De la contaminación acústica: de la ciudad al campo

Hoy vengo a destacar algo que solemos ignorar, la contaminación acústica. Y es que en este mundo que nos estamos construyendo, suele ser uno de los apartados que pasa desapercibido, pero que afecta mucho a nuestras vidas. Y hoy, vengo a contarlo desde la perspectiva de una ciudadana más. Hoy no hablo como bióloga, ni mucho menos como bioquímica. Hablo desde la perspectiva de una ciudadana más que busca evitar la contaminación en su día a día, y lo hago por el cabreo de que hasta el sitio que era más tranquilo, ahora está contaminado.

Ya no quedan espacios libres de contaminación

Hasta hace relativamente poco, insistíamos en que si nos íbamos al campo, ahí no había la contaminación que hay en las ciudades. Pero ahora eso no aplica. No ha cambiado de un día para otro, pero llega un momento en el que podemos decir eso de «hasta aquí hemos llegado».

Sales al campo, a la montaña, y crees que eso es naturaleza y ahí no hay contaminación. Eliges una ruta de senderismo cualquiera. Por el camino, de vez en cuando te encuentras un papel en el suelo. Quizá una botella. Normalmente, restos de plásticos. Da igual dónde estés, porque en la mayor parte del país, toda aquella zona que sea medianamente transitable, si te fijas lo suficiente, tiene basura. Pero vale, quedan algunas zonas, si te sales de las rutas establecidas y te metes por el monte, en las que no hay basura…

Se hace de noche y, aunque te has apartado de la ciudad, quizá incluso más de doscientos kilómetros, todavía ves ese reflejo allá al fondo, esa contaminación lumínica de la ciudad. Pero bueno, te puedes apartar más, y así no tendrás ni basura ni contaminación lumínica. ¿Ya está?

La omnipresente contaminación acústica

Lo que te queda es subirte a un pico apartado. Pero entonces descubres la contaminación acústica. Lo descubres cuando tu cabeza empieza a protestar, te empieza a doler, y cuando te paras a pensarlo, lo asocias con ese zumbido casi imperceptible para muchos oídos, el de los cables de alta tensión. Un ruido que muchas personas no escuchan, pero que te taladra el cerebro.

Si no es eso tienes otra opción. Los molinos. Los dichosos molinos. Esos que se han puesto para que obtengamos energía eólica, que sin duda es mucho más limpia que la energía que se obtiene por quema de combustibles fósiles, pero que no es totalmente limpia. Se destrozan ecosistemas al abrir los caminos para construir el parque eólico, se altera la vida de un montón de animales por la presencia de los molinos. Se cortan árboles y arbustos. Y cuando ya están ahí, además del evidente peligro para las aves de la zona, está el zumbido. La primera vez que alguien se acerca a la base de un molino se da cuenta del estruendo, porque no son ni mucho menos silenciosos. Pero aunque nos «damos cuenta» a sus pies, ese zumbido está presente incluso con bastante distancia.

La acústica de las ciudades

A otro nivel tenemos el ruido de las ciudades, de las autopistas, de los aeropuertos. Ese ruido más que evidente. Y el de los vecinos, porque algunos escuchamos en nuestras casas a los vecinos mucho más que a los pájaros, porque algunos rara vez escuchamos un pájaro. Y no es que no estén, es que el resto hace demasiado ruido.

Para controlar el ruido, se supone que los gobiernos «hacen cosas». En España tenemos el Ministerio de transición ecológica y reto demográfico que se ocupa de esas cosas. ¿Hacen suficiente?

Primero medir, después reducir

Para poder tomar medidas primero tenemos que saber cuál es la situación, ahí estamos de acuerdo. En España hay un montón de datos sobre contaminación acústica recopilados en varias rondas, que nos indican cuales son los puntos calientes. Tenemos legislación para actuar en consecuencia. Incluso tenemos una guía, con muchas fórmulas y dibujitos pixelados, que nos ayuda a entender esto del ruido.

Pero a mi parecer todo queda en muchas promesas y pocas acciones directas. Entiendo que no podemos hacer cambios de un día para otro. Pienso por ejemplo en tramos de algunas autovías cuyo asfalto te destroza los oídos y todavía no se ha cambiado, pero bueno, quizá tenemos otras prioridades. Pero hay cosas que sí se podrían hacer. Que se pueden regular desde arriba, que se pueden regular a nivel más local, y que también dependen de nosotros a nivel individual. Y es que ya lo dice la Agencia Europea de Medio Ambiente: esto es un problema medioambiental, pero también para nuestra salud.

Imagen de un altavoz
Reduzcamos el volumen de nuestras vidas

¿Qué podemos hacer?

Hay medidas que vienen desde arriba: paneles para contener el ruido, cambio de tipo de asfalto, incentivar medios de transporte que generen menos ruido… Hay otros que pueden controlarse a nivel intermedio, como por ejemplo el ruido de las terrazas de los bares. Es algo que ha generado muchas protestas en esta era post-covid en la que tantas terrazas han aparecido de debajo de las piedras, y que generan tal ruido que ni se puede teletrabajar desde las casas, ni dormir.

Y también tenemos las cosas que hacemos nosotros. En el campo he llegado a escuchar gritos de seres supuestamente humanos a más de un kilómetro de mi posición. Si eso me altera a mí, no quiero saber lo que altera a todos los animales de la zona. Lo mismo podría decir de la música en una casa que se oye desde todo el vecindario. Mientras que lo segundo está regulado, porque si tu vecino se pasa del límite establecido se puede denunciar, se dice nosequé de no ponerle puertas al campo. El problema es que si todos hacemos lo que nos viene en gana en el campo, nos lo cargamos.

Concluyendo…

Deberíamos ser más conscientes de la contaminación acústica que nos rodea, y también de la que generamos. No podemos seguir normalizando el ruido de las autovías, pero tampoco que el vecino tenga la música a tope o que vayamos metiendo berridos por el campo. Pidamos más medidas y que se cumplan, que el papel mojado no sirve de nada, pero también, como todo lo que tiene que ver con la contaminación, miremos un poco más nuestro ombligo. Pongamos nuestro granito de arena para poder reclamar al resto que pongan el suyo sin remordimientos.

Por último, ya que lo he buscado para mí, comparto la Ordenanza que regula esto de la contaminación acústica en Madrid. Que no se aprobó ayer exactamente (es de 2011) y que bueno, lo de cumplirla se lo toman con mucha calma. Se pueden tomar los valores de referencia que aparecen ahí como máximos permitidos y con cualquier aplicación móvil de sonómetro, se puede comprobar fácilmente en qué lugares no se cumple. Y por cierto, en Madrid si se pide primero educadamente y los ruidos no cesan, se puede denunciar aquí. En otros ayuntamientos deberíais tener opciones similares.

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