¿Limpiamos de más? A veces. Higiene, Covid y teatro

Hace un par de años estaba muy extendida la idea de que había que limpiar la casa, pero lo justo, porque era bueno que los niños estuviesen expuestos a los microbios para que se desarrollase su sistema inmune. Mientras algunos intentábamos explicar que microbichos en casa sí, pero los justos, la cosa rápidamente se nos desmontó a todos cuando llegó el coronavirus y de repente ya no era que tuviésemos que limpiar todo, es que teníamos que desinfectar cada caja de cartón que entrase en nuestra casa. El teatro de la higiene en tiempos del Covid. Quienes me han leído (y especialmente los que me han escuchado), saben que yo siempre pensé que eso era una locura innecesaria y hasta peligrosa, pero también saben que de base limpio más o mejor dicho… diferente.

De la limpieza a la esterilización

Tras muchos años en un laboratorio, en mi cabeza están grabadas a fuego las diferencias entre los diferentes procesos que llevamos a cabo en eso que generalizamos como «limpiar». En lenguaje común, limpiar es quitar la roña, pero no quitar los bichos. El siguiente paso sería higienizar, y ahí ya quitamos algunos de los bichos. Después tenemos desinfectar, proceso en el que eliminamos la gran parte de los microorganismos a base de inactivarlos (aunque no siempre eliminarlos totalmente) y en el extremo más extremo, tenemos la esterilización, en la que nos aseguramos de que no queda ningún microorganismo vivo.

Si lo ejemplificamos con la encimera de una cocina, limpiar implica pasar un paño. Higienizar pasar el paño con un multiusos estándar. Desinfectar implica que el paño en cuestión lleve lejía. Esterilizar implica que después de todo eso le pones una lámpara ultravioleta encima. Como queda claro en ese ejemplo, esterilizar es algo que es necesario en un quirófano, pero no en nuestra cocina. Pero aunque no nos haga falta el ultravioleta, quizá necesitamos más un limpiador desengrasante. Seguro que habéis visto más de una vez una mesa de bar que está «recién desinfectada» con Sanytol y un paño… pero tiene cosas pegadas. A eso volveremos después.

Bichos buenos…

Volvamos a lo de que hay que exponerse a microbios para desarrollar el sistema inmune. Podríamos decir que eso es cierto, pero que tiene algunos matices. Y es que no todos los microorganismos son iguales. Aunque algunos pueden ayudar a que nuestro cuerpo mejore su respuesta en el futuro al mismo organismo (si se ha expuesto antes a cantidades mínimas) o a otros (por una serie de mecanismos cruzados que todavía no entendemos del todo), hay otros microorganismos ( y toxinas) que nos hacen mucho más mal que bien. Por lo tanto, lo lógico sería exponernos de forma limitada a los que nos aportar un beneficio y evitar al máximo los que no nos van a aportar nada bueno.

Entre los microorganismos que son beneficiosos tenemos aquellos que heredamos de nuestra casa. Una parte nos los da nuestra madre al nacer, y después vamos adquiriendo más del resto de la familia (mascotas incluidas). Pasado un tiempo, todos los que vivimos bajo un mismo techo compartimos una microbiota común. Y sí, esto se suele pensar más para los niños recién nacidos que son los que nos preocupan más, pero también cambiamos nuestra microbiota cuando nos vamos a vivir con nuestra pareja, y la alteramos ligeramente cuando nos mudamos.

Digo que nos exponemos a microorganismos nuevos al mudarnos, y no siempre son buenos. Una exposición limitada a los que nos podemos encontrar en el campo podría ser beneficiosa, pero tampoco se trata de comer tierra a puñados. He dicho exposición controlada. Porque además, ahora nos vacunamos, y las vacunas cubren mucho de lo que antes se hacía a ciegas. En cualquier caso, queramos o no, en los patios de los colegios (o guarderías) la exposición sigue siendo muy poco controlada, como bien sabemos dadas las enfermedades que los niños llevan a casa. O llevaban, en el mundo pre-Covid.

… y bichos malos

Desde luego, hay cosas que hay que evitar. Lo primero de todo, y desmontando la teoría aquella inicial, hay que evitar tener la casa sucia. Ya nos exponemos a los microorganismos de los convivientes y de la naturaleza, no necesitamos un caldo de cultivo en la encimera de la cocina. Además, hay que poner especial atención en los hongos, que hay que eliminar a toda costa. Por alguna razón que desconozco, la idea de que no pasa nada por tener un moho en la pared está muy arraigada, y ese moho puede matarte, especialmente si eres un niño pequeño. No dejéis al moho feliz en la pared… pero cuidado con cómo se elimina.

Aunque hay que limpiar, sí hay un potencial peligro de limpiar «de más». Y es que a veces no limpiamos correctamente. Especialmente con la obsesión por desinfectar en lugar de limpiar o higienizar, en algunos casos nos pasamos con los productos de limpieza. Así, aunque los niños no desarrollan alergias por «falta de exposición», las desarrollan por «exposición descontrolada a tóxicos». Recordemos que los productos de limpieza, especialmente aquellos que insisten en ser muy potentes y muy desinfectantes, si pueden matar cualquier clase de bicho, también pueden matar humanos, que somos otro bicho más. Harían falta cantidades mayores, pero lo que utilizamos puede ser suficiente para una reacción alérgica en niños pequeños. Muchas dermatitis en casas muy limpias vienen de los productos de limpieza.

Exponerse de forma controlada y sin teatro

Poniéndolo todo en conjunto, podemos concluir que nunca se van a eliminar microorganismos de más de las casas, porque de otras formas nos expondremos igual, así que está bien lo de limpiar, pero sin que por ello nos expongamos a sustancias tóxicas. Además, la exposición va a ser mucho más controlada, porque en una casa sucia puede haber grandes concentraciones de un patógeno concreto, que puede resultar mucho más problemático.

Para mantener ese equilibrio, lo adecuado es limpiar evitando el teatro. Centrarnos en mantener la casa limpia, sin roña, pero sin obsesionarse con la desinfección (y mucho menos con la esterilización). Hay que desinfectar las superficies más expuestas de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo lo que debemos es higienizar, ya que en una casa limpia no se van a acumular grandes cantidades de patógenos y, además, sobreviven muy poco tiempo. Más allá de las superficies que tocamos con manos que van a ir a la cara, el resto no tiene mucho sentido desinfectarlo: fregar el suelo del salón con lejía te dejará la casa apestando, pero no va a evitar que te resfríes. Fregar el suelo con lejía es teatro, lavarte las manos con agua y jabón es lo correcto… y esto nos suena de algo.

Covid y el teatro de la «higiene»

Aunque hace ya años que vemos ciertas acciones teatrales, llegando al punto de que hay lugares en los que se preocupan más de que «huela a limpio» que de que no haya roña en cada esquina, el punto álgido lo alcanzamos con la pandemia. Puedo entender el pánico inicial y que, sin saber qué es lo correcto, se optase por medidas como la desinfección de calles, parques, etc. Pero pasados los primeros días, eso ya no tiene explicación. Dejando a un lado que el virus rara vez se transmite por contacto con superficies, lo que deberíamos tener claro es que no nos vamos a contagiar por pisarlo en la calle.

Sí es cierto que la limpieza de calles tiene otros fines, pero entonces tenemos que limpiar de verdad, en lugar de vaporizar un desinfectante. Ese spray en bancos, papeleras, aceras o parques infantiles no va a eliminar nada que nos pudiese contagiar, pero sí puede acabar suponiendo un problema si acaba en la boca de los niños. Un ayuntamiento no debería rociar calles con desinfectante, debería mantenerlas libres de basura, limpiarlas de vez en cuando y asegurarse de que sus habitantes pueden lavarse las manos con agua y jabón. O hasta poner dispensadores de gel para los momentos en los que no hay ni agua ni jabón.

Cubo de limpieza con paños y productos de limpieza variados
Pensemos en qué productos usamos para mantener la higiene en tiempos de Covid

Pero no es solo el rociado de calles con lejía (póngase aquí cualquier desinfectante). También podemos pensar en los bares que han tomado ya como costumbre, y lo destacan como parte de su protocolo Covid, eso de limpiar todas las mesas con un paño con desinfectante. Si observamos detenidamente el proceso vemos que un mismo paño puede pasar por una veintena de mesas y el protocolo es muy básico: spray en el paño o en la superficie, mover un poco el paño, y ya está. ¿Qué quedan migas en la mesa? No pasa nada, no hay Covid. ¿Qué queda un pegote de grasilla del cliente anterior? Tampoco pasa nada. ¿Qué usamos el mismo paño para 20 mesas y sus 50 sillas? Pero eh, que hemos puesto desinfectante. Y en la entrada tenemos un bote de gel con gel reseco goteando.

En cambio, si nos dirigimos al baño quizá no encontremos jabón, y tampoco nada para secarnos las manos, ni papel higiénico. Pero ese bar tendrá su distintivo del protocolo de higiene Covid porque limpia el asiento de tu silla con un paño con un desinfectante. Y esto pasa en muchos bares en muchos países. Y en cosas que no son bares. Observad el protocolo cuando salgáis a cualquier cosa a ver qué hacen en cada lugar… ganará el teatro por goleada. Si hablamos de arcos desinfectantes, máquinas de ozono, o de peróxido de hidrógeno, o de hidroxilos… entonces eso ya es de Goya.

Resumiendo…

Hay que dejar el teatro de lado y limpiar con cabeza, pero limpiar. No beber lejía (ni figurada ni literalmente). Al final la solución más sencilla es la que mejor funciona: mantener todo medianamente limpio y lavarse las manos con frecuencia. Ventilar, que ya decía mi abuela que había que ventilar para no enfermar. A los «bichos buenos» nos exponemos cuando salimos al campo, y nos exponemos al vivir con otra gente. A los malos, nos exponemos de forma controlada con vacunas, o en pequeñas cantidades en la vida diaria. Y a la roña, los mohos, y los tóxicos, no tenemos que exponernos sin necesidad. Al limpiar hay que seguir las instrucciones, usar la cantidad recomendada (más no es mejor), y aclarar correctamente. Y ventilar mientras se limpia. Y los niños… los niños desarrollarán su sistema inmune perfectamente en una casa limpia. Por desgracia, en la calle el teatro continúa.

Todo esto no me lo he inventado yo, la información sale de aquí: Microbial exposures that establish immunoregulation are compatible with targeted hygiene

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Bilirrubina, aspirina y penicilina… ¿ya estás cantando?

Decía uno que le subía la bilirrubina y aquello no lo quitaba la aspirina ni la penicilina. La verdad es que un incremento de los niveles de bilirrubina no es algo agradable, pero aquella frase de aquella canción nos va a servir para introducir un par de temas que, si veo que generan más dudas, podrían dar lugar a un capítulo de Bacteriófagos. Vamos a ver qué es la bilis, qué pinta la bilirrubina, y si lo cura la aspirina y la penicilina.

¿Qué es la bilis?

La bilis es un líquido digestivo. Se genera en el hígado, y se almacena en la vesícula biliar. De ahí se libera al intestino cuando hace falta. Contiene sales, proteínas, grasas… y otros elementos que van a ayudar a la digestión, pero además contiene la bilirrubina, que es el producto sobrante de la hemoglobina. La bilirrubina, junto con la biliverdina, dan a la bilis ese color verde-amarillento característico.

Aunque en teoría debe ir hacia abajo y no hacia arriba, ocasionalmente se vomita bilis. Eso puede pasar tras una ingesta excesiva de alcohol cuando se tiene el estómago vacío (no es que piense que alguno de los lectores ha vivido esa situación) o con algunas enfermedades, más o menos peligrosas. Si es algo puntual suele tener cura sencilla, pero si se repite en el tiempo es necesario consultar a un médico lo antes posible.

Además, la bilis puede cristalizar y dar lugar a piedras, que conocemos como cálculos biliares. Pueden ser pequeños e inofensivos o de mayor tamaño, y pueden llevarnos incluso a tener que retirar la vesícula. Se puede vivir sin vesícula biliar, pero las digestiones se van a complicar. Además de los cálculos, otras enfermedades pueden impedir la función correcta de la vesícula y la liberación de la bilis, y si no se tratan de forma correcta, pueden provocar el famoso aumento de la bilirrubina. También te puede matar, pero hoy veníamos a hablar de la bilirrubina. Primero, tenemos que hacer una parada más.

Los humores y la bilis

Todos hemos escuchado alguna vez aquello de los cuatro humores. Hace muchos muchos años, se decía que eran la causa de la personalidad de cada uno, dependiendo del humor principal. Después, se dijo que eran la causa de todas las enfermedades. Por suerte, después se dijo que era todo una tontería y las enfermedades no dependen de los humores. Aunque siendo honestos… algunas sí, depende de qué humor hablemos.

Los cuatro humores eran la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema. La bilis negra seguimos sin saber qué es, porque no hay un líquido que nos deprima. Pero tanto la sangre, como la bilis, como las flemas, sí pueden estar asociados a enfermedades… pero no como ellos creían.

Si nos centramos en la bilis, ese humor nos pondría coléricos. Por eso muchas expresiones comunes, tanto en castellano como en el español de varios países de América, hacen referencia a la bilis cuando nos enfadamos. Curiosamente, el cólera no nos pone amarillos como la bilis, nos pone más bien rojos como la sangre. En paralelo, el cólera (como enfermedad), sí tiene una relación con la bilis por su efecto sobre el aparato digestivo, aunque es causada por una bacteria llamada Vibrio cholerae.

La bilirrubina no nos pone rojos

Aunque estando coléricos nos ponemos rojos y la sangre sea roja… el producto de deshecho de la sangre no es rojo, por lo que la bilirrubina no nos pone rojos. Nos pone amarillos, lo que de por sí ya nos hace pensar que no estamos sanos. Un nivel alto de bilirrubina genera ictericia, haciendo que la piel tome un color amarillento. Se acumula por todo el cuerpo, y cuando es visible en la piel suele ser ya un problema avanzado. Las primeras señales visibles se dan en los ojos, cuando su parte blanca deja de ser blanca y se torna amarillenta. Así que por ahora sabemos que si nos sube la bilirrubina no estaremos para bailar, y además tendremos un color amarillo poco sano.

El incremento de los niveles de bilirrubina se suelen asociar con problemas en la vesícula biliar, que no permite que salga hacia el intestino y por lo tanto sea eliminada. Por cierto, esa bilirrubina, junto a la biliverdina, permiten que las heces tengan el color que tienen, así que su cambio de color suele ser una señal de que algo va mal con nuestra bilis. El caso es… ¿Qué puede ir mal? Antes hablaba de los cálculos biliares que bloqueaban la salida hacia el intestino, pero puede haber otras razones: cáncer, inflamación, infecciones…

Imagen de glóbulos rojos
Los glóbulos rojos tienen hemoglobina, que se degrada a bilirrubina

¿Aspirina o penicilina?

Llegamos al punto crítico. ¿Curan o no curan? Pues a ver, como todo depende. Dependiendo de la fuente de los problemas, pues puede ser que ayuden, por lo que no se debería decir tan rápido que no curan.

Si empezamos con la penicilina, que es lo más sencillo, es evidente que si la razón por la que la bilirrubina no sigue su camino habitual es una infección bacteriana, puede ser de ayuda. En esos casos, si la bacteria puede eliminarse con penicilina, el tratamiento de la infección puede devolver a la vesícula su funcionamiento normal. Punto para la penicilina, que tantas vidas ha salvado antes de que abusásemos de ella en exceso. Eso sí, existen antibióticos que funcionan mucho mejor en las infecciones en la vesícula biliar.

Lo de la aspirina es más complejo. Por una parte, se ha asociado su uso a un riesgo menor de cáncer, aunque por otra se sabe que la aspirina no le suele sentar muy bien al aparato digestivo. Pero no está todo perdido, porque recientemente varios trabajos apuntan a que el uso de la aspirina después de una cirugía por un cáncer, podría ayudar a la recuperación del paciente y, por extensión, a la actividad de su bilis y la eliminación de la bilirrubina. Por lo tanto, podemos concluir que a veces la aspirina también cura.

Así que ya veis, llevamos toda la vida engañados… si la bilirrubina sube, no hay que descartar ni la aspirina ni la penicilina, lo que hay que saber es por qué nos estamos poniendo amarillos, que no va a ser porque alguien nos mire. Y si alguien ha llegado aquí preguntándose que es eso de subir la bilirrubina, lo primero decirle que me encanta que gente tan joven me lea, y lo segundo que siga este enlace a Youtube en el que encontrará la respuesta. Es que cuando llega el verano siempre nos viene la nostalgia…

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¿Sueñan las mascotas? El sueño de perros y gatos

Antes de mudarnos teníamos varios vecinos con perros. Ahora también, pero todavía no conozco sus costumbres en detalle. De los que había allí, uno se pasaba casi todo el tiempo que estaba en casa dormitando, mientras que el otro pasaba su vida ladrando, pese a ser razas similares y ambos adultos (de edad suficientemente similar). Aunque existen muchas explicaciones posibles a sus diferentes patrones de sueño, había algo muy evidente: el que dormía tranquilamente daba largos paseos todos los días de los que volvía evidentemente cansado y el otro casi no salía de su esquina (y montaba unos líos tremendos cuando tenía que volver a casa por la fuerza). Hoy vamos a hablar del sueño en los perros, y ya de paso, en los gatos.

¿Cuánto duerme un perro? ¿Y un gato?

Al igual que con los humanos, sus horas de sueño varían a lo largo de su vida. En su tierna juventud, ambos se pasan casi todo el día durmiendo, excepto esas horas en las que están despiertos y usan toda su energía hasta caer dormidos de nuevo. En la etapa adulta duermen menos, pero menos quiere decir unas 12 horas como mínimo. Después, según se hacen mayores, vuelven a dormir cada vez más, al contrario que los humanos. Generalizando, los gatos tienden a dormir un poco más, pero con un patrón similar durante su edad.

En lo que cambian el patrón es en la distribución de las horas. Los perros tienden a dormir más por la noche, cuando los humanos de la casa duermen, y después echarse siestas durante el día. Los gatos hacen lo mismo, pero todos aquellos que hayan convivido con un gato alguna vez saben que los gatos tienen tendencia a tener horas de gran actividad durante la noche y a dormir más durante el día. Y las siestas de los gatos durante el día pueden ser tremendamente largas.

¿Sueñan los perros y los gatos?

Por supuesto. Las fases del sueño por las que pasan son similares a las de los humanos, aunque supuestamente las fases REM son más cortas. En cualquier caso, esta afirmación está basada en pocos estudios, ya que durante mucho tiempo no se valoró que otros animales tuviesen comportamientos similares a los nuestros, y a mucha gente le sigue sorprendiendo esta idea.

En cambio, para los que han convivido con un perro (o un gato), decirles que sueñan no será una sorpresa. Y es que especialmente cuando son cachorros, podemos «ver» sus sueños. No vemos realmente que están soñando, pero sí sus reacciones. Mueven las patas, muerden ligeramente, emiten algún gruñido o ronroneo… son movimientos muy pequeños, como pequeños tics en la mayor parte de los casos. En las fases de la vida en las que duermen menos son menos habituales, pero pueden ser grandes movimientos cuando son cachorros, y te puedes llevar una buena patada como te acerques demasiado.

Fotografía de un perro y un gato juntos. Perros y gatos conviviendo, pero en la foto no durante el sueño.
Perros y gatos pueden dormir juntos (Imagen de annvsh08)

¿Qué afecta a su sueño?

Al igual que yo consideraba que el perro de mi vecina hacía poca actividad física y por ello dormía menos, es habitual que los animales que no consumen su energía duerman menos horas. En cambio, si se aburren lo suficiente, es posible que duerman incluso aunque no hay necesidad, pero para ello tienen que consumir las reservas de energía en otro momento del día.

Y como animales somos todos, los perros (y gatos) pueden tener pesadillas, y también pueden tener insomnio. Si tu mascota se está agobiando por algo, si tiene miedo o arrastra algún tipo de trauma, tendrá problemas para dormirse. Cuando se acoge a un nuevo miembro de la familia siempre se nos dice que el momento en el que duerma a nuestro lado panza arriba es que se ha acostumbrado a la casa… y es cierto, mientras les puede el miedo, solo duermen lo imprescindible y protegiéndose.

¿Quieres saber más?

Aunque tardamos muchos años en entender que somos animales y nos parecemos, la verdad es que en las últimas décadas se ha realizado un montón de investigación neurológica en animales, no exclusivamente como modelo para humanos, también para entenderlos a ellos. Como me resultaría imposible citar toda la literatura existente, os voy a dejar aquí un par de artículos que son recientes y pueden servir como punto de partida para seguir leyendo. En cualquier caso, sea sobre el sueño o sobre otra cosa, no debemos olvidar que nuestras mascotas son seres que conviven con nosotros. No son juguetes, y debemos cuidar de ellos al igual que ellos lo hacen de nosotros. Y eso implica también aprender sobre su vida. Así que para empezar, se puede tirar aquí del hilo sobre perros o gatos.

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La culpa fue de la meiosis, no de los padres

Cuando uno tiene hijos y salen un poco peculiares, siempre se intenta buscar de quién es la culpa. Que si la culpa es de los genes paternos o maternos, que si es de los genes que vienen del tatarabuelo, que es así por cómo lo han educado… Y al final siempre es que lo bueno lo ha quitado de uno y lo malo del otro progenitor. Pero la verdad es que la culpa de lo bueno y lo malo es, en muchos casos, de la meiosis.

¿Qué es eso de la meiosis?

Nuestras células se dividen normalmente por mitosis. Para ello, primero duplican su material genético y después se dividen en dos células hijas que van a tener el mismo material genético que la célula materna. Lo del mismo hay que tomarlo con cierto cuidado, porque en el proceso las cromátidas se entrecruzan y se pueden intercambiar entre ellas algunos fragmentos. Pero en la célula materna hay 2n de material genético y en las células hijas hay 2n también.

En cambio, en la meiosis se produce una reducción. Por ello, la célula materna tiene 2n y las células hijas son n. Por extensión, en lugar de dos células hijas, hay cuatro. Esto ocurre en las células de la línea germinal, que son las que necesitan tener solo n. Estas células son, por lo tanto, haploides, frente al resto de nuestras células que son diploides (2n). Por si alguien se ha perdido todavía, en humanos las células haploides son los espermatozoides y los óvulos. El resto de nuestras células, todas ellas, se dividen por mitosis y son diploides.

Para poder llevar a cabo ese proceso, decía que hacen falta dos divisiones. En la primera se produce la reducción del material, y en la segunda una división «normal» aunque un poco peculiar, ya que no hay dos pares de cromosomas como había en la primera, y lo que se separa son cromátidas hermanas (hablamos de los cromosomas aquí).

El baile es ahora más importante

Cuando hablé de los cromosomas hablaba de ese baile que permitía el entrecruzamiento. Pero en una célula diploide, en la inmensa mayoría de células de nuestro cuerpo, aunque se produzcan cruces y cambios, si algo va mal, siempre nos queda la otra copia. En cambio, en la meiosis, si algo ha cambiado pues así va a los hijos. Y a saber lo que viene del otro progenitor.

Pero tampoco es que todo dependa de los cruces en nuestro genoma, porque en muchos casos el simple hecho de separar y no tener esas 2n, de quedarnos con una sola copia, es lo que va a hacer que la descendencia pueda ser diferente.

En la división está la diversidad

Pensadlo por un momento… eso es exactamente lo que va a permitir que los hijos de dos personas que no tienen un rasgo concreto puedan tenerlo. O que cuatro hijos de una misma pareja puedan ser muy diferentes entre ellos. También permite que aparezcan enfermedades que no estaban ahí antes, o evitar enfermedades que sí estaban. Porque como ya hemos comentado muchas veces en este blog, en muchos casos una enfermedad solo aparece (o solo es grave) si las dos copias presentes en nuestras células la portan.

Si a esa mezcla en la que de repente tenemos el aporte de dos células progenitoras le sumamos lo que se hayan podido mezclar antes, y lo que se van mezclando entre ellas cada vez que se dividen, entonces tenemos uno de los aspectos más importantes que permiten que existamos: la diversidad. Porque más allá de todos los errores que para bien o para mal se cometan en las copias del material genético, ese entrecruzamiento y esa mezcla durante la reproducción sexual es fundamental para que haya más diversidad. La meiosis hace que todos seamos diferentes. Y que todos seamos un poquito de nuestro padre y de nuestra madre, o mejor dicho, un poco del espermatozoide y del óvulo que dieron lugar a nuestra persona.

Pero no todo viene de la meiosis

Antes de que alguien se lance a decir que la culpa es del gameto que aportó el otro progenitor de su hijo, aclaremos que hay otros muchos factores que nos hacen como somos. No todo está en los genes, hay un gran componente ambiental, pero no es solamente eso. Claro que el ambiente nos afecta y nuestro comportamiento depende en parte de cómo nos criamos, pero es que incluso nuestros genes se pueden ver alterados por factores externos, factores que van a regularlos a través de la epigenética.

Así, por ejemplo, si nos desarrollamos en un útero que no es el de la mujer que aportó su óvulo, el desarrollo será un poco diferente y el bebé se parecerá a ella. Y es que al final, aunque no le pases tus genes, si le compartes cómo gestionarlos… no podrás negar que es hijo tuyo, incluso cuando te moleste mucho que se parezca tanto a ti.

Para acabar, como yo me he ido por las ramas y no he dado una descripción técnica de la meiosis ni he detallado las fases, os dejo un vídeo de las Amoeba Sisters que explican muy bien el concepto. Y así de paso os comparto su canal, que si no estáis siguiendo, no sé qué haceis en la vida:

Gran explicación de las amebas sobre la meiosis

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ECMO: cuando el oxígeno no llega y hay que ayudar

Hace unas semanas, en algún momento que no recuerdo, algo que vi en la tele me hizo apuntar que debía explicar qué pasa cuando la ventilación no llega. Como es lógico, aquí ya no estamos hablando de bichos, así que si alguien quiere profundizar más en el tema, le invito a que pregunte a alguien especializado en el tema, que además es muy complejo. Yo me voy a limitar a explicar qué se puede hacer cuando te han puesto ventilación, cuando te están dando oxígeno… y eso no llega.

La ventilación artificial

Lo de aportar ventilación asistida a una persona cuyos pulmones no hacen su trabajo correctamente no es algo que se haya descubierto ayer. En sí, las formas más primitivas de la técnica se llevan usando cientos de años, pero poco a poco hemos mejorado la forma de hacerlo. Sabemos que hay formas invasivas y no invasivas. Es decir, te pueden intubar o te pueden poner una máscara que haga que entre aire.

En ambos casos, el nivel de «ayuda» a nuestros pulmones varía, dependiendo de la presión, de la cantidad de aire que se esté aportando, y de cómo sea ese aire. Porque especialmente en los últimos meses hemos escuchado mucho lo de la ventilación artificial para aportar oxígeno a personas cuya saturación era baja, pero el aporte de oxígeno no es siempre el principal problema. Y con una aclaración dejamos la ventilación artificial: cuando se aporta oxígeno, se aporta aire con más o menos oxígeno. Se fija la cantidad y eso va a permitir aportar aire enriquecido en oxígeno a una persona con problemas para captarlo, pero nunca oxígeno puro. De la misma forma, las bombonas que se usan para hacer submarinismo son de aire comprimido. Si intentásemos respirar oxígeno puro, nos quemaríamos los pulmones.

Membrana de oxigenación extracorporal, ECMO

Cuando lo anterior no llega, se puede recurrir al ECMO. Se define como una membrana, pero es una máquina tremenda, para que nos entendamos. En este caso ya no hablamos de intubar y ya, hablamos de poner catéteres, normalmente a venas, que permiten circular la sangre fuera del cuerpo. Y aquí volvemos a tener dos opciones, aquella en la que la máquina hace el trabajo de los pulmones de forma exclusiva, y aquella que además bombea en lugar del corazón. Bueno, más que bombear, se salta el corazón y lleva directamente la sangre a una arteria, en lugar de ir de vena a vena.

Nuestros pulmones… hay que cuidarlos!

Centrándonos en el trabajo pulmonar, la máquina permite eliminar el dióxido de carbono, suplementar la cantidad adecuada de oxígeno, poner la sangre a la temperatura correcta, y devolverla al cuerpo. A veces se usa en conjunto con la ventilación mecánica, pero no porque hagan falta ambas, más bien porque seguir aportando ventilación mecánica puede ayudar a que los pulmones se curen.

Hablamos de membrana porque es una membrana lo que se utiliza para hacer el intercambio de gases, para quitar uno y poner el otro, de la misma forma que ese intercambio ocurre de forma natural en los alvéolos pulmonares… pero artificialmente en una máquina que además se asegura del porcentaje correcto.

¿Cuándo usar ECMO?

Aunque cada vez más hospitales están preparados para ello, no es algo que se puede hacer en cualquier sitio. Las máquinas (y el personal cualificado) se suele encontrar en centros en los que se hacen trasplantes, ya que uno de los usos más comunes es dar un soporte vital paralelo durante un trasplante. También, en algunos casos, previo al proceso, para que el cuerpo vaya en mejores condiciones al quirófano.

Además, se utiliza en enfermedades en las que «dar un descanso» a los pulmones o incluso al corazón puede salvar la vida. Esto puede ocurrir en algunas enfermedades respiratorias, generalmente producidas por una infección. Exacto, por eso esto se ha usado para algunos pacientes de Covid-19.

El caso es que no vale para cualquiera, porque hay que sedar, poner los catéteres, y la persona tiene que poder recuperarse de un proceso tan invasivo. Tiene que compensar. Por ello se utiliza principalmente en pacientes más jóvenes y que no tienen comorbilidades. Además, es importante usarlo lo antes posible, ya que si se recurre a ello tras haber pasado un tiempo con ventilación mecánica, las probabilidades de éxito bajan.

¿Y funciona bien?

Varios grupos han analizado durante el último año los resultados de los pacientes a los que han derivado a ECMO con una infección grave, y la verdad es que los resultados son en general prometedores, teniendo en cuenta que hablamos de gente que estaba en una situación muy inestable si se valoraba esta opción. Aunque suene prometedor, tampoco es algo que se pueda implantar de un día para otro, ya que esto requiere una formación previa y no empezar a trabajar con ello bajo mucha presión desde el primer momento. Quizá cuando la situación se calme un poco más, deberíamos valorar si más lugares deberían estar preparados para su uso, dado que la próxima pandemia llegará, y los virus respiratorios tienen muchas papeletas para volver a estar implicados.

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