Participando en un ensayo… segunda dosis

Ha pasado un mes y aquí vuelvo a contar cómo hemos ido avanzando. El contexto: soy una de las voluntarias del estudio Herald, estoy en la fase 3 de la vacuna de Curevac contra el coronavirus SARS-CoV-2. Hace un mes, cuando me pincharon la primera dosis de lo que sea que me han pinchado, conté la experiencia aquí.

Aunque en medio no actualicé nada, la verdad es que hay bastantes cosas que debería contar, porque en la primera ronda me precipité mucho a escribir, porque soy ansia viva, pero esta vez que ya lo veía venir he esperado dos días.

Los efectos adversos de la primera dosis

Aunque las primeras horas fueron muy tranquilas, aquello no me duró mucho. El pinchazo no lo noté y eso siguió siendo así… más o menos. En ningún momento tuve nada visible en el brazo, pero pasadas unas 12 horas empecé a notar una molestia, una molestia similar a las agujetas. En ningún momento la cosa fue a más y pasadas unas 24 horas la molestia se fue.

Lamentablemente no puedo decir lo mismo respecto a otros síntomas, que fueron un poco más molestos. Más o menos a la vez, pasadas esas primeras casi 12 horas del pinchazo, empezó a subirme la fiebre. Inicialmente no me enteré, pero como me habían dicho que vigilase pues yo vigilé y cuando vi que subía me tomé el primer paracetamol. El primero de varios. Esa noche fue complicada, porque yo si tengo algo de fiebre no duermo. Pasé por tener escalofríos, fiebre, calor, frío, calor, hambre, sed, frío, calor… y así toda la noche hasta la mañana siguiente. Al día siguiente durante el día todo lo que tenía era cansancio, esa gran fatiga, y llegada la noche volví a tener un poco de fiebre, aunque la segunda noche ya pude dormir. Al día siguiente, un poco cansada pero en general como una roca. En dos días se me había pasado el cansancio y el resto del mes no hubo nada destacable.

vacuna
A saber qué me han pinchado…

La visita para la segunda dosis

Hace dos días, el martes, tenía vez para mi segunda dosis. Al llegar me revisaron los datos y en cuanto conté los síntomas ya me dijeron que bueno… que sacase mis propias conclusiones. Y sí, muchos me han dicho que he tenido síntomas que indican que me han pinchado vacuna y no placebo, pero vosotros no me conocéis, que yo reacciono a cualquier cosa, así que no me quiero hacer ilusiones.

Tras revisarme la tensión, la temperatura y hacerme otra prueba de embarazo, vino la segunda dosis. Curiosamente esta vez sí noté un poco más la aguja, aunque no fue nada destacable. Me pincharon, me hicieron esperar mi media hora y ya allí me dieron 4 paracetamoles, el primero para que me lo tomase allí. Al ver que no tenía ni fiebre ni tensión alta ni nada, pues para casa. Y todo bien… durante un rato.

Los síntomas de la segunda dosis

Teniendo en cuenta lo que yo sé, pues en principio esperaba una reacción similar. Pero no sabía si un poco más o un poco menos… y yo tengo muy mala suerte.

Durante la tarde del martes ya empecé a notarme más cansada, cosa que la vez anterior no había notado. Y por supuesto, llegada la noche, llegó la fiebre. Esa primera noche fue muy parecida a la de hace un mes: sin dormir nada, con fiebre, malestar, etc etc. Claramente tomarme el paracetamol preventivo no había ayudado mucho y tomarme el segundo pasadas 8 horas ya fue un infierno. Las pastillas y yo no nos llevamos bien, y menos de ese tamaño.

El miércoles creía que pasaría el día bien como la vez anterior… pero me equivoqué. Ayer me pasé todo el día con fiebre y pese al paracetamol estuve bastante rato durante el día por encima de 38 grados. Y físicamente destrozada. Lo describía como que me había pasado una apisonadora, y esa era más o menos la sensación, la de una paliza tremenda. Un dolor muscular horrible, que hizo que me pasase todo el día tirada entre el sofá y la cama, ya que cualquier intento de estar sentada generaba que tras 10 minutos mi espalda no aguantase.

Por suerte, hacia la noche la cosa se empezó a calmar, y me fui a dormir con solo 37.5 ya sin paracetamol. Me dormí y hoy sí, ya estoy bien. Todavía cansada, pero bien.

Qué viene ahora

Dentro de dos semanas iré para que tomen una muestra de sangre para ver si tengo anticuerpos, aunque se supone que no me lo van a decir y yo tengo que seguir actuando como si no supiese nada. Después, todavía tendré que volver un par de veces más para que hagan seguimiento, aunque si las muestras de sangre de dos semanas después junto con los resultados de los contagios indican una buena eficacia, probablemente se acelere el proceso para aprobar la vacuna.

Si la vacuna se aprueba me dirán qué me han puesto, porque si tengo placebo, me ofrecerán la vacuna. Tengo que reconocer que realmente espero que me hayan puesto la vacuna, porque no quiero ni imaginarme el efecto de la vacuna si esto es placebo. En estos momentos por la reacción de fiebre pienso que es la vacuna, pero que no me haya generado reacción en el brazo me extraña… no sé, ya veremos.

Cuando tenga novedades, porque en algún momento las tendré, entonces volveré aquí a contarlas. Mientras, si queréis darme ánimos en este experimento que estamos haciendo con mi propio cuerpo… al menos podéis invitarme a un café, que el café siempre me viene bien:

Un año «en casa»

Hoy hace justamente un año, al menos en mi caso. No teníamos noticias de un posible cierre, y todo lo que se nos decía en la Universidad de Zurich es que tuviésemos más cuidado. Que guardásemos distancias y que nos lavásemos las manos. Aquel jueves había sido un día muy duro.

Aquel jueves yo ya había tomado la decisión de abandonar el laboratorio a finales de año y había discutido sobre el rumbo que tenía que tomar mi proyecto. Mi opinión había sido ignorada y, en lugar de dejarme trabajar a mi ritmo, se me había enviado a casa a escribir la solicitud para un puesto de trabajo que yo había dicho claramente que no me interesaba. Me tenía que quedar el día siguiente y toda la semana que venía en casa trabajando en eso. Dada la situación y que yo no era la única enfadada, al acabar el día nos fuimos tres al bar del campus. Además, ese día yo no era la única que necesitaba distraerse un poco.

Nos sentamos fuera, porque por suerte el tiempo acompañaba, y nos tomamos un par de cervezas entre las risas. Nos parecía todo un poco exagerado, y yo decía que no entendía por qué nosotros teníamos todo tan abierto si en España se habían cerrado ya muchas cosas en varias comunidades, pese a que tenían muchos menos casos por millón de habitantes de los que teníamos en Suiza.

Tras ese par de cervezas cada uno se fue a su casa, y esa fue la última vez que vi a mis compañeros en varios meses. No volvería a ver en persona a ninguno hasta finales de abril, a la mayoría no los vi hasta finales de mayo y en algunos casos hasta finales de junio. Ahí empezó mi confinamiento, en el que mi cabeza aprovechó para dar forma a una idea muy confusa en aquel momento, idea que ahora está empezando a ponerse en práctica. Yo sabía que pasase lo que pasase yo no iba a estar a día de hoy en Suiza, y eso me permitía seguir adelante.

A la mañana siguiente me puse con pocas ganas a trabajar en ese documento que tendría que enviar una semana más tarde si pretendía mantener mi puesto de trabajo, pero pronto llegó un correo electrónico que decía que nos preparásemos para un posible cierre en algún momento de la semana siguiente. Yo ya no pude ir a preparar nada, pero por suerte algo había hecho clic en mi cerebro el día anterior y me había llevado a casa todo lo que necesitaba. Mis compañeros hicieron lo que pudieron.

El estado de alarma en España entró en vigor el sábado 14 de marzo en el momento en el que se publicó en el BOE, aunque hubo cierta flexibilidad durante las primeras 48 horas para que todo el mundo pudiese adaptarse. En Suiza el 15 de marzo se anunciaron medidas, pero de aquella manera, como se continuó haciendo casi hasta día de hoy. Cerraban las universidades pero en principio la investigación tenía que seguir adelante, pero bajo mínimos. Durante una semana mis compañeros fueron como pudieron, a un edificio cerrado y sin tener muy claro si era lo correcto. Una semana más tarde se nos comunicaba que sólo se permitía hacer investigaciones relacionadas con el coronavirus y que se necesitaba un permiso especial.

Así se me llevó a mi de vuelta en abril, cuando todavía circulaban trenes bajo mínimos, todas las tiendas no esenciales estaban cerradas y las mascarillas eran objeto de deseo. Con un papel que decía que iba a investigar cosas del virus pude ir, sin mascarilla, a trabajar sola en el laboratorio a finales de abril. Por suerte, entre todas las prisas, alguna caja de mascarillas había quedado olvidada y pude hacerme con un puñado para aquellas fechas tan complicadas. Y eso que en el tren iba sin ella, principalmente porque solía ser la única persona en mi vagón.

Desde aquel viernes en el que Pedro Sánchez anunciaba un estado de alarma sin detalles, viernes en el que mis compañeros se llevaban monitores y teclados a casa, en el que todos creíamos que por muy mal que fuese esto «pronto se arreglaba»… desde aquel día hasta mi vuelta casi dos meses después al laboratorio, las cosas fueron diferentes. Me pasé dos meses en casa, trabajando poco para aquello por lo que me pagaban (llamadlo compensar horas de los seis años previos) y mucho para otra cosa. Trabajé mi salud física y mental, trabajé mis amistades y trabajé en lo que decía que sería un nuevo proyecto. Trabajé muchas horas en Qarentena junto a Pedro, y ahí seguimos ahora en formato semanal. Y allí conocí a un montón de personas cuya vida estaba cambiando.

Nuestras vidas han cambiado mucho durante el último año. Quizá la mía de una forma peculiar. Había muchas cosas que no nos podíamos imaginar. Recuerdo que incluso cuando compré mi primera ronda de mascarillas de tela dudé si valdría la pena comprar un pack grande, si llegaría a usarlas (inocente de mi). Por mucho que supiésemos que el peligro estaba ahí, no queríamos creer que esta vez iba a ser. A mi me ha ayudado a cambiar de vida, y sé que no soy la única. Otros todavía están a tiempo de cambiarla a mejor.

Curiosamente, aunque empecé a escribir con la idea de centrarme en los hechos científicos, mis manos se han ido a contar la historia personal, cómo viví yo aquellas horas previas, aquellos días de soledad en mi apartamento en Berna. Ni siquiera diría que de incertidumbre, porque creo que no valoraba realmente qué podría pasar. Era lo que era, y tocaba aguantarse con resignación. Ahora es todo diferente.

Si has seguido este relato recordando mis tweets o comentarios durante aquel momento, si quieres apoyar mi trabajo, invítame a un café!

El 8M no será lo mismo

Hace casi un año en mi cabeza daba vueltas esa idea, que el 8M no volverá a ser lo mismo. Porque todos tenemos en nuestra cabeza la obsesión con asociar una fecha a un hecho. Y en parte ha pasado, porque el 8M se asoció a la subida de casos y ahora ya no hay forma de quitarle esa idea a algunos de la cabeza.

Supongo que a estar alturas no es necesario aclarar que la pandemia no se expandió en España «por culpa» del 8M. Porque en esas manifestaciones hubo contactos como los hubo en otros muchos eventos realizados los días previos (y posteriores). Claro que hubo contagios, seguro. Y claro que se podrían haber evitado si no se hubiese hecho ninguna manifestación, pero a toro pasado es muy fácil juzgar.

Este año el 8M se nos vino encima en medio de mucha polémica. En algunos casos se han prohibido las manifestaciones en lugares en los que sí se han permitido otras cuando la incidencia era cuatro veces mayor. Entiendo que se quiere evitar que haya demasiada gente. Por suerte las otras manifestaciones no reúnen tanta gente, y si por mi fuese algunas preferiría que no reuniesen a nadie. Pero quizá en lugar de prohibir habría que haber buscado una fórmula que lo permitiese.

Recuerdo el 24 de julio, día de los fuegos artificiales de Santiago Apóstol, día que históricamente en la plaza del Obradoiro no cabe un alfiler. En el año 2020 eso no ocurrió, pero no hubo que cancelar todo. Se descentralizaron los fuegos artificiales de forma que se pudiesen ver igual desde toda la ciudad, por lo que no hubo aglomeraciones. ¿Por qué no se ha organizado algo similar en los lugares en los que se veía venir que habría aglomeraciones? Hay mil formas de salir a la calle y que nos escuchen.

Este año también, más que otros, he escuchado que un día como hoy no hace falta. Y justamente este año hemos visto que hace mucha falta. Porque con el teletrabajo, algunos hombres han descubierto que tienen hijos y han descubierto lo que hacen a diario sus esposas. En otros casos, al estar los niños en casa, salieron a la luz prejuicios y sesgos, ya que si uno de los dos tenía que mover su trabajo debía ser la madre. También fueron las mujeres las que hicieron colas tremendas en los supermercados con aforo limitado, mientras que sus maridos sacaban al perro 20 veces al día si hacía falta.

Por suerte, también había muchos casos opuestos, en los que la pareja dialogó la situación y se dividieron todo. Las tareas de la casa sin molestar a nadie durante las horas de trabajo o estudio, las horas de cuidado de los niños, los deberes, las clases virtuales, las colas del supermercado o sacar al perro. Se dialogó y no se cargó a nadie con un exceso por sus cromosomas. Y yo me alegro mucho de ello, pero es que mientras haya casos de lo otro, todavía queda camino.

También he escuchado mucho que las mujeres que salen «a protestar» han crecido en igualdad. El caso es que algunas de las mujeres que todavía están en edad de ir a una manifestación como ha sido el 8M, de fiesta y alegría, algunas no lo hicieron. En nuestro país hay mujeres que tuvieron que dejar la enseñanza básica para atender la casa. Mujeres que no pudieron estudiar porque sólo se podían permitir en la familia que lo hiciesen los hombres. Mujeres a las que sus padres o hermanos golpeaban si la comida estaba fría cuando llegaban a casa.

Esas mujeres nos rodean, y aunque sólo sea por agradecerles su lucha, por eso ya vale la pena celebrar algo como el 8M. Porque se lucha todos los días del año por los derechos, pero al menos un día al año estaría bien celebrar los derechos que se ganaron. Así que no, no todas han crecido en igualdad, y a ratos tengo la impresión de que las más jóvenes tienen problemas que no teníamos hace unos años. Me preocupa que nos hayamos estancado o que incluso a ratos parezca que vamos hacia atrás. Quiero pensar que es sólo una impresión.

Yo no voy a participar en ningún evento especial hoy porque no considero que sea el momento dentro del tipo de actividades que se me han presentado, aunque sí lo he hecho en el previo, porque hay cosas que se pueden hacer otros días y que se pueden hacer sin poner en riesgo a nadie. Puedes entrevistar y dejar que te entrevisten, puedes hablar de tu carrera y lo difícil o fácil que te ha resultado siendo mujer. Puedes ayudar a aquellas que se empiezan a enfrentar al mundo real, para que sea un poco más sencillo para ellas, igual que fue mucho más sencillo para ti que para tu madre.

Aunque este año nos quedemos con una versión light, aunque hagamos lo que sea desde nuestras casas, no dejemos que nos manchen el día. No dejemos que nadie se aproveche del color ni del día para cambiar el foco. De vez en cuando seguirá pasando por mi cabeza que ser mujer es una mierda, pero por suerte son ideas pasajeras y el resto del tiempo estoy orgullosa de lo que soy (incluyendo la parte de ser mujer), estoy feliz con cómo soy y con mi independencia, y esa la tengo gracias a muchas que estuvieron ahí antes. A ellas, que han pasado toda su vida trabajando y luchando, a ellas es a las que hay que felicitarles más el día, y tratarlas como se merecen el resto de su vida.

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Cuando el ambiente se alía con la genética

Sin duda hemos dejado correr ríos de tinta con un tema en el que todo eran teorías sin saber demasiado… y según sabemos, cómo siempre, se demuestra que las cosas son mucho más complicadas de lo que creíamos.

Hace mucho tiempo, cualquier diría que un rasgo dependía o de la genética, o del ambiente. Después descubrimos que muchos rasgos que se creían genéticos, resulta que no eran tan genéticos, porque el ambiente nos influye más de lo que creemos. Y hace menos tiempo descubrimos que el ambiente puede alterar los genes… o algo así. 

El artículo que os traigo hoy, muy interesante y que creo que dará que hablar, justamente analiza un ejemplo de la influencia del ambiente en algo genético. Porque sabemos que hay ciertos tumores que aparecen por factores genéticos, pero no todo es blanco o negro… ¿qué factores ambientales pueden cambiar el tono de gris? Este ejemplo se ha publicado en Nature, y la primera autora es una Postdoc española, que no se diga que no exportamos buenas científicas. A ver si ella se vuelve en algún momento y cómo lo hace. Podéis encontrar el artículo aquí: A gene–environment-induced epigenetic program initiates tumorigenesis.

Molécula de ADN
Lo imaginamos así… pero no.

La relación entre la genética y el ambiente

Como decía antes, históricamente hemos tenido un lío tremendo montado con esto de la genética y el ambiente. Desde el momento en el que empezamos a tener claro que había ciertos rasgos (y ciertas enfermedades) que se heredaban, empezamos a intentar decidir qué era culpa de nuestros padres y qué era culpa nuestra.

Por supuesto, durante mucho tiempo, los esfuerzos se centraron en poder culpar a la genética. Eso implicaba que ciertas características serían irreversibles e inalterables, y eso iba a permitir hacer… cierta selección. Supongo que no tengo que recordar a los lectores las situaciones en nuestra historia en las que se utilizó la “genética” para atrocidades varias. 

Pasados los años, empezamos a entender que no todo estaba en los genes y que aunque pudiese haber una cierta predisposición, la crianza afectaba al desarrollo. Aquello de que el ambiente nos afecta. Empezó a estudiarse en gemelos que habían sido separados al nacer, y poco a poco se pudo determinar que en muchos casos la genética lo que nos da es esa predisposición. 

Un paso más allá: la epigenética

Aunque con esto pudiésemos tener claro que los genes son responsables de una parte y el ambiente de otra parte, todavía nos quedaba un paso más: descubrir que el ambiente podía alterar los genes. No es tan así como se dice, así que voy a intentar explicarlo.

Siempre hablamos de “los genes”, pero la realidad es que los genes son una parte de nuestro genoma, y mucho de su expresión viene del entorno de dichos genes. El resto de secuencias pueden desarrollar muchas funciones que permiten regular los genes. Por ejemplo, facilitando o bloqueando su expresión. 

Y pese a que hace ya unos años que sabemos que esto ocurre, carecemos de suficientes detalles como para poder ejemplificarlo. Podemos determinar que la expresión de algunos genes está claramente alterada por el ambiente, pero es muy complicado localizar qué factores concretos ambientales han alterado concretamente qué secuencia. 

Eso es lo que se ha hecho en este trabajo, que estoy segura que será el primero de muchos en la misma línea. En él se describe como el ambiente y la genética se compinchan para cambiar algo. Por desgracia, lo que hemos aprendido es el desarrollo de un tumor, pero quizá para la próxima sea algo más positivo de lo que podamos aprovecharnos para bien.

El adenocarcinoma pancreático

El adenocarcinoma pancreático ductal (PDAC) es una de las principales causas de muerte en el mundo, y además se sabía previamente que existía una relación entre un daño externo y el desarrollo del adenocarcinoma.

El desarrollo depende de la presencia del oncogen KRAS que, en su versión mutada, da esa predisposición, pero que por si solo no suele ser problemático. En cambio, cuando hay un daño en el páncreas, de algún modo tras la inflamación se empieza a desarrollar el adenocarcinoma. Al menos… en ratones.

En el trabajo, los investigadores analizaron lo accesible que eran diferentes regiones de la cromatina, lo que permitiría acceder a (y expresar) diferentes genes. Efectivamente, la combinación de la mutación y el daño pancreático generan un patrón distinto al de los dos factores por separado, por lo que se va a acceder a diferentes regiones de la cromatina. Analizando esas regiones se encuentra lo que puede ser la razón del desarrollo del adenocarcinoma: la activación de secuencias de regeneración de tejido y de formación de nuevo tejido. 

Si tras un daño lo esperable es que se activen diferentes rutas que permitan arreglar el desperfecto, en este caso, y sumado a la presencia del oncogen Kras mutado, se genera la combinación perfecta para que, más allá de reparar el tejido, comience el crecimiento tumoral.

Prestemos atención a todos los factores

Si queremos una vida larga y sana tendremos que tener en cuenta todos los factores que supongan un peligro. Nuestra predisposición genética no podemos cambiarla. Al menos por ahora, aunque quizá en el futuro cercano podamos solucionar alguna que otra mutación. Pero por ahora sólo podemos arreglar el otro lado. Conocer qué factores ambientales y qué conductas van a alterar nuestra expresión génica, puede ayudarnos a evitar problemas. Y conocer combinaciones como ésta puede resultar muy interesante, para poder optimizar qué grupos poblacionales deben ser vigilados o deben tener prioridad según su predisposición a que algo que podría quedar en nada, sea algo muy grave. 

Sin duda un trabajo pionero, pero nos queda mucho camino. Yo tengo una idea sobre alguna predisposición por el historial familiar, pero ni de eso estoy segura. ¿Y tú? ¿Eres consciente de tener que tener especial cuidado con algo?

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Soylent Green y otras formas de mentir con la comida

Ahora estamos en el futuro, éste es ese futuro en el que se nos prometían otros tipos de comida. Pero de la mismo forma que Soylent Green ocultaba un oscuro origen, en la actualidad nuestros alimentos tienen problemas similares, y vamos a llamarlos alimentos por decir algo.

En los últimos días, a raíz de un par de fotos se han lanzado un montón de ataques gratuitos en Twitter. Que a ver, digo yo que cada uno que se preocupe primero por su vida y lo de juzgar la de otra que se lo calle. Efectivamente, tenemos un problema con la obesidad en España y a nivel mundial, pero eso no se soluciona simplemente con decirle a la gente que coma más sano y haga ejercicio. Hay un montón de factores genéticos, epigenéticos, ambientales, etc que afectan a la composición corporal de cada persona. Lo que sí espero es que se pongan a disposición de todo el mundo herramientas para poder llevar una vida más sana. Que una vida poco sana es un problema, pero puede ser un problema de muchos y cada uno tiene prioridades. Pero para poder elegir algo, hay que tener opciones. Herramientas.

Herramientas para una vida sana pueden ser incentivos por buenos hábitos (ojo, no por buen IMC que os estoy viendo venir). Dar herramientas implica que sí sea más sencillo comer bien que comer mal. Porque sí, claro que se puede cocinar sano en casa y que salga barato, pero si a mi se me tuerce un día y quiero algo rápido a domicilio… por cada opción sana tengo 60 poco sanas, y la sana no va a ser ni barata ni rápida.

Pero hoy no venía a hablar realmente de esa parte, venía a hablar de la mentira en las etiquetas, de cómo se llega a dificultar todavía más la vida a aquellos que intentan dar unos pocos pasos en una dirección. Porque al igual que Soylent Green no tenía lo que decía tener, la mayor parte de lo que nos encontramos en un supermercado miente.

Fitness, qué bonita silueta

Los cereales… eso que se nos ha vendido que es imprescindible para ir por buen camino. Que sí, que ya sabemos que los ChocoCrispies de los críos tienen mucho azúcar, pero tenemos esos cereales «para mujeres» en cajas pequeñas, todo rosita y que dicen mucho sobre no tener azúcares añadidos, y también sobre las pocas calorías que tiene cada ración. La realidad, al mirar la letra más pequeña, es que la mitad de lo que hay en la caja es azúcar (sí, a veces más de 50 de cada 100g), y que lo de las pocas calorías es sólo si te tomas un puñado minúsculo que es lo que consideran ración. Puñado con el que te vas a morir de hambre en una hora, y ya veremos qué tienes a mano entonces.

Es un ejemplo, uno de muchos. Podemos añadir también los yogures que siguen la misma línea y que si no tienen una cosa, es que tienen otra… o que no te van a servir de mucho.

Los snacks bajos en calorías

El snack saludable dicen, que de saludable no tiene nada. Una minibarrita que destacan por tener pocas calorías y tiene 100, pero que no te sirve de mucho comerte. Porque si tenías hambre, no te va a llenar y seguirás teniendo hambre. Y si tenías más ansiedad que hambre, tampoco vamos a arreglar nada. Pero claro, tu cerebro te dice que es mejor comer eso que otra cosa. Mejor las galletas bio, las digestive, mejor si dice que sin azúcar, que es que tengo hambre pero no quiero engordar. Pues si tienes hambre tienes que comer algo que te llene, no algo que te deje igual y además te acabe generando más ansiedad. Un plátano llena mucho más que dos galletitas de esas. Se trata de que no tengas hambre, porque si sigues con hambre, comerás otra cosa, que es lo que hacemos todos antes o después. Ir por la vida con las tripas rugiendo no mola.

Muerte a los edulcorantes y los aditivos

Eso sí, en medio de todo esto es muy importante que lo peor son los edulcorantes artificiales, o eso dicen algunos. Es tan malo, que es mejor que te bebas una Coca-Cola normal, porque te va a matar lo mismo que la Zero, o quizá menos. Pero en cualquier caso que te quede claro que es horrible. Porque aquí es todo o nada, o eso parece. Y ahí tenemos que el que te diga que los cereales fitness y las galletas digestive mal, te insista en que las bebidas carbonatadas son también lo peor porque son «artificiales». Lo artificial no es malo necesariamente. Y ahora hablo en serio: ningún edulcorante ni ningún aditivo es peligroso en las cantidades en las que podemos consumirlos. Por eso si lo que te hace abrir la nevera es ansiedad, está bien que te tomes una bebida edulcorada, o que le pongas edulcorante a un yogur natural, o a un café con leche o a lo que haga falta.

Los pasitos y las primeras piedras

Los cambios en la vida se hacen poco a poco, y el que quiera hacer cambios en su vida, probablemente lo encontrará más sencillo si puede ir haciéndolo poco a poco. Pero desde luego los insultos no ayudan a nadie, y mucho menos cuando no tenemos información suficiente como para juzgar a nadie (nunca la tenemos). El que esté libre de culpa que tire la primera piedra y eso… porque antes de criticar al resto, supongo que tendremos que mirarnos a nosotros mismos y jurar que jamás hemos comido o dejado de comer por ansiedad, que no hemos bebido alcohol ni fumado, ni hemos hecho una actividad física peligrosa, ni ninguna otra cosa que sea perjudicial para nuestra salud. Pues el que dice que «una cerveza no mata» que recuerde que un Big Mac tampoco.

Pero si alguien no puede tirar piedras, sin duda, es todo aquel que esté implicado en permitir que se nos mienta descaradamente en lo que se nos vende. Y está tan implicado el que etiqueta, como el que regula esas etiquetas, como el que compra lo etiquetado de una forma u otra. Tenemos que ser consecuentes con nuestras ideas y no podemos decir ni pío a alguien que compra algo que nosotros ayudamos activamente a que esté así en el mercado. Y no, el Nutriscore no lo va a arreglar, hasta lo va a empeorar, pero de eso hablamos otro día.

Si ahora tenemos productos en el supermercado que dicen que «sin azúcar» y resulta que el 50% son azúcar… ¿cuánto tardaremos en tener Soylent Green? Y hoy sí lo dejo claro antes de terminar, no vaya a ser: aquellos que hayan leído todo este rollo, quizá hayan interpretado algunas frases como serias cuando existe cierta ironía, así que antes de apresurarse a opinar se puede preguntar. Por otra parte, mi composición corporal, mis posibles enfermedades, mi posible herencia genética y las condiciones ambientales que me han llevado a tener la composición que yo tenga las conozco en detalle sólo yo, así que mejor no prejuzgar. Y si no lo hacéis conmigo, no lo hagáis con otras personas. Y que quede claro que ahora he tocado unos temas que me han venido a la cabeza y que no son ni los únicos ni los más importantes, pero eran los que en estos momentos más me estaban molestando. Otro día tocarán otros.

Yo el café lo tomo sin azúcar, pero con leche. Y a veces acompañado de un bizcocho, o de unas galletas, que nunca son 0% nada. Que calorías en el cuerpo hay que meter y el cerebro sin glucosa no funciona. Dicho eso, siempre podréis invitarme a un café: