Érase una vez… los riñones

Los riñones, la segunda fase para deshacernos de toxinas de nuestra sangre. En este capítulo de Érase una vez la vida vamos a repasar las funciones de los riñones.

El flujo sanguíneo aporta un montón de metabolitos y nutrientes al cuerpo, pero también recoge un montón de toxinas y productos de deshecho, que se filtran primero en el hígado y que serán eliminados a través de los riñones.

En este capítulo seguimos de cerca la vida de las moléculas de amonio (amoníaco). Tienen que ir al hígado, pero parece que este hígado está un poco saturado de ellas. Finalmente encuentran su hueco y podrán convertirse en moléculas de urea, que se eliminan gracias a los riñones. El hígado acumula muchos más desperdicios que se tendrán que eliminar, y es que el riñón es el lugar en el que se purifica la sangre.

El riñón puede filtrar 1 litro de sangre cada minuto, que es un quinto del total. Mediante un sistema de tubos muy complicado se van recogiendo las cosas que se tienen que eliminar, y en el glomérulo se va a formar la orina, aunque de ella todavía se pueden rescatar cosas necesarias.

Los glóbulos rojos se limpian en la cápsula de Bowman, que representan como una montaña rusa, en la que la velocidad es imprescindible para limpiar. La mayor parte de cosas que llegan ahí se van a reutilizar, porque sólo nos deshacemos del 1%. Y es que por ejemplo, tenemos hormonas que se ocupan de recuperar sal, como la aldosterona. Se recupera agua, y en este capítulo se recupera un glóbulo rojo que se había caído a la «sopa».

Una infección urinaria puede provocar que aparezca sangre en la orina, es decir, que haya glóbulos rojos, así que están bastante contentos de que sea sólo una caída puntual. Lo recogen mientras se está reciclando.

La moralina: piedras en los riñones

Los que se están ocupando del reciclaje nos traen hoy la historia que tenemos que aprender. Cuando se consume mucho alcohol, el hígado deja de funcionar correctamente, y eso deriva en un fallo en el riñón. Una de las consecuencias es la formación de piedras, que dentro son un problema, pero que son mucho más dolorosas al salir.

Por último, acabamos con una última parte muy resumida: lo que se ha filtrado se recoge en la vejiga y hay que vaciarla al exterior.

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Érase una vez… el hígado

El hígado. El primer eslabón en la limpieza de residuos en nuestro cuerpo. En este capítulo de Érase una vez la vida veremos cual es su función.

El hígado nos protege, pero por desgracia también se infecta con bastante facilidad. Se ocupa de eliminar muchas sustancias tóxicas de nuestro cuerpo, y también de transformar diferentes sustancias y enviarlas a su destino, ya sea para ayudar a la digestión o para ayudar al cerebro cuando necesita más azúcar.

En este capítulo vemos como un niño se queda sin energía, lo que le provoca una caída. Se genera un corte y, como ya habíamos aprendido antes, las plaquetas van a arreglarlo, pero desde el hígado se manda fibrinógeno, que ayuda a mantener la herida cerrada.

Como sus brazos no tenían energía, es imprescindible liberar azúcar y proteínas. Además, en paralelo, se está formando la bilis, que necesita mucha agua. Este niño no come muy sano y aunque el colesterol es necesario en nuestro organismo para formar las membranas, una acumulación puede ser un problema, lo que se nos explica con la acumulación de colesterol en la arteria coronaria… colesterol que no viene del hígado, que viene de los alimentos.

La infección que toca en el hígado

La infección de este capítulo tenía que ser sí o sí en el hígado, así que los virus tenían que ser de la hepatitis. Tiene ictericia. Los virus consiguen reprogramar las «fábricas» en el hígado para generar más virus. Vamos, que usan los ribosomas para expresar sus proteínas. El cuerpo reacciona generando interferón, que evita que la infección se extienda y van los linfocitos a ayudar… y ya está.

Curiosamente en este capítulo no hemos tenido un final de niño curado, acaba cuando todavía está, en teoría, recuperándose, cosa que es bastante extraña. Pero bueno, sabemos que sale adelante, porque en el siguiente capítulo seguiremos viendo su vida avanza.

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Érase una vez… la digestión

Tras haber visto la boca y los dientes, ahora nos toca ver qué pasa cuando comemos, y cómo se digieren los alimentos. Vamos a hablar de la digestión. Estamos ya en el capítulo 15 de Érase una vez la vida.

La comida es empujada hacia el estómago, en el que va entrando despacio. Allí los nutrientes se rompen y se disuelven, con la ayuda del jugo gástrico y las enzimas. También de las hormonas, que activan a las enzimas. Pero parece evidente que se está comiendo demasiado azúcar y demasiada grasa…

Peligro, infección

Los nutrientes pasan al intestino. Ahí se detectan por primera vez bacterias claramente malas, que se hacen pasar por E. coli pero que no lo son. Las E. coli que hay ahí son buenas para nosotros, porque ayudan a procesar los alimentos y generar vitaminas.

Como el niño ha comido de más va a vomitar. Eso genera muchas turbulencias en el interior. Pero volvamos al intestino, que es donde absorbemos los nutrientes.

En el duodeno finalmente se identifica al intruso, son Salmonella. Los anticuerpos y los macrófagos can a atacar. A esas alturas sólo quedan las libras en el intestino, que ayudan en el proceso de la digestión. Ya en el colon, las Salmonellas se están reproduciendo muy rápido y hacen falta refuerzos. Los macrófagos y los linfocitos no llegan, así que el refuerzo son las bacterias «buenas», que se multiplican y eliminan a las malas. Después de ganar la batalla, ya sólo queda eliminar los residuos (comentario que dejan en el aire mientras el niño entra al baño).

La moralina en la digestión

Esa Salmonella entró en el cuerpo porque el niño no se había lavado las manos antes de comer. Es una forma posible, pero quizá deberían haber aprovechado para hablar de los alimentos contaminados. En fin, ojalá todas las salmonelosis se arreglasen en una noche…

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Érase una vez… la boca y los dientes

En este nuevo capítulo de Érase una vez la vida empezamos con el proceso de la digestión, y para ello nos centramos primero en la boca y, especialmente, en los dientes.

En nuestra boca, para procesar los alimentos, tenemos los dientes, la lengua y la saliva. Producimos dos litros de saliva al día. Lamentablemente, cuando se hizo este capítulo, se insistió en que la lengua tiene diferentes regiones para los sabores, cosa que sabemos de sobra que no es cierta, y ya se sabía en ese momento. También hablan sólo de cuatro sabores, sin incluir el umami.

Cuando el niño come, diferentes impulsos nerviosos reaccionan al sabor. Por ejemplo, detectan que no hay suficiente sal y lo transmiten. Eso sí, en los tiempos que corren, ver a tanta gente soplar encima de una cuchara se ve como algo horrible.

La infección en los dientes

En la boca hay bacterias que están esperando azúcar. Cuando finalmente llega, se ponen «fuertes» y están listas para atacar, buscando un punto débil expuesto. Quieren hacer un agujero, cuando estén en el nervio provocarán dolor, y después de llegar a la raíz conseguirán acceder al torrente sanguíneo para colonizar todo el cuerpo… pero su primer intento sale mal. La niña se lava los dientes y entre el cepillado y la pasta de dientes vuelven a su posición inicial, porque no consigue eliminarlas del todo.

Al comerse un caramelo, atacan de nuevo. Esta vez la niña no se lava los dientes y se posicionan mejor, lo que les permite sobrevivir en el futuro, y guardarse suficiente azúcar. Así va pasando el tiempo y ganan terreno… pero cuando llegan al nervio el dolor hace que la niña se queje y la madre la lleve al dentista.

El dentista detecta el agujero, una caries vaya. Pero mientras unas pocas bacterias, que por cierto son Streptococcus mutans, se cuelan a la sangre. Por suerte se las identifica y elimina. De toda la estructura que tenían montada en su operación pronto queda poco, porque el dentista limpia a fondo la infección.

La moralina

La conclusión de éste capítulo es que hay que lavarse los dientes, no sólo un par de veces al día o después de comer, hay que hacerlo cada vez que se coma algo dulce, para evitar que las bacterias usen el azúcar para agujerear los dientes. Y digo yo… ¿qué tal recomendar menos azúcar en la dieta? Supongo que eso en los ochenta no estaba de moda.

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Érase una vez… la piel

La piel, el órgano más complejo del cuerpo humano. O al menos así lo describen algunos. Ese va a ser el tema que nos ocupe en este capítulo 13 de Érase una vez la vida, justo a la mitad de la serie.

La estructura de la piel

Nuestra piel está formada por varias capas. Las células de la epidermis, la capa más externa, se renuevan cada 20 días. Vamos a ir viendo las diferentes estructuras con nuestros ya colegas los glóbulos rojos, que están llevando oxígeno a los capilares que llegan a la piel.

Allí se encuentran a los melanocitos, que aunque pueden parecer unos vagos (vagas, concretamente), desempeñan una función fundamental. Se vuelven marrones al exponerse al sol (por eso nos bronceamos) y además crean la vitamina D.

Cuando dejan la epidermis se van a la dermis, en la que se encuentran muchas células sensoriales. Hay nervios, y especialmente en las manos tenemos muchos. Las terminaciones de esos nervios detectan pequeñas diferencias en el exterior. La epidermis es muy fina en los dedos, por eso con ellos notamos «más». Esos nervios también se encargan de ponernos la piel de gallina y de sentir el frío.

Los jardines de Italia de la piel

Como muchas partes de la piel fueron descubiertas por italianos, el profesor dice que se encuentran en los jardines de Italia. Allí hay muchos corpúsculos. Pasan a la hipodermis, en la que hay grasa que se para la piel de los músculos (y los protege). También se encuentran una glándula de sudor, y es que tenemos más de 3 millones! Nos ayudan a regular la temperatura corporal.

La infección nuestra de cada capítulo

Hay un pelo que se mueve de una forma extraña, y es que un mosquito está en la piel. Pica y quita sangre, y a la vez inyecta antígenos (bueno, inyecta anticoagulantes, pero vale). Los anticuerpos reconocen esos antígenos como de Anopheles (es un tipo de mosquito, transmite malaria).

Es fundamental evitar una reacción alérgica, pero hay que liberar histamina para luchar contra esa entrada, mientras las plaquetas intentan arreglar el agujero de la picadura. Por suerte lo controlan y sólo se produce una pequeña inflamación… pero el chico se rasca y queda suficiente hueco al haberse arrancado células para que entren bacterias. Los anticuerpos intentan eliminarlas, pero no parece ser suficiente.

La metedura de pata

Como con los anticuerpos no es suficiente, hay que ayudar. Por eso la madre del chaval limpia la herida con agua oxigenada diciendo que es desinfectante. Noooo! Aunque en los 80 ésta era una teoría más que aceptada, a día de hoy sabemos que el agua oxigenada hace tanto daño a nuestras células expuestas como a las bacterias que pueda haber en la herida. Además, no penetra en la piel. Por eso, en una situación como esa, lo correcto habría sido lavar la herida con agua y jabón (sí, agua y jabón) o utilizar clorhexidina para su desinfección.

Pero eran los 80… por suerte hemos aprendido desde entonces y ya sabemos que lo que escuece, no necesariamente cura.

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