Visita al Stockhorn

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El prominente pico del Stockhorn (Wikipedia)

Hace ya bastante tiempo que nos percatamos de la presencia del Stockhorn. Es uno de los picos que puedo ver desde casa, y su peculiar forma llamaba la atención. Desde aquí podíamos ver que el pico no era especialmente accesible, pero habíamos visto publicidad de un teleférico. Así que tampoco podía ser tan horrible.

Empezamos a investigar sobre el tema y descubrimos que efectivamente había un teleférico que subía, básicamente, al pico. El teleférico salía de Erlenbach, en la cara sur. Empezamos a valorar la ruta, pero ese era el lado opuesto al que nosotros veíamos. Entonces empezamos a valorar la ruta por la cara norte. Igual lo de subir por la cara norte era un poco suicida, pero la ruta que encontramos estaba clasificada como T3 y en peores nos hemos metido.

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Cerca de nuestro punto de partida podíamos ver el pico. Se veía… alto.

Empezamos en Oberstocken, uno de los pueblos de la base. Se encuentra a 690 metros de altura. Ahí conseguimos encontrar nuestra señal blanca-roja-blanca y empezamos a subir.

La primera hora fue bastante dura, daba el sol y la pendiente era considerable. Pasada hora y media conseguimos llegar a la primera cabaña-refugio del camino, y a esas alturas empezamos a plantearnos si realmente lo conseguiríamos. Mirar hacia el pico impresionaba mucho y no veíamos nada claro cómo íbamos a poder subir con lo cerca que estábamos (sin usar un piolet y una cuerda). Decidimos seguir tras analizar el tramo recorrido. Parecía que llevábamos casi la mitad, y creíamos poder seguir. A las dos horas llegamos a la siguiente cabaña. Podíamos ver más o menos el camino (y no pintaba bien), pero veíamos por primera vez en nuestro camino a otros seres humanos. Seres humanos que parecían en buenas condiciones (eso sí, ellos estaban bajando y nosotros subiendo). Seguimos.

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A mitad de camino las vistas eran ya impresionantes
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Muy pero que muy impresionantes!
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Perspectiva algo desalentadora del último tramo

 

Casi en la cumbre empezamos a encontrarnos a escaladores principiantes. Hicimos dos paradas a observar lo que hacían y eso nos sirvió para recuperar aliento y seguir. Sin darnos cuenta, cuando pensábamos que todavía nos debía quedar bastante, llegamos al restaurante-teleférico. Una vez allí y tras una salida (fallida por mi parte) a un mirador flotante, decidimos seguir subiendo y hacer cima. Serían cinco o diez minutos, y realmente en el momento en el que estábamos allí, en la piedra más alta, al ver los otros picos que nos rodeaban… en ese momento todo el cansancio se fue y pudimos sonreír diciendo que lo habíamos hecho. El pico está a 2190 metros. Habíamos empezado a 690. Con todas las paradas, tardamos menos de tres horas y media. La ruta estaba calculada para cuatro horas y media, así que tampoco llevábamos mal ritmo.

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Desde arriba se veían muchos de los picos de los Alpes. Sólo por esa vista había valido la pena el esfuerzo

Una vez finalizada nuestra hazaña nos sentamos en el bar a tomar algo. Entonces la niebla que nos envolvía desde hacía rato acabó por cubrirnos y empezaron a aparecer ya nubes densas. Decidimos bajar, eso sí, esta vez en el teleférico por la cara sur.

Nos volvimos a casa con la felicidad de poder mirar por la ventana y decir “allí arriba subí yo, andando, sin más ayuda que un bastón”. Es la primera vez que subo 1500 metros en una ruta, y también la primera vez que subo tan rápido. Espero que sea una de muchas. Lástima que se acerque el invierno.

La perla de los Alpes: la despedida (4/4)

Llegamos a nuestro último día, que aunque amanecía claro, según la previsión meteorológica no iba a permitirnos caminar demasiado.

Era 15 de Agosto, y al igual que en España en muchos pueblos se celebra la Virgen. Nos dirigimos hacia Saas-Grund para volver a coger el teleférico con el que el día anterior habíamos subido a Kreuzboden, pero esta vez nos quedamos en la estación intermedia, Trift. Desde la estación, en unos 5 minutos, llegamos al pueblecillo más cercano, Triftalp, en el que se estaba celebrando una romería. Tenían todo preparado para la comida tradicional de montaña, las vacas preparadas para su “pelea de vacas” por la tarde, etc… Pero nosotros llegamos en el momento álgido, cuando el cura estaba soltando la misa. No sé cómo os lo imagináis, pero un montón de gente sentada en una ladera escuchando a un cura hablar de la Virgen en alemán es… pintoresco. Nos pasamos un rato pensando en cómo cruzar aquello sin ser apedreados. Finalmente, de forma discreta, pasamos por detrás de la misa y conseguimos encontrar el sendero que nos llevaría de vuelta a través del bosque hacia Saas-Grund. Eran unos 500 metros de desnivel, haciendo zig-zag por el medio del bosque. La verdad es que fue un paseo agradable protegido del sol, que pegaba bastante fuerte por la mañana.

Una vez en el pueblo nos lanzamos de nuevo al autobús, esta vez sí íbamos a llegar a Mattmark. En Mattmark hay un embalse, el más grande de Europa, a unos 2000 metros de altitud. Además de actuar como reservorio de agua, se utiliza para obtener energía (es para lo que se construyó), con un sistema bastante complejo de centrales hidroeléctricas en diferentes puntos del valle. El embalse es enorme y bastante impresionante. Había algo allí que nos daba mala espina, y decidimos que comeríamos allí pero que nos volvíamos pronto para abajo. No estábamos muy equivocados.

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El glaciar visto desde el embalse. Ahí se ve que algo no va bien.

Durante la construcción del embalse, el 30 de agosto de 1965, un trozo del glaciar Allalin se desprendió. Concretamente, 2 millones de metros cúbicos de hielo. El desprendimiento provocó una gran avalancha, arrastrando consigo todas las piedras que podía. La avalancha cayó encima de las obras del embalse y murieron 88 personas. Se considera el mayor desastre en Suiza en los últimos 100 años. La mayoría eran italianos. Todavía no está claro si fue un desprendimiento accidental o si fue provocado por las obras.

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La avalancha se llevó todo por delante, y quedó tan inestable que no se tuvieron que paralizar las labores de rescate varias veces

Cuando volvimos para Saas-Fee decidimos hacer una pequeña ruta que subía a un refugio-restaurante al pie del glaciar, a la que se tardaba cosa de una hora desde el pueblo. El paseo fue agradable pero pronto tuvimos que dar vuelta, ya a poca distancia del restaurante, porque las nubes dejaban claro que no debíamos continuar. Y tanto, a nuestra vuelta empezaron a caer las primeras gotas. Tuvimos tiempo suficiente para llegar y comprar algo para cenar. La decisión fue inteligente, ya que en nuestro intento de tomarnos un café empezó a llover de forma considerable. En cuanto escampó nos volvimos al apartamento, en el que recogimos, cenamos, y dimos por terminada nuestra aventura.

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En nuestro paseo por la tarde nos encontramos este molino. Sigue impresionándome la cantidad de agua que baja de las montañas.

A la mañana siguiente nos volvimos para Berna, con muchos planes de visitas a montañas. Muy pronto os contaré la siguiente escapada.

La perla de los Alpes: “por la azul” (2/4)

Os estaréis preguntando a qué viene el título, pero si habéis leído el post anterior recordaréis la clasificación por colores de las rutas. De ahí el nombre, que es lo que mejor describe nuestro segundo día en Saas-Fee.

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Vistas desde Mittelallalin. A 3500 metros (foto propia)

No nos levantamos excesivamente temprano, y no teníamos muy claro lo que íbamos a hacer. Nos fuimos camino del teleférico para subir a Felskinn, desde donde podíamos coger el Metro Alpin para subir a Mittelallalin. Felskinn se encuentra a unos 3000 metros, y la subida por el túnel te deja a unos 3500. Mittelallalin es una estación en la cara norte del Allalinhorn, y se caracteriza por tener el restaurante giratorio más alto del mundo. Nosotros en el restaurante no entramos, pero sí aprovechamos la terraza para disfrutar de las vistas.

Bajo la estación se encuentra el Eispavillion. Tras bajar unas cuantas escaleras (y unos cuantos grados, no veáis qué frío hacía allí), pudimos disfrutar de unas cuantas esculturas hechas en hielo, del placer de pasear por cuevas dentro de un glaciar, información sobre escalada en hielo y una simulación de una avalancha (con los gritos asociados de todo el mundo que probaba la simulación). La entrada al Eispavillion va incluida en el ticket del Metro Alpin, que si tienes la tarjeta de transporte de Saas-Fee (que se da a todo el mundo que hace noche allí) cuesta 36 francos por persona. Eso sí, puedes subir todas las veces que quieras durante tu estancia.

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Pingüinos en el Eispavillion. No sé si he dicho que hacía frío! (foto propia)

Volvimos a bajar a Felskinn y valoramos la opción de empezar una ruta T4. Una ruta marcada como blanco-azul-blanco. La verdad es que por una parte el cartel me quitaba las ganas, pero por otra parte ver el primer tramo y la cantidad de gente que iba me hizo pensar que yo podía. Era cosa de hora y media hasta el refugio de Britannia (Britanniahütte) y no podía ser tan horrible. Así que allá fuimos.

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Este es el cartel que nos encontramos en Felskinn, todo muy tranquilizador

Tengamos en cuenta algo: yo tengo vértigo. No me dan miedo las alturas, tengo vértigo. Cuando estoy en un sitio alto me encanta mirar abajo. Me encanta subirme a sitios altos, pero tengo vértigo. De forma un poco aleatoria, cuando me subo a algo, tengo vértigos… que quiere decir que todo empieza a moverse y pierdo el equilibrio. Y sí, puedo caerme, aunque esté en un sitio muy estable. Entre otras cosas el vértigo me hace sufrir bastante cuando me subo a un teleférico porque ahí además de perder yo el equilibrio no me encuentro en un sitio que sea estable, así que no ayuda. Asomarme a una ventana de un piso alto no es un problema porque me agarro a algo y me estabilizo, pero a veces subirse a una silla puede ser un problema. Lo peor es que es aleatorio, sigo sin saber qué desencadena exactamente la pérdida de equilibrio, así que tengo tendencia a que mi ansia por ir a sitios altos gane, subir, y luego sufrir la mitad de las veces, teniendo que apoyarme contra algo porque todo se mueve. Esto no era compatible con la ruta, en principio.

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Vistas desde el primer tramo de la ruta. Esta parte era la que me parecía fácil y hizo que me lanzase (foto propia).

El primer tramo fue sencillo. Toda la preocupación era no sentar el culo en la nieve. Llegamos a una pequeña caseta que marcaba más o menos la mitad del camino, y ahí cometimos nuestro segundo error (el primero había sido empezar casi a las 12 de la mañana a andar). Desde la caseta no veíamos por donde seguía el camino, pero veíamos una pista que tenía un cartel grande de “pista cerrada, peligro, no pasar”. Vimos que un chico que iba delante se había metido por allí, y vimos que había más pisadas, así que nos metimos.

El siguiente tramo fue duro. La pista estaba cerrada por algo. Había demasiada nieve para ir por las rocas y muy poca para ir por la nieve. Nos pasamos los siguientes 40 minutos alternando entre 10 pasos en nieve irregular con demasiado hielo y 10 pasos trepando por rocas. Las vistas eran flipantes, incluyendo la vista de la hostia que nos podíamos meter. Yo miraba aunque sabía que en cualquier momento podría aparecer mi vértigo y complicarlo todo, no ocurrió. Lo que más sensación de peligro daba era escuchar caer rocas en la lejanía por encima de donde estábamos nosotros. Bueno, eso y la avalancha que escuchamos, que creo que fue lo que hizo que acelerásemos. Con todo, llegamos a la Hütte.

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Desde abajo se puede ver el camino que seguimos… pasar por las piedras era lo peor (foto propia)

En Britannia cometimos el siguiente error, que fue no parar a comer. Y el siguiente, que fue decidir seguir por otro camino (si es que estamos mal de la cabeza…). Cuando bajábamos de Britannia por el glaciar nos encontramos a dos americanas que estaban sufriendo bastante para subir, y nos señalaron desde allí el camino por el que en teoría deberíamos haber ido nosotros… eso sí parecía mucho más asequible!

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Panorámica en la que se ve el pico que rodeamos para acceder a Britannia, que se ve ahí pequeñita. Para habernos matao… (foto propia)

En el proceso de bajada nos encontramos con otra americana más, concretamente la americana me encontró a mi, ya que ella sí resbaló en la nieve y cayó varios metros hasta tirarme a mi al suelo. Lo que me pregunto es dónde habría acabado la mujer si yo no la hubiese frenado. Lo que me hizo gracia fue que lo único que me dijo es que ella “cogía el atajo”.

En el momento en el que tuvimos que decidir, nos quedaba una hora y pico de camino de vuelta a Felskinn o dos horas a Plattjen, otra estación de teleférico. Como nos podía el espíritu aventurero, decidimos probar el camino nuevo. A la ida habíamos tardado sólo 10 minutos más de lo indicado pese a haber ido haciendo el cabra por las rocas, así que las dos horas debían ser más o menos realistas. Teníamos unas dos horas y media hasta el último teleférico de bajada. Por eso había sido un error empezar tan tarde.

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Este tramo del camino estaba marcado como dificultad media. Imaginad ahora lo que es difícil (foto prestada).

Mientras que el camino desde Felskinn hasta Britannia había sido principalmente por glaciares y en zonas con bastante pendiente, la vuelta hacia Plattjen era… diferente. Dejamos pronto la nieve atrás, y empezamos a pasar por un montón de caminos con pequeñas subidas y bajadas de esas que rompen piernas pero que hacen que el desnivel general quede a cero. La primera bajada de una colina era de esas en las que tienes tu caminito y precipicio a ambos lados. Iba sufriendo un poco para mantener el equilibrio, pero me tranquilizaba ver que después el camino iba pegado a una pared (con caída vertical, pero pegado a una pared al fin y al cabo).

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Aquí podéis ver que el camino pegado a la pared era muy tranquilizador. Por suerte nosotros no teníamos niebla y sí podíamos ver la caída (foto prestada).

Una vez que llegamos a la pared, la ilusión me duró poco, al ver que el camino se estrechaba y que alguien lo consideraba suficientemente peligroso como para poner cuerdas a las que agarrarte en la pared. Sorprendentemente, pasé sin mayor problema. Mientras me agarraba a la cuerda miraba hacia el precipicio, más o menos a la vez que escuchaba un “ni se te ocurra mirar para abajo!”. Demasiado tarde. Eso sí, ahora sé que agarrarme a una cuerda en un precipicio inexplicablemente no me da vértigo.

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Oh, sin la señal no sé qué habría hecho… igual me lanzaba al vacío en lugar de agarrarme a esa cuerda que inspira tanta seguridad. Recordemos: no había niebla (foto prestada).

La parte más dura fue quizá la última media hora. No sabíamos qué distancia quedaba, era bastante tarde y el camino había desaparecido. Lo único que hacíamos era pasar entre rocas, de las cuales la mitad se doblaban. Yo ya estaba bastante cansada y mis rodillas no respondían como debían, así que entre tanta piedra moviéndose tuve que doblar muchas veces la espalda, echar las manos a otras piedras y ayudarme para pasar, lo que supongo que nos hacía ir más despacio, pero a esas alturas no podía arriesgarme a que la rodilla fallase al moverse una piedra y me rompiese algo: recordemos que estábamos a 3000 metros de altura, el precipicio era más que considerable y si no llegábamos al último teleférico la bajada podría ser de más de cuatro horas. Por otra parte a esas alturas sí tenía hambre y sed, pero si parábamos no llegábamos ni de milagro, así que hubo que seguir.

Llegamos al teleférico y todavía nos sobraban 15 minutos. Un señor nos gritaba que subiésemos ya (supongo que quería irse a su casa). Después de bajar nos fuimos directos a casa: comimos, nos duchamos, y hasta decidimos salir a tomar una cerveza para concluir la hazaña. Eso sí, esa noche cenamos en casa y nos fuimos a dormir pronto. Algo nos decía que al día siguiente nos iba a doler todo.

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Por la noche, desde la terraza, pude hacer esta foto el pico que rodeamos. Se ve impresionante… (foto propia)

La conclusión del día: el momento en el que sufrí más vértigo fue en el teleférico. Mi cuerpo me putea, no hay otra explicación.

Cosas que sabía antes pero decidí ignorar:

  • A hacer esto hay que salir pronto
  • Hay que seguir las señales y no ir en modo suicida
  • Si hay un refugio, la idea es que pares allí
  • Es importante comer
  • Es todavía más importante beber
  • Una ruta difícil al día es suficiente, no era necesario probar dos
  • Nunca, jamás, hagas algo sin ir sobrada de tiempo

Nota: las fotos prestadas salen de aquí (ellos por suerte tenían más nieve, es lo que tiene el cambio climático)