales se comporten de forma ligeramente diferente.

Félix trabajaba con animales que para nada se comportaban de forma «natural». Como él, cualquier otra persona que haya aparecido con animales en la tele, independientemente del país. Pero con el paso de los años cada vez tenemos más documentales que se basan en cámaras fijas que nos enseñan animales. Y estas cámaras sí recogen lo que ocurre sin alterar (casi) el medio.

El éxito de los canales de cámaras fijas con animales

En ese contexto, como en cualquier otro, el streaming ha despegado en los últimos años. Hace ahora cosa de un año, en Twitter había un montón de gente comentando lo que ocurría en una charca en Namibia. Allí se ha dejado una cámara fija y, en tiempo real, podemos ver lo que está ocurriendo. Si se acercan animales a beber, si es de día, si es de noche, si hay más o menos agua… y como es tiempo real, eso hace que puedas acabar pasando horas y horas mirando hasta que grites ¡un pájaro! y te sientas especial, porque has visto esa imagen justo cuando ocurría, desde tu casa.

Y doy ese ejemplo porque mientras escribo estas líneas tengo el canal abierto y, aunque no lo he visto, he escuchado a algún tipo de pájaro que se ha acercado a beber. Acabo de ir a mirar que se cuece, y han llegado tres chacales a la charca.

El caso es que no tenemos que irnos tan lejos. Más cerca también tenemos cámaras grabando animales. En la sierra madrileña tenemos una webcam que nos permite seguir cada año la vida de una familia de buitres. Y por qué no decirlo, agobiarnos cada vez que cae una nevada y el pollo queda aplastado por la nieve. Esto ocurrió este año cuando nevó más tarde de lo habitual y ya había salido el pollo de su huevo, lo que generó muchos comentarios preocupándose por la integridad del pobre buitre. Por cierto, el buitre, protegido por su mamá, aguantó un montón. Si no os van los buitres, también tenéis la versión águila.

¿Por qué nos fascina tanto ver lo que ocurre en la naturaleza y hacemos tanto por destrozarla? En cualquier caso, si he cumplido mi objetivo, ahora os pasaréis un buen rato mirando esas cámaras…

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Invierte hoy para ahorrar mañana en sanidad

En estos tiempos en los que tanto se habla del gasto (o falta de gasto) en Sanidad, no es un mal momento para recordar que la salud es una de esas cosas en las que hay que invertir hoy para ahorrar mañana. Todos hemos escuchado eso de que debes cuidarte y evitar el sedentarismo para no arrepentirte en tu vejez, si es que llegas tan lejos pero… ¿y a nivel económico general? Pues ahí también hay unos cuantos aspectos en los que vale la pena recordar eso de «invierte hoy para ahorrar mañana», que algunos parecen no entender bien. Voy a dar un par de ejemplos puntuales, hay muchos más, pero para que veamos por qué vale la pena invertir en una sanidad decente y para todos.

Vacunas y enfermedades transmisibles

Las vacunas son el ejemplo más tradicional de cómo un gasto hoy ahorra en sanidad muchos gastos mañana. También permite mejorar la calidad de vida y esas cosas, pero aquí estamos hablando de dinero de forma fría. Si existe una enfermedad que se transmite de humano a humano, como por ejemplo el sarampión, el gasto que supone vacunar a toda la población es mucho más bajo que el gasto que supone tratar a la población cuando enferma.

Eso implica vacunar a toda la población posible, que muchas veces se nos olvida que cualquier persona que está en nuestro territorio cuenta como población vacunable. Aunque sea por puro egoísmo, debemos vacunar a todas las personas inmigrantes, vengan de donde vengan y de la forma que vengan, ya que eso nos ahorrará muchos gastos en el futuro. Y los virus vienen del norte y del sur, y tampoco miran la cuenta bancaria de la persona.

Aunque seguramente muchos leáis en el párrafo anterior que hay que vacunar a los que saltan una valla, me gustaría recordar en este punto que muchos de nuestros vecinos del norte (del norte de España, pero también de América) tienen menos vacunas, o vacunas distintas. Por eso el esfuerzo es necesario a todos los niveles, incluso con los futbolistas multimillonarios.

Imagen de una pila de pastillas de colorines
Pastillas las mínimas… pero a tiempo.

Los tratamientos tempranos, la forma menos visible de ahorrar en sanidad

Hemos escuchado muchas veces hablar de la importancia de la Atención Temprana, pero yo ahora no me refería a eso (aunque entra en el mismo saco). Cada vez que tenemos una enfermedad, la que sea, cuanto antes se trate más barato será el tratamiento, incluso en enfermedades que no tienen cura. Esto no implica necesariamente utilizar medicamentos antes de que sea necesario, implica tratar. Por ejemplo, una persona que tenga la tensión alta, si empieza a tomar medidas antes de que sea una clara hipertensión, puede retrasar esa hipertensión, o que nunca llegue a ocurrir, o que necesite menos tratamiento del que habría necesitado. Eso también es una forma de ahorrar en sanidad, un poco contraintuitiva.

El problema para ese tipo de medidas es que requiere una gran inversión en Atención Primaria, ya que en muchos casos el médico de primaria será el que se enfrente al problema incipiente. Y también requiere más personal de especialidades en los centros de salud. En este aspecto hay dos piezas clave que yo echo en falta: nutricionistas y psicólogos. Un (o una) nutricionista puede ayudarnos a mejorar nuestra alimentación, lo que puede ayudarnos a evitar problemas a largo plazo, o a minimizar problemas ya presentes. Vamos, que muerte a las dietas fotocopiadas «para el colesterol». Una buena atención psicológica, por otra parte, ahorraría en muchos casos gastos posteriores, aunque algunos consideren que sale más barato dar una pastillita que contratar a alguien. A la larga os aseguro que no.

Los sistemas de vigilancia

Aquí podemos hablar de los sistemas de vigilancia epidemiológica, que funcionan mucho mejor de lo que normalmente se dice, pero que tienen margen de mejora. Pero también podemos hablar de los sistemas que generan las alertas alimentarias y de cosméticos. Aunque normalmente no les prestamos especial atención a no ser que salten a las noticias casos graves, como ocurrió hace un par de años con la carne mechada, la realidad es que están ahí y frecuentemente aparecen noticias sobre otros muchos alimentos (y cosméticos) que se retiran discretamente del mercado sin que llegue a ocurrir nada, y otros muchos que no llegan al mercado.

Esos sistemas funcionan, están en la sombra, y aunque suponen un gasto, ese gasto es absurdamente bajo comparado con lo que supondría no tenerlos. Sí, cada empresa hace sus propios controles y en muchos casos es la propia empresa la que detecta un fallo y el producto no llega al mercado, pero a las empresas hay que vigilarlas, porque no todas lo hacen con suficiente esmero. Y aunque pongan esmero, un segundo control de vez en cuando no viene nada mal. Un buen control nos permite ahorrar en sanidad, porque tenemos menos enfermos.

¿Vale la pena?

Son muchos más los ejemplos posibles, pero estos tres deberían hacernos pensar eso de que es mejor hacer las cosas antes y mantener todo bajo control. Personalmente, yo preferiría gastar en eso que gastar en otras cosas. Y sí, lo que se invierte gastarlo de forma eficiente… pero en cualquier caso es necesario gastar más. Gastar más para que no tengamos que gastar en el futuro. Pensemos que si no hemos tenido algunas enfermedades graves es porque se gastó antes. Algunos (y me incluyo) estamos vivos porque se gastó antes. Vale la pena.

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Qué fue del primo de Zumosol y su zumo de naranja

Corrían los años 90 y todos sabíamos quién era el primo de Zumosol. Asumo que es una de esas cosas que los nacidos después desconocen, o que les suena tan viejo como cualquier comentario boomer a los que éramos todavía niños en los 90. El caso es, para los más jóvenes del lugar, que el primo de Zumosol era un tipo que estaba enorme y estaba muy cuadrado porque bebía zumitos de Zumosol. Beber zumo de naranja y ponerse cuadrado… eso ya no cuela.

Aunque hubo varias versiones de los anuncios y todo eso, supongo que no soy la única que la imagen que recuerda es la del zumo pequeño, con su pajita. El caso es que el anuncio tenía tela, porque supuestamente intentaba (además de publicitar la marca) ser un alegato contra el bullying, con un mensaje que transmitía que «si te metes conmigo mi primo te pega». No sé… me da que ese no es el mensaje que queremos transmitir, pero eran los 90, otra vida.

Foto de un vaso de zumo de naranja. Al fondo se ven los restos de haber exprimido varias naranjas para hacer el zumo.
El caso es que hablo mal de él y es ver la foto y que me apetezca…

El zumo de naranja

Aunque podría seguir hablando de nostalgia, yo realmente venía a hablar de zumo, porque aunque en ciertos círculos esto se ha repetido mil veces, no dejo de descubrir personas que me hacen pensar que yo vivo en un mundo paralelo, así que no está de más repetir las cosas.

En lugar de dejar que mi cerebro bioquímico suelta palabros raros, vamos a intentar simplificar las cosas. Las naranjas tienen una serie de componentes, vamos a llamarlos X, Y, Z. Cuando haces un zumo de naranja, quitas Z (vamos a decir que Z es la fibra, aunque son más cosas) y un poquito de Y (Y son las vitaminas). Te queda X, que básicamente es agua y azúcar (y algunas cosas más, pero estamos simplificando). Este razonamiento ya nos vale para decir que tomarse un zumo de naranja (X y un poco de Y) no es lo mismo que comerse una naranja (X, Y, Z).

Pero la cosa no se queda ahí, porque X (el azúcar!!) no se procesa de la misma forma en el cuerpo si va con el resto de cosas que si va a su aire. Por eso el azúcar del zumo (que es fructosa, pero de las osas ya hablamos otro día) se considera azúcar libre, porque va libre. Y ya sabéis que tanta libertad no es buena. Si va con el resto de la fruta, lo aprovechamos mucho mejor, pero es que además consumimos muchísimo menos.

Fruta vs. zumo de fruta

Vamos a ver, aquel zumo de Zumosol… ¿Cuántas naranjas lleva en cada brik de un litro? Pues así, a ojo, deberían ser como mínimo ocho naranjas. El azúcar de ocho naranjas es mucho azúcar, pero en la vida normal sería muy raro que nos comiésemos ocho naranjas del tirón. Os lo dice una que se ha comido hoy cinco albaricoques (pequeños, lo prometo) y nota que va de azúcar hasta arriba. Pues eso, que ocho naranjas no nos las comemos, pero un litro de zumo sí nos lo bebíamos.

En sí, no es que nos bebiésemos un litro de zumo de naranja… Es que nos bebíamos un multifrutas (con más azúcar) y algunos hasta le añadían un par de cucharadas de azúcar extra. Yo es que lo de añadir azúcar a las frutas nunca he podido entenderlo (o a la leche, por cierto), pero hay gente que claramente ha perdido la capacidad para notar el dulce. Y eso, por cierto, suele derivar de un consumo de dulce excesivo.

Vamos, que a lo que iba, que no podemos comparar diciendo que «total si te comes una naranja es lo mismo». Porque además de que se procesa de una forma distinta (en esto tenéis que confiar ciegamente), es evidente que no es lo mismo lo que tomamos bebiendo que comiendo, porque el zumo de una naranja es un chupito y da gracias.

¿Entonces dejo el zumo?

No necesariamente. Lo mejor es comer fruta entera (sí, con su piel cuando se puede, como en las manzanas), y si eso no es posible pues mejor triturar que exprimir o licuar. Si no se están consumiendo suficientes vitaminas, siempre será mejor tomarse un zumo que no tomarse nada, pero el caso es que el zumo no debe sustituir la pieza de fruta.

Si quieres tomarte un zumo además de tus raciones de fruta y verdura genial, pero ten en cuenta el azúcar que tiene para no consumir un exceso si es de forma regular y, si es cosa de un día y porque te gusta, toma el zumo que te de la gana. Ese es el tema, que el zumo deberíamos verlo más como algo dulce ocasional que como algo diario, y desde luego no consumirlo pensando que te aporta lo que aportaría la fruta. Yo no voy a dejar de hacer batidos de vez en cuando, especialmente ahora en verano, pero no pienso que sea algo sano (aunque podría ser peor).

Pero si hago el zumo de naranja en casa…

Aunque hay zumos y hay néctar y hay cosas que nadie tiene claro qué son, si un zumo es zumo de naranja exprimido, eso es lo mismo que vas a hacer tú en tu casa. El néctar es concentrado, y otras cosas pues habrá que intentar adivinarlas por lo que ponga la etiqueta, pero los zumos que dicen que son simplemente naranja exprimida son justamente eso. Lo que se hace es eliminar cualquier posible fuente de bacterias para que no tengas un bonito fermento cuando llegas a casa, y nada más. Al fin y al cabo el zumo de naranja ya lleva uno de los mejores antioxidantes del mundo.

Otra cosa será que las naranjas que se hayan utilizado no sean de tu agrado, pero ahí ya es cuestión de marcas, pero yo quería aclarar que el zumo exprimido comercial es igual de bueno (o de malo) que el que haces tú en tu casa, ya sabéis que eso de «los químicos malos» casi siempre es un mito. Pero que nadie le añada azúcar, por favor.

Os pediría una ayudita para naranjas pero vamos fuera de época y de albaricoques voy hasta arriba… eso sí, las frutas del bosque andan muy caras. Así que si no queréis que empiece a asaltar fincas ajenas, podéis ayudarme a consumir mis raciones de fruta diarias invitándome a un café:

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Mi experimento «reductor»… ¿resultados?

¿Recordáis que estaba haciendo un experimento con un producto reductor? Lo conté aquí: Experimento conmigo, versión 2022

Pues ya ha pasado un mes, y prometo que he intentado no cambiar absolutamente nada en mis costumbres, aunque luego os matizaré algunos datos, para que podamos entender ciertas oscilaciones. Primero, desvelar el analizado.

El producto

El producto a probar eran los chicles reductores de Mercadona. Lo que tenían dentro era probiótico BPL1 y zinc. Lo primero es una bifidobacteria a la que se le atribuyen una serie de beneficios en el papel que se traducen muy malamente a la práctica clínica real, y mucho menos a la vida real. Aunque la presencia de las bacterias de este tipo ayuda a controlar la grasa abdominal, la realidad es que si lo que buscamos es alterar la proporción de bacterias en nuestro intestino, ese proceso es más lento y requiere algo más que unas poquitas bacterias liofilizadas en un chicle.

De la misma forma, aunque el zinc está implicado en el metabolismo de los nutrientes, un aporte extra de zinc no va a suponer una diferencia, siempre que ya estuviésemos consumiendo las cantidades adecuadas en nuestra dieta. Y los chicles dicen que es necesario consumirlos acompañados de una dieta saludable y de ejercicio físico.

Los resultados del experimento

Os dije que hablaría de porcentajes al dar los resultados, pero el cambio en peso total ha sido tan espectacular que me veo en la obligación de dar los números. En las dos semanas que me duró la caja de chicles conseguí… ¡subir 300 gramos! Y en las dos semanas siguientes, sin hacer nada especial, bajé 500 gramos. En conjunto, en las 4 semanas bajé 200 gramos. Una medida totalmente absurda, ya que no deja de depender de si me he bebido un vaso de agua más o menos antes de pesarme.

¿Y el resto de valores? Mi IMC era exactamente el mismo el primer día del experimento y el último, siendo un pelín más alto al acabar las dos semanas con los chicles, pero con una diferencia absurda. Curiosamente, esa diferencia era mayor en mi porcentaje de grasa corporal (aunque seguía siendo una diferencia mínima), habiendo alcanzado también su pico tras las dos semanas iniciales.

Resumiendo, dado que la variación en valores se consigue simplemente bebiendo más o menos antes de tomar las medidas, el resultado es que no hacen absolutamente nada y, en caso de que hiciesen algo, si queremos aferrarnos a las diferencias mínimas, lo que hacen es empeorar y no mejorar.

¿Hay otros factores implicados?

El caso es que os digo que la diferencia es un vaso de agua, pero soy perfectamente consciente de algunos factores que pueden haber ayudado a la oscilación entre días. Por ejemplo, durante la ola de calor es posible que comiese menos, porque todo lo que quería era beber, aunque es posible que comiese más helados, que no es que sean sin calorías y sin grasa. El mayor consumo de agua durante esos días también alteró mi cantidad de agua corporal, por cierto, aunque con diferencias de nuevo mínimas.

Un factor a tener en cuenta es el momento del día, dado que yo registraba los datos por la noche, y por lo tanto dependía de lo que hubiese hecho las horas anteriores. Los días que había hecho ejercicio por la tarde recogía valores más bajos que si lo que había hecho era cebarme a merendar, para sorpresa de nadie. También he observado una curiosa tendencia cíclica durante la semana, lo que apoya eso de que si te vas a pesar, o medir grasa o lo que sea, es bueno hacerlo siempre el mismo día a la misma hora.

Por último, las mujeres tenemos que tener en cuenta otro factor nada despreciable, nuestro ciclo hormonal. Todas sabemos que hay días en los que estamos más «hinchadas» y eso también afecta a los números levemente, que no es solo impresión. Las diferencias de peso entre antes de la regla, durante y en medio del ciclo pueden ser bastante grandes y eso es algo a valorar antes de ilusionarnos o deprimirnos cuando estamos intentando hacer un cambio.

¿Conclusión? ¿Experimento fallido?

Aunque registrar datos puede tener su gracia, es totalmente innecesario. Si me hubiesen preguntado yo ya habría dicho que estaba igual, porque los vaqueros me quedan igual. De la misma forma que podría haber dicho antes del experimento que ningún chicle te va a cambiar la vida y que es mucho más importante ir cambiando hábitos poco a poco que repercutan a largo plazo y que sean saludables en caso de querer reducir. Me quedo sin saber qué es reducir. ¿Peso? ¿Grasa? ¿El bolsillo? Al menos no fueron caros y el sabor era decente, aunque para chicles normales me quedo con los de toda la vida. Pero creía que valía la pena mostrar en un caso más que no funciona, a ver si juntamos suficientes «no funciona» como para que se considere evidencia de que es así, y conseguimos que dejen de crear falsas esperanzas.

Si queréis ayudarme a financiar el experimento, que caro no ha salido, pero gratis tampoco, podéis invitarme a un café:

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Libros de ciencia para el verano

Hace unas semanas pedí en el grupo de Bacteriófagos que se recomendasen libros de divulgación científica que se considerasen lecturas interesantes. Pasados días más que suficientes, voy a compartir aquí la lista de libros que se recomendaron, para que nadie diga que no sabe qué leer este verano.

No me voy a complicar, así que he elegido diez libros, y aquellos que quieran saber más podrán encontrar el resto en el grupo bajo el hashtag #librosciencia:

  1. Una selva de sinapsis. Ignacio Crespo
  2. Los dragones del Edén. Carl Sagan
  3. Primavera silenciosa. Rachel Carson
  4. Las manchas del leopardo. Brian Goodwin
  5. El mono desnudo. Desmond Morris
  6. Breve historia de casi todo. Bill Bryson
  7. El gen egoísta. RIchard Dawkins
  8. El enigma de Fermat. Simon Sinhg
  9. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Oliver Sacks
  10. El universo en tu mano: Un viaje extraordinario a los límites del tiempo y el espacio. Christophe Galfard

Hay un poco de todo, y yo he leído 9 de 10. ¡Me falta el 10! ¿Queréis ayudarme a leerlo? Podéis hacerlo invitándome a un café:

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