La extraña experiencia de desayuno en un hotel

Yo no soy muy de ir de hoteles, y mucho menos de esos en los que tienes el desayuno en el hotel. Supongo que viene de eso de venir de una familia que no podía irse de vacaciones, y mucho menos a un hotel. No recuerdo cuantos años tenía la primera vez que estuve en uno, pero más que gran parte de la población. Pero desde que empecé a salir por ahí, he visto de todo.

Soy de las que se conforma con poco, pero que quiere lo que ha pagado. Si estoy en un apartamento que no tenía nada incluido y me ofrecen un café o un trozo de bizcocho por la mañana, lo agradeceré infinito, pero si pago un desayuno, espero un desayuno en condiciones. Y no me refiero a las condiciones esas de tener mil cosas entre las que elegir con un desayuno que nada se parece al de casa… me refiero a condiciones higiénicas. Aunque todo sea dicho, yo en casa puedo desayunar un bocata sin ningún problema. O lo que haya sobrado de la cena anterior.

No aprendemos nada

Pero yo venía a hablar de la higiene. No voy a entrar en lo que dicen las normas, voy a entrar en lo que dice el sentido común. Porque durante el tiempo pandémico los desayunos de los hoteles se adaptaron a una idea de «no tocar» y era un poco eso de «ojos que no ven, Carmela no se vuelve loca», pero como estamos en tiempos postpandémicos, pues los desayunos han vuelto a lo de antes, y también en lo malo. Y en esas circunstancias, Carmela se cabrea.

Juro que yo esperaba que algo hubiésemos aprendido en estos años. Algo, aunque fuese poquito. Pero mi primera experiencia con el desayuno de un hotel después de la vuelta a la normalidad fue nefasta, tan nefasta que además de contarlo en un hilo en Twitter, me guardé el cabreo para contarlo por aquí, aunque dejé pasar un tiempo por si me calmaba, pero no es el caso.

Imagen de un desayuno con zumo, frutas, pan integral...
Lo que se propone como desayuno ideal tampoco es siempre tan ideal

La comida destapada

A estas alturas de la vida, sabiendo lo que todos deberíamos saber sobre la llegada de virus y bacterias a la comida, no se puede permitir que toda la comida del desayuno de un hotel esté destapada. No podemos tener platos sin nada que los cubra en los que además de cualquier insecto que pase por allí, se caerán también todos los microbichos que puedan salir de los comensales.

Aunque el film transparente es una opción en lugares pequeños, lo normal cuando se tienen muchos clientes es tener un lugar adecuado con una mampara, que evite que caigan cosas por arriba y también que cubra el lado desde el que nosotros accedemos a las cosas. Así no le toses encima al jamón. Asumiendo que todos vamos con las manos limpias (que es mucho asumir) lo normal es coger las cosas con unas pinzas o un tenedor que se usa solo para eso, y jamás con un tenedor que ya has llevado a tu boca. Y mucho menos con las manos desnudas. Lo que hayas tocado, te lo tienes que comer tú.

El calor… que el gas no sobra

De la misma forma que las cosas que están a temperatura ambiente tienen que estar cubiertas, deben estarlo también las calientes. Estamos hablando de hoteles, hoteles de tres estrellas como mínimo, que deberían tener fuentes en un calentador de forma continua y con tapa. Cuando quieres algo destapas, te sirves, y tapas. Así se mantiene la temperatura, no se recuece, y tú no le toses encima. Pero tener unos huevos revueltos destapados encima de una placa, es una guarrada. Por si no se visualiza la forma correcta de tenerlo, me refiero a esos contenedores con agua caliente en los que se meten las fuentes metálicas encajadas y que todos hemos visto en hoteles y restaurantes, además de comedores varios por los que hayamos pasado a lo largo de nuestra vida. Es la forma correcta de mantener la comida caliente, esto está estudiado, resecar la comida al aire está mal.

El frío… ese gran desconocido

Pero lo que más me ha molestado, sin duda, ha sido la falta de frío. Si llego al desayuno de un hotel y me encuentro todas las botellas de leche a temperatura ambiente, ya arqueo una ceja. Si en lugar de botellas son jarras que se están rellenando, entonces ya gruño. Pero si veo que además de la leche (que al fin y al cabo asumimos que tiene un recambio rápido), también están a temperatura ambiente todos los yogures, entonces ya tengo claro de qué pie cojean en ese sitio.

Vamos a ver, que a un yogur no le va a pasar mucho, que es ya un cultivo de microbichos. Que lo más grave que puede pasar es que los bichos crezcan y empiece a saber «mal». Pero a veces pasan cosas, y los yogures se guardan en la nevera por algo. Y si fuese seguro que se van a comer, pues igual no pasa nada, pero yo no sé si el yogur ese ha estado entrando y saliendo de la nevera durante 10 días.

Si la leche y el yogur mal, lo del queso ya no tiene nombre. Porque un queso, al igual que un yogur, no tiene mucho peligro… hasta que lo dejas fuera, queda blandurrio, suda, y pierde todas sus propiedades. Y lo que era un rico queso casi fresco pasa a ser una pasta con una pinta muy asquerosa. Tú miras el yogur, las botellas de leche, el queso… y recuerdas lo que has pagado por ese desayuno. Y no sabes si reclamar al hotel o a sanidad.

¿Pero qué es lo peor?

De todas las cosas que vi en ese desayuno de hotel del que casi me tienen que sacar con la boca tapada para evitar que montase una bronca, porque además, mientras veía todo eso, un señor estaba cortando pan con la mano con la que se acababa de frotar la nariz, lo que más me preocupaba no era ni el queso, ni los huevos, ni el pan manoseado. Lo que más me estaba preocupando era el jamón york. Bueno, eso que llaman jamón york, el fiambre de cerdo. O el de pavo. La cosa esa que te dicen que es sanísima y ya tal.

Porque los fiambres también estaban cortados, a temperatura ambiente, y yo eso sí que lo miraba muy mal. El ambiente general ya me hacía dudar de la limpieza de la máquina cortadora que tuviesen en la cocina, pero simplemente ver las lonchas allí encima, con gente hablando sobre ellas, manoseando todo… yo lo que veía era bacterias creciendo felices.

Los brotes de bacterias hoteleras

En estos contextos entendemos muy bien que cada dos por tres haya brotes de bacterias (o de virus) en hoteles. A veces el hotel no tiene culpa, ya que los microbichos los han compartido los huéspedes directamente. En ocasiones el hotel tiene un poquito de culpa, porque los han compartido los huéspedes, pero con un poquito más de limpieza por parte del hotel, la cosa habría sido menos preocupante. Pero en casos como el que os he contado hoy, la culpa sería totalmente del hotel que, por cierto, tendría algún que otro problemilla si un inspector se pasase por allí.

Cuando se sabe que se va a hacer una revisión de sanidad, las cocinas (de hoteles, comedores, restaurantes…) suelen hacer todo lo posible por estar muy limpias. Pese a ello, a veces se encuentran bacterias, porque si no se ha actuado correctamente en el pasado, es difícil hacerlo todo perfecto el día que van a mirar. Incluso haciendo todo bien, según las normas actuales, a veces se encuentran cosas… porque nunca sabes de dónde puede venir un microbicho inesperado. Pero es que a veces lo están pidiendo a gritos.

Acabo diciendo que estos casos suelen ser la excepción, y que mi siguiente visita a un desayuno en un hotel fue correcta, sin que detectase nada extraño, más allá del comportamiento de algunos clientes. Pero lo de los clientes da para otro post… ¿Por qué la gente hace guarradas por ahí que no hacen en sus casas? ¿o es que hacen eso en sus casas? ¿Qué golpe en la cabeza nos hemos dado para comportarnos como imbéciles? ¿Por qué estamos educando a la siguiente generación con ese desprecio al trabajo de terceros? Bueno, todos no… en esto parece que sí hay clases, pero eso será el tema de otro día.

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