El desperdicio de alimentos

Hoy se celebra el día mundial de la concienciación sobre la pérdida y desperdicio de alimentos. Encontraréis en Twitter muchas entradas sobre el tema con los hashtags #díaPDA o #noDesperdicio. Aunque no soy muy de celebrar días concretos porque considero que las cosas hay que hacerlas todo el año y en demasiados casos se considera que haciendo algo en ese día ya está, basándome en lo que he ido leyendo creía oportuno dar mi opinión.

Quede claro que esto sí es un post de opinión, aunque incluya cosas que pueda saber por mi profesión, y no tanto un artículo de datos técnicos. Por ello, hay cosas que pueden ser discutibles, pero que representan mi opinión, y además voy a hacer un poco de abogada del diablo e intentar explicar por qué parte de los alimentos los vamos a tener que desperdiciar igual.

El problema del desperdicio de alimentos

Quizá un día como hoy sirva para llamar la atención de algunas personas, pero asumo que no tengo que explicar a ninguno de mis lectores cuál es el problema. Es evidente que con la cantidad de alimentos que desperdiciamos generamos un consumo de energía superior, y que no estamos como para desperdiciar recursos. En cualquier cubo de basura de cualquiera de vuestras casas, apuesto a que en el momento en el que esté lleno hay un porcentaje razonable de restos de alimentos que podrían haber tenido otro uso. Dependiendo de lo bien que lo haga cada uno será más o menos, pero en todas las casas, antes o después, se tira comida.

Pero el desperdicio no está siempre en las casas. Porque nosotros podemos hacerlo muy bien, pero se ha desperdiciado antes. Frutas que no tenían la forma correcta, que se estropean en el proceso, productos que «caducan» en el supermercado y se tiran, comida que se tira en los restaurantes. Pero es que hasta cuando lo hacemos todo lo bien que podemos, generamos una pequeña parte, porque las pieles de los plátanos que comemos deberíamos compostarlos, y muchos no tenemos esa opción. Aprovecho para recordar que comáis plátanos de Canarias, que hay que darle salida a todo lo que se ha tenido que recoger contrarreloj ante la inminente llegada de la lava y las cenizas del volcán.

No debemos aprovechar todo

Aquí viene mi defensa de lo contrario, y es que si nos vamos al extremo, entramos en terrenos pantanosos y peligrosos. Hoy me he encontrado con muchos tweets que nos animan a aprovechar las frutas que han llevado un golpe, que no porque la fruta de al lado tenga «bicho» la nuestra estará mal. También se anima a estirar los productos unos días más allá de la fecha de caducidad, que todos sabemos que no se estropea aunque haya pasado ese día. Pues no, porque queremos aprovechar los alimentos, pero no queremos morirnos.

Cuando un alimento tiene un hongo, no vale con cortar ese trozo y comerse el resto, porque habrá toxinas igual y podemos tener un problema de salud. Lo mismo con las fechas de caducidad, que nos certifican la seguridad de ese alimento hasta esa fecha pero no más allá. Si hablamos de una fecha de consumo preferente vale, no pasa nada si nos comemos un yogur dos días más tarde, pero no debemos comer carne que se haya pasado dos días de la fecha, aunque a simple vista nos parezca que tiene buen aspecto. Las buenas acciones las tenemos que hacer antes, nunca poniendo en peligro nuestra salud.

El green-washing y la publicidad

Hay muchas empresas que se aprovechan de nuestra buena intención para intentar vendernos más, y en el tema del desperdicio de alimentos no iba a ser menos. Esto se puede ver en las empresas colaboradoras en plataformas como Too Good to Go. La idea detrás es que se registren empresas que pueden tener restos al final del día, y que tú puedas recoger un pack a un precio muy bajo de productos que, si nadie los compra, irán a la basura. Y ahí tenemos de todo.

Hay supermercados que ponen en esos packs productos que caducan ese día, hay restaurantes que ponen platos que tenían preparados e irían a la basura. También tenemos panaderías que ponen lo que quede al final del día en el pack. Pero hay fruterías que ponen fruta madura (ok) o pasada (mal, es peligroso). El caso es que si nos paramos a pensarlo, dado que será difícil que nos comamos todo en el mismo día, o bien somos capaces de procesar lo que venga en el pack en el momento o es posible que nosotros tiremos parte. Además, esos comercios podrían simplemente ofrecer las cosas cercanas a la caducidad o al final del día a precios reducidos, cosa que sí hacen en algunos supermercados. Y siempre habrá empresas que usen la plataforma para hacer que pruebes sus productos a un precio más bajo e intentar ganar clientes.

Mención aparte merecen aquellos que venden fruta «fea» a precios excesivamente altos. Porque no siempre es fruta fea, muchas veces es fruta que además de por su forma no se iba a vender por otras razones, principalmente por golpes o fallos que pueden ser una fuente de microorganismos.

El que compre frutas feas al mismo precio que tire la primera piedra (Imagen de ElasticComputeFarm)

El equilibrio entre muchos factores

Por mucho que nos pueda doler ver que se tira comida, eso tenemos que verlo siempre en un contexto con otros muchos factores. Una fruta con un golpe que es una incipiente infección en esa pieza, si no se descarta suficientemente pronto, puede estropear toda la caja. Habremos recogido, transportado y envasado una caja entera para que vaya a la basura después. Una fruta fea, aunque exista una posibilidad remota de venderla a alguien concienciado, quizá genere más problemas entre su recogida y su consumo que lo que se ahorra si llega al consumidor. Si todos comiésemos frutas amorfas no sería un problema, pero en la frutería todos seleccionamos las que tienen buena pinta. Si tenemos frutas feas más baratas, quizá el productor ni siquiera recibe por ellas el dinero que ha invertido en obtenerlas.

En ese contexto, lo razonable es que aquellos productos que puedan ser menos atractivos para el consumidor tengan un uso diferente. A todos nos viene a la cabeza la idea de que los tomates feos se pueden usar para salsa de tomate. Pero volvemos a lo mismo: tiene que compensar, porque nadie va a perder dinero pudiendo ganarlo.

¿Y qué hacemos?

Aunque en un mundo ideal no tiraríamos nada, la vida real no es como ese mundo ideal. Desde nuestra perspectiva individual, todo lo que podemos hacer es reducir, aprovechar al máximo lo que compramos, pero no volvernos locos ni tener pesadillas por tirar una fruta que acabó estropeándose en nuestro frutero. La idea para dormir tranquilos es ir aprendiendo a no desperdiciar, porque nos vendrá bien a nuestro bolsillo y tendremos la conciencia más tranquila, pero asumiendo que parte se va a desperdiciar, porque ha sido siempre así y un milagro no podemos hacer.

En nuestras manos está planificar bien lo que compramos, para que se ajuste a nuestras necesidades. Debemos cocinar de forma realista (un saludo a todas las madres que cocinan para 20 cuando van 4 personas a comer). Si podemos cocinar un día para varios, podremos aprovechar mejor la energía para el procesado de alimentos, y también podremos aprovechar mejor los alimentos que hemos comprado, que además los cocinaremos todavía frescos. Las frutas, antes de que se estropeen, casi todas las podemos congelar para otros usos. Pero antes de que se estropeen, no tras cortarle una parte que estaba mala. Podemos ser creativos y aprovechar todo lo posible, pero seguiremos tirando una parte

Las soluciones sencillas no existen

Hagamos lo que hagamos, poco sabremos de lo que ha ocurrido antes. Ahí son los que regulan los que tienen que asegurarse de que haya una gestión correcta de los alimentos en su origen, y nosotros como mucho podemos elegir comprar de empresas que se acerquen más a nuestras ideas. Pero igual que no podemos reducir a cero nuestro uso de plásticos porque eso probablemente acabe siendo medioambientalmente peor, no podemos reducir totalmente el desperdicio de comida, porque lo único que haremos será mover el problema a otro sitio, un sitio en el que no lo vemos, y ojos que no ven corazón que no siente. Pero está ahí.

Resumiendo, debemos intentar aprovechar al máximo los alimentos, tanto por nuestra conciencia como por nuestro bolsillo, pero no debemos dejarnos llevar por aquellos que nos aseguran luchar contra el desperdicio sin plantearnos si no tienen otros intereses detrás. Claro que hay empresas concienciadas, pero también hay empresas que aprovechan las modas para lucrarse: menos desperdicios, plástico reciclado, cero envases… eslóganes que son muchas veces mentira. Arqueemos siempre una ceja y planteémonos si lo que se nos está contando es realmente cierto antes de dejarnos llevar, no vayamos a hacer más daño con la idea que se nos está planteando como eco-friendly, que lo de eco es muy amplio, y cuando se mejora por un lado, no podemos permitir que se empeore mucho más por otro, o iremos hacia un mundo mucho peor.

Aunque lo de hoy ha sido más opinativo, normalmente escribo de otras cosas, que puedes encontrar en la pestaña Blog. Para no perderte nada puedes suscribirte a mi newsletter. También puedes apoyarme, por ejemplo, con un café:

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