El mapa de sabores en la lengua que nunca existió

Que tire la primera piedra el que no haya estudiado que diferentes partes de la lengua se encargan de percibir diferentes sabores. Todos hemos visto alguna vez el famoso mapa pero… ¿Sabéis qué? Es todo mentira. O casi todo, porque algo de verdad debajo hay.

Aunque todos recordemos que el mapa de la lengua existe, pocos recordamos ya dónde se localiza cada uno de los sabores. Curiosamente, hace unos días, un programa de televisión preguntaba a uno de los concursantes en qué parte de la lengua se detectaba el sabor dulce. Yo no estaba prestando atención, pero esa pregunta resonó en mi cabeza y me encendí mucho, pero como hablarle a una pantalla no sirve de mucho, aquí os vengo a contar la historia, que seguro que para algunos tampoco es nueva.

El experimento que dio lugar al mapa de la lengua

Hace ya más de cien años, un científico alemán apellidado Hänig se puso a experimentar con lenguas y con sabores. En aquel momento todavía se describían solo cuatro sabores «puros»: dulce, amargo, salado y ácido. Este hombre buscaba los umbrales de detección de cada cosa, la saturación, y la localización, claro. Su trabajo ayudó a entender que hay un montón de receptores en la lengua, y que la densidad de receptores es variable en diferentes partes. Sus resultados indicaban que había una concentración ligeramente mayor de un tipo o de otro según la parte de la lengua, una diferencia para nada destacable, más allá de ser un dato técnico.

Años más tarde, otro señor, de apellido Boring, tradujo el trabajo anterior, y parte de la información se perdió por el camino. Al hacer todo más gráfico, se generó el error, aunque algunos ya lo creían antes. Fue en los años 40 cuando se empezó a extender la idea, acompañada con los típicos dibujos de las partes de la lengua, que en lugar de representar zonas en las que había más receptores (no significativamente), decían que era la zona en la que se detectaba ese sabor.

El umami, el metálico y el básico

Asumir cambios es algo que nos viene costando bastante. Cuando yo estudiaba en Educación Primaria, me decían que el mapa de la lengua era verdad, y que existía un nuevo sabor recién descrito, el umami, que quería decir sabroso en japonés y que era el sabor del glutamato. Había una mentira en lo del umami, porque de recién descrito no tenía nada. Fue hace más de 100 años, poco después del estudio original, pero muchísimo antes de la traducción. Simplemente nos costó muchos años (¿50?) asumirlo. Y no se confirmó hasta el año 2000 como sabor oficial. De forma más reciente, se ha valorado tomar los sabores metálico y básico también como referencia, como sabores «puros», pero todavía no los hemos aceptado bien. El sabor metálico seguro que se os ocurre como comprobarlo. El sabor básico lo tiene el jabón, y también la sangre, que junta sabor metálico con básico. Algo así como el agridulce de los nuevos sabores. En general, si algo sabe metálico o básico, no debería estar en nuestra boca. Aunque hay algunas excepciones.

Ahora pensaréis que claro, que el error del mapa de la lengua ha llegado a nosotros sin que nadie dijese que era un bulo, y que lo único que hemos hecho es añadir el umami en el centro de la lengua. Por eso se lo siguen enseñando a los niños. Eso no es así. La aclaración del error se hizo en el año 1974 (gran año). El desmentido lo hizo Virginia Collings, pero parece que no se le ha hecho demasiado caso. Claro que había zonas más sensibles en la lengua, pero las diferencias en la percepción de los sabores eran mínimas, y eso es algo que cualquiera puede demostrar.

Imagen de una persona echando la lengua en la que se ven muy claras las papilas gustativas
Todos a experimentar!

El experimento casero

Aunque parezca absurdo, todo esto es muy fácil de demostrar que era un gran error. Por eso, aquella persona que esté enseñando tal idea desfasadísima en Primaria, debería ser invitada a comprobarlo. Que todavía esté en algunos libros de texto es grave, pero quien usa esos libros debe aprovechar la oportunidad para explicar a los estudiantes que no siempre hay que creerse las cosas aunque vengan en el libro. Si quien enseña no se lo cree, o peor, se molesta por indicarle que está enseñando a los estudiantes algo incorrecto, es muy fácil demostrárselo. Vamos a poner un diálogo ficticio de cómo yo podría convencer a un profe de primaria de tal error:

  • Hola, está usted enseñando a los niños que hay un mapa de sabores de la lengua y ese mapa es mentira.
  • El mapa es cierto, viene en el libro, siempre se ha enseñado así.
  • El mapa no es cierto, pero no tiene que creerme, voy a demostrárselo. Si el mapa fuese cierto, la punta de la lengua detectaría sabor dulce. Si el mapa no es cierto, detectaría otros sabores. Le voy a dar un poco de sal de mesa y, si usted puede mantener la lengua en ella y le sabe a azúcar, puede seguir enseñando el mapa a los críos.
    • Aquí podemos imaginar la cara de asco del susodicho, ya que normalmente no han reflexionado antes el tema y muchos creen que no les va a suponer un problema en absoluto.
  • ¿Pero cómo puede ser?

Por supuesto, si la cosa se complicase y resulta que el implicado tiene mucho aguante, se puede optar por zumo de limón en la punta de la lengua, cosa que suele molestar bastante más. O vinagre.

Los mitos biológicos

Este ha sido solo uno de tantos ejemplos de los mitos biológicos que nos rodean. Cosas que se intentan explicar con un aspecto biológico y que realmente no tiene ninguna base biológica, pero casi todos tienen una explicación, curiosa y retorcida. Seguro que muchos conocéis muchos de esos mitos asociados a la regla: no te puedes duchar ¿? O algo peor… ¡Se te corta la mayonesa! O que solo usamos el 10% de nuestro cerebro. Hay muchos. Demasiados.

Si hay algún mito que os llame mucho la atención, o si habéis ido corriendo a la cocina a comprobar si vosotros notabais diferencias entre zonas del mapa de la lengua o no… ¡Dejadme un comentario! Además, compartid esta curiosidad científica con aquellos a los que les pueda interesar, y si queréis apoyarme, podéis hacerlo apuntándoos a mi newsletter. Así no os perderéis nada de lo que escribo. Pero si lo vuestro es algo puntual, siempre podéis invitarme a un café. Yo os lo agradeceré.

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