Lecciones de una abuela

Voy a contaros la historia de una niña y su abuela. 

La abuela había pasado una vida muy dura, había tenido cinco hijos y una hija, muchos nietos, y había estado prácticamente ciega durante muchos años, hasta que las maravillas de la medicina le habían devuelto la visión. La abuela venia de una familia humilde, y había cocinado y servido en casas de familias adineradas hasta que su falta de visión dejó de permitírselo. Había sacado adelante la familia sola, ya que el marido murió al tener la hija pequeña cuatro años. Esa hija se hizo cargo de su madre, y a su vez tuvo dos hijas, pero nunca se casó. La abuela aceptó la situación, y quiso al padre de las hijas como si fuese su propio hijo. 

Ahora, vamos a centrarnos en la nieta pequeña. Era la primera que veía nacer y crecer. Ya tenía muchos nietos, y pronto tendría bisnietos, pero su visión no le había permitido verlos correctamente. Además, como vivía en casa de su hija, crió a esta nieta y a la hermana mayor como si hubiesen sido sus hijas, y para ellas su abuela siempre fue como su madre, ya que la madre trabajaba demasiadas horas para mantener a las hijas y a su madre, ya mayor, ahora con su visión bastante recuperada, pero que había pasado ya un infarto y varias operaciones por un cáncer que no quería remitir. 

La abuela contaba muchas historias de su juventud a la nieta. Aquí una de ellas: 

Vivíamos allí, donde ahora está la gasolinera. Vinieron a llevarse a tu abuelo y sus hermanos, pero se escondieron en el fallado (trastero). El guardia me apuntó con un fusil, yo estaba embarazada de tu tío el mayor. Me dieron un golpe en la tripa y me puse de parto. Así nació tu tío, a los siete meses. Pero al menos no se los llevaron. Pero vinieron muchas veces, y siempre se escondían en el fallado de alguna casa.

Después de nacer tu madre vinieron diciendo que los hombres tenían que ponerse una vacuna. No sabíamos todavía que era eso de las vacunas. Decían que era para la gripe, pero sabemos que era mentira. Les pincharon algo y se pusieron todos enfermos. Tus tíos estuvieron a punto de morir, peso eran jóvenes y aguantaron. Tu abuelo no, murió con lo que decían que era para salvarle. A tu abuelo lo mataron esos, los grises. Y me dejaron sola con tus tíos y tú madre, que tenía sólo cuatro años. 

Al poco tiempo nos quitaron a las casas, para construir la gasolinera. A nosotros y a unos cuantos más, que eran los que escondían a los hermanos de tu abuelo (casualidades). Nos mandaron a las casas de allá (señalando hacia el monte) hasta que nos dieron los pisos, que tuvimos que ir pagando poco a poco (un grupo sindical) hasta que un día dijeron que o pagábamos todo lo que quedaba o nos íbamos. Tu madre le tuvo que pedir a las monjas dinero por adelantado y todo. Y tus tíos nada… Esos, parece mentira, con lo que vivieron, y que sean de derechas. Ya no se acuerdan. Y para colmo tu primo, falangista. Pero tienes que entenderlo, hay que ignorarlos y quererlos, que son tu familia. Si fuesen de fuera, otro gallo cantaría.

Estas historias se quedaron grabadas en la cabeza de la niña, aunque no entendía nada. Igual que las caras que ponía la abuela las pocas veces que salían a pasear, y al pasar por la puerta de la iglesia, la abuela se quedaba mirando al cartel que dice “A José Antonio Primo de Rivera”. 

La abuela murió cuando la niña tenía diez años. Hará pronto 20 años. Pero la niña no olvidaba ni olvida.

Pasaron los años y la niña llegó al instituto. Estaba en bachillerato, y acababa de hundirse el Prestige. Iraq estaba en boca de todos. La niña mostró al mundo sus ideas políticas, y al mundo no le gustaba lo que la niña decía. La niña recordaba, y poco a poco entendía lo que le decía su abuela. 

En una clase de lengua española, la profesora estaba repartiendo las correcciones de un examen-comentario de texto. El tema era Lorca. Se acercó a la niña y empezaron a hablar:

– Has salido a tu abuela

– ¿Por la nariz? (En el pueblo se reconoce a la familia por eso)

– No, por la bandera

La niña, se baja la manga de la camiseta, cubriendo la pulsera con la bandera tricolor que lleva.

– No la escondas, si se te nota cuando escribes. Te va a dar problemas. 

– Pero… ¿Por qué? ¿Cómo sabes tú quien era mi abuela? 

Y aquí vino la sorpresa para la niña, cuando la profesora le dijo que después se lo contaba. Y se lo contó, con un café, a la salida de clase. 

Tu abuela siempre estaba con esa otra señora, la que decían que era puta. No sé si era puta o no, pero lo cierto es que andaba con muchos hombres, y los ayudaba mucho. Yo creo que en el fondo no hacía más que ayudar a los del bando perdedor. Esa señora bebía mucho café. Yo pensaba que era eso, que las putas bebían café, porque a las señoras finas no las veías beber como a ella. (La niña recuerda aquí a su vecina, muerta poco antes que la abuela, que de pequeñas les daba sorbos de café a ella y a su hermana. Piensa que no, esa señora pinta de puta no tenía, pero quién sabe). 

A lo que iba, tu abuela. Angelita trabajaba en mi casa. Éramos una familia con dinero, y tu abuela hacia un poco de todo: era la cocinera, pero también limpiaba y nos cuidaba si hacía falta. Yo era muy pequeña, pero me acuerdo muy bien de ella porque siempre salía a dar la cara cuando venían. Un día se llevaron a mi padre, y no volvió en semanas, y Angelita se quedó allí con nosotros, que a mí madre casi le da un ataque al verse sola, dando a mi padre por muerto. Luego nos fuimos, y a mí me dejaron en Barcelona con una tía. Ellos se tuvieron que ir a Francia. Cuando se calmaron las cosas fueron a Barcelona, pero mi madre siempre quiso volver, así que yo pedí un traslado. Está muy vieja ya, y no se acuerda de casi nada, pero cuando volvimos, se acordaba de tu abuela. Le dio mucha pena cuando se enteró de que había muerto, sin haber podido darle las gracias una vez más. 

Eres clavadita a tu abuela. En casa la queríamos mucho.

La niña llegó a casa y confirmó la historia con la madre, que vagamente recordaba haber estado en casa de esa familia siendo muy pequeña, y mucho menos tenía idea de qué había pasado con esa gente cuando se habían ido. Simplemente habían desaparecido. 

Al llegar el final de curso, la niña se iba a ir a estudiar una carrera. A modo de profecía, la profesora se despidió de ella.

Tú también acabaras fuera, viendo cómo van las cosas. No cometas mi error, no vuelvas. Y recuerda, esa forma tuya de escribir, te va a dar problemas.

Han pasado los años, y efectivamente estoy fuera. Mi profesora de lengua tenía razón. La visité un par de veces, pero murió hace ya unos años, sin saber que yo finalmente me fui. 

Hoy tuve una conversación sobre los refugiados con un compañero de laboratorio, que no me voy a molestar en replicar aquí en detalle. Para que os hagáis una idea, sus argumentos se basaban en que se intentan colar inmigrantes haciéndose pasar por refugiados, en que no quieren trabajar, en que destrozan nuestra cultura, etc etc. Otro compañero me decía después que parece mentira, ni que en su país no se hubiese pasado hace no demasiado por una guerra. Y yo decía justo eso, que cuando te ha tocado personalmente, cuando lo has vivido en tu familia, no puedes entenderlo, porque tú si crees que hay que acogerlos, hay que ayudarlos. Porque a ti te ayudaron. Porque a tu abuelo o a tu padre lo ayudaron. Porque fuiste esa niña cuyos padres dejaron para irse a Francia, o porque tu abuela te contaba las historias de un fallado.

Al llegar a casa y pensar en ello me acordaba de mi abuela. Y pensaba que estos no son de la familia. Mi profesora tenía razón, y soy clavadita a mi abuela. 

Tienes que entenderlo, hay que ignorarlos y quererlos, que son de la familia. Si no fuesen familia, otro gallo cantaría. 

Supongo que mi abuela, a estas alturas de mi vida, me habría aclarado que gallo cantaría. Pero como me parezco a ella, voy a asumir que al no ser familia estoy en pleno derecho de partirle la cara al próximo que haga esa clase de comentarios.  O un mal de ojo, porque de mi abuela habré heredado lo de ser roja, pero de su madre me vienen genes de meiga.

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