El precio de la comodidad: la electricidad

Todos somos perfectamente conscientes del problema con la electricidad que tiene Europa con el gas debido a los cortes de suministro del gas ruso, pero pocos se han parado a pensar en la repercusión que esto tiene en el resto del mundo. Mientras nosotros nos ocupábamos de asegurar las reservas de gas para el invierno a base de pagar precios más altos y de unos recortes absurdos, hemos dejado a otros países sin gas, países que sí se van a enfrentar a un invierno mucho más duro, un invierno sin energía.

Y no es un «podría pasar», es que ya está pasando. Por nuestro afán de asegurar que no tendremos que hacer otros recortes, hemos dejado a millones de personas sin gas y, por lo tanto, sin electricidad durante horas. Las primeras noticias nos hablan de un problema por no poder hacer frente al suministro, pero no es la primera vez. Y esto se está repitiendo día tras día.

El grado de la discordia

Subir o bajar la temperatura un grado, ese problema del primer mundo que tantas conversaciones ha generado en España en los últimos dos meses. Un grado. Somos imbéciles, así os lo digo. Podemos pensarlo a nivel doméstico, y razonar que a igual humedad (este aspecto es importante y está recogido en la ley), no deberíamos notar grandes diferencias si cambiamos la temperatura ambiente un grado. Lo primero es que recordemos que gran parte de España no tiene aire acondicionado en su casa, y los que sí lo tenemos, podemos ajustar perfectamente la temperatura. Yo soy de zona fría, llevo muy mal el calor madrileño, y pese a ello he limitado mucho el uso del aire acondicionado este verano, y mi casa jamás ha bajado artificialmente de los 27 grados que, dicho sea, es fresquito cuando en la calle tienes 38.

En invierno la cosa es todavía más grave, porque aunque es cierto que la temperatura establecida, en una casa y sin movimiento requiere una chaqueta gordita, tampoco es que sea el fin del mundo. Recordemos que se habla en todo momento de temperatura de la estancia y no de lo que se le pone al cacharro. Pero es que si dejamos las casas y nos vamos a las tiendas la cosa es mucho más sangrante.

Con la ley de ahorro ya aprobada yo he pasado frío al hacer la compra en un supermercado en el que la zona de neveras era el polo norte, porque ponerles puertas para qué, que igual compras menos. Pero en invierno sé que voy a pasar calor, porque sé que habrá un montón de sitios en los que siga estando la calefacción a tope, que no podrás hacer la compra con tu chaqueta de la calle porque estarás al borde del desmayo. Igual que sé que habrá casas en las que se podrá estar de manga corta, que espero que sean de personas que no vengan luego quejándose del precio.

Aunque el consumo eléctrico de las bombillas es bajo, si sumamos todas las horas no deja de ser un aporte razonable

Mientras tanto, en otro país… no hay electricidad

Pero mientras nosotros estamos quejándonos sobre lo dramático que puede ser cambiar la temperatura un grado, o si Vigo consume mucho o poco con tanto LED, o si se consume demasiado con los focos de un campo de fútbol, hay gente en el mundo que sufre cortes de electricidad durante horas. Y lo más grave es que lo han normalizado totalmente.

Es todo culpa de Rusia, que corta el gas. Pues no, la culpa es nuestra. Rusia tiene su parte de culpa, pero nosotros somos los que hemos decidido no renunciar a nuestras comodidades mientras otros necesitan que hagamos un esfuerzo. Mucho apoyo a Ucrania, pero desde lejos. Mucho apoyo a países en vías de desarrollo, pero en cuanto tenemos la oportunidad pagamos por el gas lo que sea necesario para quitárselo a ellos. Se nos llena la boca diciendo eso de que los que más tienen deben hacer un esfuerzo, pero eso aplica solo mientras no pertenecemos al grupo que más tiene, que entonces ni pagar más impuestos, ni reducir nuestro consumo, ni ayudar a terceros.

Un pequeño esfuerzo global

Escribo esto a 7 de octubre, y por mucho veranillo de San Miguel, no es ni medio normal que tenga en estos momentos 26 grados en mi casa (con un 40% de humedad). Y todavía subirá en las próximas horas. Además, lo peor es que noto fresco. Porque tras haber estado tantos meses casi a diario por encima de 30, o incluso de 35, 26 grados es fresco. En un intento de convencerme a mi misma de que es otoño he puesto a mano la ropa de abrigo, pero esto como mucho es entretiempo, algo que no existía en mi vida desde hace muchos años, y que solía rondar los 20, no los 26 grados. Hasta hace no mucho, me podía dar por satisfecha si un día de verano alcanzábamos los 26 grados.

En este contexto, creo que no es mucho pedir que todos pongamos un granito de arena, sin necesidad de que nos obliguen por ley. Hagamos por limitar un poco nuestro consumo, que todos podemos hacerlo. Retrasar un día una lavadora hace que metamos más ropa y consumamos menos electricidad a lo largo del mes. Además, ya de paso consumimos menos agua, que tampoco es que vayamos sobrados. Pero más que la lavadora, si reducimos al mínimo el uso de la plancha, ahí sí notaremos un ahorro mayor. A los que le aplique, que no es mi caso.

Yo buscaré otras opciones, de forma que mi consumo de electricidad y de gas sea menor al del invierno pasado. Un grado menos. Mejor organización en la cocina. Optimización de la temperatura de la caldera. Regulación de los radiadores. Y sentido común. Además, no solo dejaremos más gas disponible para otros, también nos ahorraremos una pasta en el recibo.

Los malos somos nosotros

Los europeos somos el sumidero del mundo. Hemos conquistado tierras, hemos extinguido especies, hemos calentado el planeta, hemos destrozado bosques, hemos dejado morir de hambre. Y ahora queremos matar a la gente sin luz. Nadie debe quedarse sin luz, es un derecho básico, y eso debe ocurrir en España y en Europa, pero también en el resto del mundo.

Si me quieres apoyar puedes hacerlo invitándome a un café, aunque quizá acabe gastándomelo en mejorar la regulación térmica de mi casa:

Un comentario en “El precio de la comodidad: la electricidad

  1. Si el mundo bacteriano es global, la imbecilidad humana creo que es global también. La destrucción de recursos sin sentido se produce en toda la geografía y la lucha por prosperar es lo que nos hace avanzar. Un pecado que sirve tanto para mejorar como para diferenciar a la sociedad.

Deja un comentario Cancelar respuesta

Salir de la versión móvil