La huella hídrica: una verdad con matices

Aunque sabemos que el cambio climático y el calentamiento global están ocurriendo y no tienen muchos matices, hay que reconocer que en medio de todas las medidas que se proponen para frenarlo hay una serie de tendencias ecofriendly con poca base científica. Por ejemplo, una cosa que a mí personalmente me resulta muy molesta, es la sustitución de plástico por bambú, ya que me genera pesadillas microbianas y además supone un gasto extra. Cuando lo que debemos hacer es descartar el plástico cuando llegue al final de su vida útil y sustituirlo por otros materiales de larga duración (que pueden ser también plásticos dependiendo de la situación). Pero eso será tema para otro día, hoy quería centrarme en la corriente de la reducción de la huella hídrica.

En qué consiste la huella hídrica

Nuestra huella hídrica es la cantidad de agua que utilizamos durante un periodo de tiempo. Si hablamos de la huella hídrica de un día, será el agua que hemos empleado durante ese día, pero para todas nuestras actividades, incluyendo aquellas en las que el agua no la hemos usado nosotros directamente. Así podemos incluir:

  • El agua que utilizamos en casa para cocinar, lavarnos, limpiar…
  • El agua que se utiliza para regar, lavar el coche, llenar la piscina (incluyendo la comunitaria).
  • El agua que se ha utilizado para obtener los alimentos que comemos cada día
  • El agua que se ha utilizado para confeccionar la ropa que vestimos
  • El agua que se ha utilizado para fabricar cualquier cosa que compremos
  • Y un largo etcétera

No toda el agua es igual

Si habéis leído antes sobre la huella hídrica, habréis visto que puede ser azul, verde o gris. Eso de los colores suena un poco extraño, pero caracteriza el tipo de agua. La azul es la que viene de los manantiales, el agua subterránea, el agua que supuestamente vamos a usar como agua para el suministro de los domicilios (entre otras cosas). La verde es la que cae del cielo, la de la lluvia y la de la nieve y por extensión, la del deshielo. La gris es la que se usa para poder diluir agua contaminada. Esto es muy resumido, pero nos indica claramente que el problema más gordo viene cuando nuestra huella hídrica azul es demasiado grande. Y eso es un problema porque el agua «azul» es limitada.

Es limitada con matices, porque el agua que cae en forma de lluvia, que podríamos considerar verde, puede pasar a ser azul si acaba en un río o en un acuífero, pero en general la consideramos verde porque la mayoría irá al suelo. Pero a lo que íbamos, que azul tenemos muy limitada y cada vez empleamos más.

Regadío vs. cereal

Es un ejemplo como otros muchos, pero creo que sirve para explicar bien las diferencias de consumo de diferentes tipos de agua. Históricamente en el norte de España llovía mucho. Y lo digo en pasado porque últimamente hasta allí llueve poco, pero nos sigue sirviendo de ejemplo. Como llovía mucho, los cultivos no se regaban. Si es cierto que una familia con su pequeño jardín podía regar puntualmente, pero en general regar era algo que ocurría de forma muy limitada porque llegaba con el agua de la lluvia. En cambio, en Castilla, para poder tener cultivos que se regasen solo de forma muy esporádica, esos cultivos tenían que ser de plantas de secano. El propio nombre lo dice, aguantan mucho más tiempo sin agua, crecen bien con poca agua. Esto hacía que de forma tradicional el cultivo fuese principalmente de cereal.

En el norte las cosas han cambiado y cada vez hay más invernaderos con riego artificial, pero en Castilla la situación es mucho más grave, ya que abundan las instalaciones de riego artificial en grandes campos. Si se riega, no se hace con agua de la lluvia, así que estamos consumiendo recursos de agua azul, que decíamos antes que son limitados. Por eso, una forma de recortar nuestra huella hídrica sería volver a cultivar en cada sitio lo que corresponde.

Imagen del agua de una piscina
Una piscina atrae, pero también hay formas de limitar ahí el desperdicio

Consumo directo e indirecto

Por otra parte, siempre se hace mucho hincapié en la reducción del consumo de agua en el domicilio. Es necesario, pero no suficiente. Nuestro consumo directo en casa es fácilmente medible, solo tenemos que ver lo que se mueve el contador, cosa que vemos en nuestra factura. Se calcula que de media cada español consume más de 130 litros al día, que os parecerá una burrada, pero que según muchos es una estimación a la baja. Yo he revisado mi factura y estoy por debajo de ese número, pero en mi casa estamos muy concienciados (con el consumo de agua y con el bienestar de nuestros bolsillos).

Pero mientras que con pequeños gestos podemos hacer pequeñas reducciones en casa, con otros gestos (lo de pequeño o grande depende de cada uno) podemos hacer reducciones muy significativas en nuestro consumo indirecto. Por ejemplo, podemos reducir el consumo indirecto de agua cambiando nuestra alimentación a base de incrementar los productos que requieren menos agua (más lentejas y tomates, menos manzanas y arroz, más té y menos café) y también limitando nuestro consumismo. Alargar la vida de una camiseta reduce la huella hídrica considerablemente, ya que hay quienes estiman que su fabricación requiere 2000 litros de agua.

Pero todo con matices

Según una estimación, la producción de un kilo de carne de ternera supone nada menos que 15400 litros de agua. Eso suena a una burrada, pero hay que matizar que la mayor parte es (o debería ser) agua verde. En el caso del pollo son solo 4330 litros (solo, por decir algo), pero aunque la mayoría sigue siendo verde, aumenta el porcentaje de agua azul. Por supuesto, en ambos casos se utiliza también agua gris.

El caso es que esa gran proporción de agua verde viene de que los animales están comiendo libremente hierba que crece con el agua de la lluvia o que comen aquello que se ha recogido de un campo que no se ha regado artificialmente. Si tenemos que regar, entonces aumentamos el consumo de agua azul, y eso es un problema. Esto, por absurdo que pueda sonar, implica que a veces es más ecológico mover comida (sea el pienso de los animales o la propia carne) de un sitio a otro que intentar criarlos en una zona en la que no hay suficientes recursos hídricos. Lo que hay que valorar es el total.

En la misma línea, puede ser mejor traer tomates de otro país que intentar cultivarlos en un desierto en el que tendremos que utilizar un montón de agua para que crezcan, porque la huella ambiental del viaje será menor que el gasto de obtener el producto «local».

¿Qué hacemos?

Es muy buena idea valorar la reducción de nuestra huella hídrica, empezando por la huella directa en nuestra casa y avanzando con la huella indirecta, pero debemos hacerlo siempre desde una perspectiva global, ya que en muchos casos lo que nos puede parecer a simple vista una buena idea (como por ejemplo el consumo de productos de cercanía), no siempre va a reducir la huella. El consumo de cercanía es buena idea, pero debemos centrarnos en ese caso en productos que sean adecuados para ese entorno cercano, porque no vale todo.

Y si queremos ir sobre seguro, desde luego, lo que no va a fallar va a ser lo de alargar la vida de nuestra ropa, de nuestro móvil, de la tele o de nuestros muebles. Incluso del coche, aunque en ese caso habrá que hacer una valoración mucho más amplia para saber cuando ya no compensa, a no ser que la opción sea abandonarlo para siempre, que siempre supondrá una reducción.

Si queréis leer sobre lo que consume cada cosa, os animo a cotillear por aquí.

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