Fariña: historia de mi vida

Hacía mucho tiempo que no compraba un libro en papel. Hacía mucho tiempo que no devoraba un libro. Ambas cosas han pasado con Fariña. 

Hace cosa de un mes, @bydiox me informó de la existencia de tal libro. Entre en la web y me apunté para que me avisaran cuando estuviera disponible. La idea me atraía. El día 21 me informaron de que lo tenían, y en menos de una semana había llegado a mi casa en Suiza. El domingo empecé a leer y ayer lo acabé. Es grandioso. 

No os voy a contar el libro. Que cuenta la historia del narcotráfico gallego queda claro en el título. Lo que os voy a contar son las impresiones, los recuerdos. Cada párrafo es independiente, no esperéis un hilo argumental. Son ideas sueltas… Impresiones. Y muy duras. Pensad que eso ocurre con gente muy cercana, y pensad el daño que hace.

Los primeros capítulos están dedicados al estraperlo y al tráfico de tabaco. Mis recuerdos del tema son muy vagos. Era demasiado pequeña. Recuerdo que tenía pasaporte para ir a Portugal, y que todo el mundo traía café. Pero era normal. Jamás se me habría ocurrido que fuese algo ilegal. 

Después vienen los recuerdos de los principios del narcotráfico. Yo no recuerdo el principio, pero recuerdo los efectos. En el libro alguien habla de los yonkis de La Baldosa. Yo tengo grabada la misma imagen. En las esquinas, en los portales, tirados en el suelo. Recuerdo cuando mis vecinos iban cayendo. Hasta padres de compañeras de clase. La heroína destrozó esa generación, pero yo no sabía que en el resto del mundo no pasaba lo mismo. Hoy en día, eso ya no se ve. Casi no hay heroína, y ya no damos mala imagen. Ya no queda bonito en la tele.

Recuerdo las planeadoras por la ría. Era normal. Yo veía en la tele las pelis de americanos, en mi pueblo pasaba lo mismo, así que debía ser lo normal. Recuerdo las manifestaciones. Recuerdo la Operación Nécora, y que nadie se lo creía. Quién era ese tal Garzón que iba allí a molestar. Recuerdo el chalé de Oubiña en a Laxe, muy cerca de mi casa. Curiosamente, A Laxe y mi barrio están separados por un tercero denominado A Coca, conocido por todos por su “fonte da Coca”. Que coincidencias.

En la segunda página dedicada a los narcos, se cuentan los inicios, en el bar El Peñón. Resulta que este bar está cerca de mi casa, no hacia la Coca, hacia otro lado, y pasaba por allí a diario. Mi madre lo frecuentaba en su juventud (igual debería preguntarle cuatro cosas), pero a mí no me dejaba acercarme. Recuerdo que me hacía ir siempre por la otra acera, y creo que la primera vez que entré debía tener ya 15 años. Es cierto, en los alrededores siempre había alguien trapicheando. Pero sólo era eso, puro trapicheo. Lo mismo que en resto de los bares del pueblo.

Un primo mío, al que le tengo mucho aprecio, regentaba uno de esos bares. Un día, tendría yo 12 años, me dijo que si quería algo que fuese a él, que no me fuesen a dar cualquier mierda por ahí. Con mi madre delante. Yo me quedé muy cortada. No tardé muchos años en saber la clase de mierdas que daban por ahí. Yo todavía no sabía lo que era adulterar drogas… Pero sí que eran las drogas. Cuando creces ahí, te comes mil charlas en el colegio sobre drogas. Y es que el mito de los caramelos con droga no es tal mito. No os podéis imaginar la cantidad de drogas que se mueven en el entorno de los colegios. 

En mi adolescencia, los porros eran algo normal. Nunca me llamó la atención, no veía nada extraño en el hecho de vender hachís en la plaza del pueblo delante de todos. O fumarlo. Siempre fui muy tolerante, y también siempre he creído que debería ser tan legal como el tabaco, pero eso es otra historia. 

Con la coca nunca he podido. Siempre me generó mucho asco, pero viviendo donde vivía, estaba en todas partes. Un conocido, un día me preguntó que si le podía ayudar, que yo iba para ciencias, y que seguro que sabía cómo adulterar sin que se notase. Mientras yo me negaba, me plantó cuatro rayas delante, para que le dijese si notaba diferencia (por si hay dudas, no ayudé). Otro día, en un lugar que no voy a contar aquí, me encontré un cuarto de coca. Ante mis gritos de “pero estáis tontos o qué” me dijeron que no fuese exagerada, que no era para tanto. Luego vinieron las drogas de síntesis, que le sirvieron a otro conocido para llevar una buena paliza, por estar vendiendo “las pastis esas en lugar del material (coca) bueno que trae el jefe”. Con todo, recordad que en Arosa se quedaba muy poca droga, que ellos transportaban y ya. 

Por mi edad, pude esquivar a los capos más conocidos. Mi hermana, en cambio, tuvo la suerte o desgracia de compartir su infancia con unas cuantas niñas apellidadas Charlín. “Siempre fueron todos muy educados”, dice mi madre, cada vez que sale el tema. Y es que mi colegio, en el que mi madre trabajaba de cocinera, no se debía mantener con la fe católica. 

Las redadas también eran normales. En la época en la que se empezó a trincar a todo hijo de vecino relacionado con el tema, mi instituto tenía visitas diarias. Varios padres de compañeros pasaron por la cárcel, y ellos por centros de menores. Pero a mis ojos, que la poli fuese al insti en el recreo, debía ser normal. 

Se dice que os señores do fume guardaban el tabaco en la batea. Eso lo sabemos todos, porque yo misma he comprado, mandada por mi madre, tabaco de batea. Con los años, lo que pedías era Winston americano, que sonaba más legal. Se dice que pocas veces se guardaron allí fardos de droga. Yo he ido pocas veces a las bateas, pero si para muestra un botón, en esas bateas hubo más droga que mejillones. Desde aquellos incidentes tengo la certeza (hasta el momento era duda) de que el hermano del dueño de cierta batea se dedica a algo más de lo que dice. 

Pero todo era normal. Hasta que salí del pueblo. Primero me intentaron convencer de que colocase algo en Santiago. Y no, no hablamos de papelinas. Ninguno de mis conocidos movería un dedo por los cuatro duros de una papelina. Por suerte me negué, porque entré en un loop de registros a mi coche en cada viaje. Parecía demasiado joven y me paraban, y entonces caía registro. Una hora mirando que entre mi ropa no hubiese droga. Ni que yo tuviese cara de narco…

Una vez en Santiago, empezaron las preguntas. Que si tenía. Que si vendía. Que si estaba forrada. Que a ver de dónde había sacado mi móvil. Que si mi novio vivía demasiado cerca de Baión. Luego me fui a Madrid y la cosa fue a peor. Mi novio  (actual, madrileño) lo cuenta con mucha coña, que cuando le dijeron que era de Villa se imaginaba aquello en plan Medellín, y que no sabía si era buena idea juntarse conmigo. Ahora sabe que no, que ya no es como Colombia, pero lo fue. Ahora los narcos son más discretos. Ya no hay tiros. Todo parece normal a primera vista… Pero luego ves los negocios. Los coches. Las casas. Porque ahora sé que no es normal que tu padre granjero te regale un BMW por tu cumpleaños. Porque sé que esas casas no son normales. Pero cuando estoy allí sigo sin verlo. En el fondo, es lo normal. 

El poli de la secreta siempre me pareció un especímen muy gracioso. Llamaban mucho la atención, porque allí nos conocemos todos, todo el mundo sabe quién mueve, y cuando viene alguien de fuera se nota. Los olíamos a kilómetros. Una vez conocí a uno, que aparentaba muy jovencito y se infiltró bastante bien. Algo no cuadraba, y para cuando se le descubrió el tinglado confesó, porque ya nos habíamos hecho amigos y yo no pintaba nada en la investigación. Le duró poco, pero tenía ya localizados a unos cuantos proveedores, de esos que están trincando ahora. Las operaciones contra el narcotráfico son muy largas. Me pregunto si ellos también nos huelen, y si sabía que yo era inútil desde el principio, ya que sabía lo mismo que el podía ver con sus ojos. 

El narcotráfico no está muerto. Os lo dice una vilagarciana. Está más vivo que nunca, y sigue en las narices de todos. Un paseo por el pueblo llega. Solo hay que frotarse los ojos y ver lo que no se quiere ver. Y asumir, de una vez por todas que todos, hasta el último habitante de esa comarca, está manchado: todo el mundo ha cobrado alguna vez con dinero de la droga, todo el mundo compra en tiendas que son tapadera, todo el mundo va a bares tapadera… Y todo el mundo sabe de dónde viene, pero miran para otro lado. Porque “de algo hay que vivir”. Así ha sido y seguirá siendo, porque los arousanos somos los mejores “transportistas” del mundo y nadie nos va a quitar eso. Mientras haya droga, en Arosa seguirán vendiéndose más BMW que en el resto de España. Igual lo llevamos en los genes, y por eso mi maleta viene llena de embutidos a Suiza. Si algún vecino supiese que estoy aquí, quizá me ofrecería traer algo más en la maleta. Al fin y al cabo, los contactos en el narcotráfico son hasta que un balazo los separe.

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