Érase una vez… la médula ósea

Poco a poco nos vamos metiendo en materia, y si queremos entender la vida humana, la médula ósea es fundamental. En este capítulo, el cuarto ya, hay demasiada información junta.

Empezamos por la formación de un eritrocito. Dicen que hacen falta 314.000 nucleótidos para la formación de uno, dato que no sé de dónde sale. También dice que hace falta generar al día 200.000 millones, dato que es aproximadamente correcto. Cuando se generan van por vasos sanguíneos que se representan como toboganes, y también se explica que su producción es automática, pero que hay que vigilar porque a veces algo falla.

El primero fallo que se representa es un daño en el material genético, para el que reclutan a enzimas de restricción y a ligasas para repararlo. Más o menos la explicación la doy por válida, pero tenemos dos errores grandes en ella: primero que vuelve a aparecer el mensajero con T en lugar de U (o al menos yo entiendo que es el mensajero porque se pegan tripletes) y segundo, que cuando se enseña el material del cromosoma, aparece una cadena simple. La reparación de nuestro ADN se hace siempre en base a la otra cadena, así que debería aparecer.

A continuación pasamos a que se generan glóbulos blancos y plaquetas. 15.000 millones de las primeras y 500.000 millones de las segundas. La verdad es que la médula no para.

Como en todo capítulo, llegan los malos. Los primeros malos que aparecen son virus de la gripe, en la mucosa nasal. Los linfocitos B van al rescate. He de decir que son unos virus de la gripe con un aspecto extremadamente extraño, me gustaría saber qué pensaban al darle ese diseño. Por suerte se los identifica y se liberan anticuerpos que los eliminan, y después los macrófagos limpian la escena.

Y llega el clímax, una rebelión en la policía (los glóbulos blancos). Hay 15 veces más de los que debería y tienen cara de muy pocos amigos. Las enzimas de restricción intentan arreglarlo (arreglar qué?) pero no pueden. Los que quedan normales les piden a los nuevos la tarjeta de identificación de su HLA, pero se ve que son distintos, y van por ahí soltando una especie de humo blanco… una forma muy extraña de escenificar un ataque autoinmune.

Salimos del cuerpo y vemos que lo que se siente es fiebre y malestar. Tras un análisis de sangre (que miran al microscopio, WTF) el diagnóstico es leucemia. Hay una clara anemia, pero esto tiene cura (JA). La cura es una inyección que vía el torrente sanguíneo se distribuye por el cuerpo y mata a todos los malos, aunque también a los buenos, anulando las defensas. A continuación hay que reponer células, así que el hermano de la enferma hace una donación de médula ósea, se inyectan las células, llegan a la médula y problema resuelto.

Reconozco que hemos avanzado mucho en la medicina, pero este capítulo me ha dolido en el alma. Me ha dolido mucho porque me he acordado de la edad que yo tenía cuando lo debí ver por primera vez, y en un buen amigo que con esa edad fue diagnosticado de forma similar. Un amigo que, pese a la detección precoz, no cumplió 16 años. Y pienso que cuando era pequeño y veía en la tele que su enfermedad tenía cura, creería que era cierto. Está muy bonito explicar lo que es una donación de médula, pero a los niños hay que decirles siempre la verdad.

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