Visita al Stockhorn

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El prominente pico del Stockhorn (Wikipedia)

Hace ya bastante tiempo que nos percatamos de la presencia del Stockhorn. Es uno de los picos que puedo ver desde casa, y su peculiar forma llamaba la atención. Desde aquí podíamos ver que el pico no era especialmente accesible, pero habíamos visto publicidad de un teleférico. Así que tampoco podía ser tan horrible.

Empezamos a investigar sobre el tema y descubrimos que efectivamente había un teleférico que subía, básicamente, al pico. El teleférico salía de Erlenbach, en la cara sur. Empezamos a valorar la ruta, pero ese era el lado opuesto al que nosotros veíamos. Entonces empezamos a valorar la ruta por la cara norte. Igual lo de subir por la cara norte era un poco suicida, pero la ruta que encontramos estaba clasificada como T3 y en peores nos hemos metido.

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Cerca de nuestro punto de partida podíamos ver el pico. Se veía… alto.

Empezamos en Oberstocken, uno de los pueblos de la base. Se encuentra a 690 metros de altura. Ahí conseguimos encontrar nuestra señal blanca-roja-blanca y empezamos a subir.

La primera hora fue bastante dura, daba el sol y la pendiente era considerable. Pasada hora y media conseguimos llegar a la primera cabaña-refugio del camino, y a esas alturas empezamos a plantearnos si realmente lo conseguiríamos. Mirar hacia el pico impresionaba mucho y no veíamos nada claro cómo íbamos a poder subir con lo cerca que estábamos (sin usar un piolet y una cuerda). Decidimos seguir tras analizar el tramo recorrido. Parecía que llevábamos casi la mitad, y creíamos poder seguir. A las dos horas llegamos a la siguiente cabaña. Podíamos ver más o menos el camino (y no pintaba bien), pero veíamos por primera vez en nuestro camino a otros seres humanos. Seres humanos que parecían en buenas condiciones (eso sí, ellos estaban bajando y nosotros subiendo). Seguimos.

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A mitad de camino las vistas eran ya impresionantes
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Muy pero que muy impresionantes!
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Perspectiva algo desalentadora del último tramo

 

Casi en la cumbre empezamos a encontrarnos a escaladores principiantes. Hicimos dos paradas a observar lo que hacían y eso nos sirvió para recuperar aliento y seguir. Sin darnos cuenta, cuando pensábamos que todavía nos debía quedar bastante, llegamos al restaurante-teleférico. Una vez allí y tras una salida (fallida por mi parte) a un mirador flotante, decidimos seguir subiendo y hacer cima. Serían cinco o diez minutos, y realmente en el momento en el que estábamos allí, en la piedra más alta, al ver los otros picos que nos rodeaban… en ese momento todo el cansancio se fue y pudimos sonreír diciendo que lo habíamos hecho. El pico está a 2190 metros. Habíamos empezado a 690. Con todas las paradas, tardamos menos de tres horas y media. La ruta estaba calculada para cuatro horas y media, así que tampoco llevábamos mal ritmo.

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Desde arriba se veían muchos de los picos de los Alpes. Sólo por esa vista había valido la pena el esfuerzo

Una vez finalizada nuestra hazaña nos sentamos en el bar a tomar algo. Entonces la niebla que nos envolvía desde hacía rato acabó por cubrirnos y empezaron a aparecer ya nubes densas. Decidimos bajar, eso sí, esta vez en el teleférico por la cara sur.

Nos volvimos a casa con la felicidad de poder mirar por la ventana y decir “allí arriba subí yo, andando, sin más ayuda que un bastón”. Es la primera vez que subo 1500 metros en una ruta, y también la primera vez que subo tan rápido. Espero que sea una de muchas. Lástima que se acerque el invierno.

La perla de los Alpes: la despedida (4/4)

Llegamos a nuestro último día, que aunque amanecía claro, según la previsión meteorológica no iba a permitirnos caminar demasiado.

Era 15 de Agosto, y al igual que en España en muchos pueblos se celebra la Virgen. Nos dirigimos hacia Saas-Grund para volver a coger el teleférico con el que el día anterior habíamos subido a Kreuzboden, pero esta vez nos quedamos en la estación intermedia, Trift. Desde la estación, en unos 5 minutos, llegamos al pueblecillo más cercano, Triftalp, en el que se estaba celebrando una romería. Tenían todo preparado para la comida tradicional de montaña, las vacas preparadas para su “pelea de vacas” por la tarde, etc… Pero nosotros llegamos en el momento álgido, cuando el cura estaba soltando la misa. No sé cómo os lo imagináis, pero un montón de gente sentada en una ladera escuchando a un cura hablar de la Virgen en alemán es… pintoresco. Nos pasamos un rato pensando en cómo cruzar aquello sin ser apedreados. Finalmente, de forma discreta, pasamos por detrás de la misa y conseguimos encontrar el sendero que nos llevaría de vuelta a través del bosque hacia Saas-Grund. Eran unos 500 metros de desnivel, haciendo zig-zag por el medio del bosque. La verdad es que fue un paseo agradable protegido del sol, que pegaba bastante fuerte por la mañana.

Una vez en el pueblo nos lanzamos de nuevo al autobús, esta vez sí íbamos a llegar a Mattmark. En Mattmark hay un embalse, el más grande de Europa, a unos 2000 metros de altitud. Además de actuar como reservorio de agua, se utiliza para obtener energía (es para lo que se construyó), con un sistema bastante complejo de centrales hidroeléctricas en diferentes puntos del valle. El embalse es enorme y bastante impresionante. Había algo allí que nos daba mala espina, y decidimos que comeríamos allí pero que nos volvíamos pronto para abajo. No estábamos muy equivocados.

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El glaciar visto desde el embalse. Ahí se ve que algo no va bien.

Durante la construcción del embalse, el 30 de agosto de 1965, un trozo del glaciar Allalin se desprendió. Concretamente, 2 millones de metros cúbicos de hielo. El desprendimiento provocó una gran avalancha, arrastrando consigo todas las piedras que podía. La avalancha cayó encima de las obras del embalse y murieron 88 personas. Se considera el mayor desastre en Suiza en los últimos 100 años. La mayoría eran italianos. Todavía no está claro si fue un desprendimiento accidental o si fue provocado por las obras.

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La avalancha se llevó todo por delante, y quedó tan inestable que no se tuvieron que paralizar las labores de rescate varias veces

Cuando volvimos para Saas-Fee decidimos hacer una pequeña ruta que subía a un refugio-restaurante al pie del glaciar, a la que se tardaba cosa de una hora desde el pueblo. El paseo fue agradable pero pronto tuvimos que dar vuelta, ya a poca distancia del restaurante, porque las nubes dejaban claro que no debíamos continuar. Y tanto, a nuestra vuelta empezaron a caer las primeras gotas. Tuvimos tiempo suficiente para llegar y comprar algo para cenar. La decisión fue inteligente, ya que en nuestro intento de tomarnos un café empezó a llover de forma considerable. En cuanto escampó nos volvimos al apartamento, en el que recogimos, cenamos, y dimos por terminada nuestra aventura.

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En nuestro paseo por la tarde nos encontramos este molino. Sigue impresionándome la cantidad de agua que baja de las montañas.

A la mañana siguiente nos volvimos para Berna, con muchos planes de visitas a montañas. Muy pronto os contaré la siguiente escapada.

Avance de mi vida

En un inesperado cambio, durante las últimas dos semanas he tenido muchísimo trabajo en el laboratorio. Bueno, tener sigo teniéndolo, pero el pico de agobio ha pasado y ya puedo controlar un poco mejor la pila de cosas por hacer.

Por primera vez en mucho tiempo he recogido datos en el sincrotrón. Si los datos me van a ser útiles o no todavía está por ver, pero lo que ha quedado claro es que necesitaba mucho tiempo para procesarlos.

Por otra parte, la semana que viene me voy de retiro con mis compañeros de laboratorio a Italia. Es la segunda vez, y quiero pensar que va a salir mejor que el año anterior (que no salió tan mal como esperaba). Esto implica que desde que volví de mis pequeñas vacaciones (han pasado dos semanas y media) en teoría tenía que haber hecho algún experimento y preparar una presentación para el retiro. Bueno, he procesado los datos, he hecho como la cuarta parte de los experimentos que pretendía y no he empezado con la presentación que tengo que tener acabada para el viernes y que es sobre un tema en el que no trabajo (o sea, no puedo reciclar).

Lo peor del agobio es el extra de que justo a la vuelta del retiro tengo que presentar en nuestra reunión de grupo semanal lo que he hecho en los últimos dos meses. Para empezar, me parece que dos meses es muy poco tiempo, percepción que ha sido ignorada por mi jefe cuando le he aclarado que por casualidades de la vida otros miembros del grupo tienen siempre al menos tres meses. Pero vale, dos meses deberían llegar para hacer algo que enseñar… si no fuese porque de las 8 semanas en cuestión, una estaba de vacaciones, otra la pasamos en el retiro, ésta la voy a necesitar casi completa para la dichosa presentación y la pasada la empleé en el procesado de datos. Quedan cuatro. Al menos una me consta haberla perdido en hacer comprobaciones de cosas que se me sugirieron en la presentación anterior. Y claro, necesito tiempo para prepararlo. He decidido que se va a quedar para la vuelta del retiro (tengo dos días disponibles…) así que todo bajo control.

Con esto, además de expresar al mundo mi nivel de agobio infinito (para eso era el blog no??) quiero justificar la falta de posts. Mañana estará publicado el que faltaba de mis vacaciones, y espero que esta semana pueda publicar también el de la pequeña excursión que hice ayer, que algo hay que descansar la mente.

Yo voy a ello, procrastinando el trabajo de verdad. Por qué será que escribir me ayuda tanto a liberar el agobio… Lo bueno es que después me centro mejor y trabajo más rápido, así que a ello voy.

La perla de los Alpes: un día suave (3/4)

Como el día anterior había sido duro, el domingo decidimos tomarlo con calma, ver algunos sitios que nos habían recomendado y descansar las piernas. La verdad es que no estábamos tan reventados como esperábamos, pero tampoco como para repetir.

Por la mañana nos bajamos de Saas-Fee a Saas-Grund por una pequeña ruta que recorre una serie de capillas (Kapellenweg), a modo de Via Crucis, por llamarlo de algún modo.

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Cada capilla del Kapellenweg está dedicada a un momento de la vida de Jesús

Nosotros hicimos el camino hacia abajo, que fueron unos 40 minutos. Una vez en Saas-Grund nos dirigimos a la estación del teleférico, y desde allí subimos a Kreuzboden. En Kreuzboden se puede observar cómo reutilizar una estación de esquí en verano a la perfección. Allí había rutas de senderismo para todos los públicos, un parque infantil, una ruta “saludable”, tumbonas, una pequeña laguna… El sitio ideal para pasar un rato de relax. Caminamos un poco por la zona y decidimos seguir subiendo hasta Hohsaas, a unos 3150 metros.

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Vistas de Saas-Grund desde Kreuzboden
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Vistas desde Hohsaas, misma orientación que la foto anterior

Aunque estábamos tentados a empezar una ruta por las zonas altas, las nubes de tormenta nos quitaron rápidamente las ganas, y volvimos a Saas-Grund. Desde allí cogimos un autobús con el que pretendíamos ir a Mattmark pero en nuestro camino decidimos bajarnos y hacer el paseo del río caminando, primero de la parada en medio de la nada hasta Saas-Almagell y de allí a Saas-Grund. La razón fundamental del cambio era la posibilidad, en caso de lluvia, de cruzar al otro lado del río y llegar rápido a una parada de autobús. Finalmente no nos hizo falta, y nos cayeron las primeras gotas cuando ya estábamos llegando a casa.

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En nuestro paseo al borde del río pudimos observar una vez más la potencia del agua de las montañas
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En Saas-Almagell nos encontramos con esta familia feliz

Al llegar a Saas-Fee se nos echó la tormenta muy encima, lo que nos retuvo un buen rato dentro de casa. Por suerte nos dio una tregua y pudimos salir a cenar a un restaurante italiano para acabar el día.

Sólo nos quedaba un día más y la cantidad de tormentas que se acercaban no iban a darnos mucha tregua. Pero eso os lo cuento en la siguiente entrega!

La perla de los Alpes: “por la azul” (2/4)

Os estaréis preguntando a qué viene el título, pero si habéis leído el post anterior recordaréis la clasificación por colores de las rutas. De ahí el nombre, que es lo que mejor describe nuestro segundo día en Saas-Fee.

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Vistas desde Mittelallalin. A 3500 metros (foto propia)

No nos levantamos excesivamente temprano, y no teníamos muy claro lo que íbamos a hacer. Nos fuimos camino del teleférico para subir a Felskinn, desde donde podíamos coger el Metro Alpin para subir a Mittelallalin. Felskinn se encuentra a unos 3000 metros, y la subida por el túnel te deja a unos 3500. Mittelallalin es una estación en la cara norte del Allalinhorn, y se caracteriza por tener el restaurante giratorio más alto del mundo. Nosotros en el restaurante no entramos, pero sí aprovechamos la terraza para disfrutar de las vistas.

Bajo la estación se encuentra el Eispavillion. Tras bajar unas cuantas escaleras (y unos cuantos grados, no veáis qué frío hacía allí), pudimos disfrutar de unas cuantas esculturas hechas en hielo, del placer de pasear por cuevas dentro de un glaciar, información sobre escalada en hielo y una simulación de una avalancha (con los gritos asociados de todo el mundo que probaba la simulación). La entrada al Eispavillion va incluida en el ticket del Metro Alpin, que si tienes la tarjeta de transporte de Saas-Fee (que se da a todo el mundo que hace noche allí) cuesta 36 francos por persona. Eso sí, puedes subir todas las veces que quieras durante tu estancia.

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Pingüinos en el Eispavillion. No sé si he dicho que hacía frío! (foto propia)

Volvimos a bajar a Felskinn y valoramos la opción de empezar una ruta T4. Una ruta marcada como blanco-azul-blanco. La verdad es que por una parte el cartel me quitaba las ganas, pero por otra parte ver el primer tramo y la cantidad de gente que iba me hizo pensar que yo podía. Era cosa de hora y media hasta el refugio de Britannia (Britanniahütte) y no podía ser tan horrible. Así que allá fuimos.

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Este es el cartel que nos encontramos en Felskinn, todo muy tranquilizador

Tengamos en cuenta algo: yo tengo vértigo. No me dan miedo las alturas, tengo vértigo. Cuando estoy en un sitio alto me encanta mirar abajo. Me encanta subirme a sitios altos, pero tengo vértigo. De forma un poco aleatoria, cuando me subo a algo, tengo vértigos… que quiere decir que todo empieza a moverse y pierdo el equilibrio. Y sí, puedo caerme, aunque esté en un sitio muy estable. Entre otras cosas el vértigo me hace sufrir bastante cuando me subo a un teleférico porque ahí además de perder yo el equilibrio no me encuentro en un sitio que sea estable, así que no ayuda. Asomarme a una ventana de un piso alto no es un problema porque me agarro a algo y me estabilizo, pero a veces subirse a una silla puede ser un problema. Lo peor es que es aleatorio, sigo sin saber qué desencadena exactamente la pérdida de equilibrio, así que tengo tendencia a que mi ansia por ir a sitios altos gane, subir, y luego sufrir la mitad de las veces, teniendo que apoyarme contra algo porque todo se mueve. Esto no era compatible con la ruta, en principio.

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Vistas desde el primer tramo de la ruta. Esta parte era la que me parecía fácil y hizo que me lanzase (foto propia).

El primer tramo fue sencillo. Toda la preocupación era no sentar el culo en la nieve. Llegamos a una pequeña caseta que marcaba más o menos la mitad del camino, y ahí cometimos nuestro segundo error (el primero había sido empezar casi a las 12 de la mañana a andar). Desde la caseta no veíamos por donde seguía el camino, pero veíamos una pista que tenía un cartel grande de “pista cerrada, peligro, no pasar”. Vimos que un chico que iba delante se había metido por allí, y vimos que había más pisadas, así que nos metimos.

El siguiente tramo fue duro. La pista estaba cerrada por algo. Había demasiada nieve para ir por las rocas y muy poca para ir por la nieve. Nos pasamos los siguientes 40 minutos alternando entre 10 pasos en nieve irregular con demasiado hielo y 10 pasos trepando por rocas. Las vistas eran flipantes, incluyendo la vista de la hostia que nos podíamos meter. Yo miraba aunque sabía que en cualquier momento podría aparecer mi vértigo y complicarlo todo, no ocurrió. Lo que más sensación de peligro daba era escuchar caer rocas en la lejanía por encima de donde estábamos nosotros. Bueno, eso y la avalancha que escuchamos, que creo que fue lo que hizo que acelerásemos. Con todo, llegamos a la Hütte.

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Desde abajo se puede ver el camino que seguimos… pasar por las piedras era lo peor (foto propia)

En Britannia cometimos el siguiente error, que fue no parar a comer. Y el siguiente, que fue decidir seguir por otro camino (si es que estamos mal de la cabeza…). Cuando bajábamos de Britannia por el glaciar nos encontramos a dos americanas que estaban sufriendo bastante para subir, y nos señalaron desde allí el camino por el que en teoría deberíamos haber ido nosotros… eso sí parecía mucho más asequible!

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Panorámica en la que se ve el pico que rodeamos para acceder a Britannia, que se ve ahí pequeñita. Para habernos matao… (foto propia)

En el proceso de bajada nos encontramos con otra americana más, concretamente la americana me encontró a mi, ya que ella sí resbaló en la nieve y cayó varios metros hasta tirarme a mi al suelo. Lo que me pregunto es dónde habría acabado la mujer si yo no la hubiese frenado. Lo que me hizo gracia fue que lo único que me dijo es que ella “cogía el atajo”.

En el momento en el que tuvimos que decidir, nos quedaba una hora y pico de camino de vuelta a Felskinn o dos horas a Plattjen, otra estación de teleférico. Como nos podía el espíritu aventurero, decidimos probar el camino nuevo. A la ida habíamos tardado sólo 10 minutos más de lo indicado pese a haber ido haciendo el cabra por las rocas, así que las dos horas debían ser más o menos realistas. Teníamos unas dos horas y media hasta el último teleférico de bajada. Por eso había sido un error empezar tan tarde.

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Este tramo del camino estaba marcado como dificultad media. Imaginad ahora lo que es difícil (foto prestada).

Mientras que el camino desde Felskinn hasta Britannia había sido principalmente por glaciares y en zonas con bastante pendiente, la vuelta hacia Plattjen era… diferente. Dejamos pronto la nieve atrás, y empezamos a pasar por un montón de caminos con pequeñas subidas y bajadas de esas que rompen piernas pero que hacen que el desnivel general quede a cero. La primera bajada de una colina era de esas en las que tienes tu caminito y precipicio a ambos lados. Iba sufriendo un poco para mantener el equilibrio, pero me tranquilizaba ver que después el camino iba pegado a una pared (con caída vertical, pero pegado a una pared al fin y al cabo).

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Aquí podéis ver que el camino pegado a la pared era muy tranquilizador. Por suerte nosotros no teníamos niebla y sí podíamos ver la caída (foto prestada).

Una vez que llegamos a la pared, la ilusión me duró poco, al ver que el camino se estrechaba y que alguien lo consideraba suficientemente peligroso como para poner cuerdas a las que agarrarte en la pared. Sorprendentemente, pasé sin mayor problema. Mientras me agarraba a la cuerda miraba hacia el precipicio, más o menos a la vez que escuchaba un “ni se te ocurra mirar para abajo!”. Demasiado tarde. Eso sí, ahora sé que agarrarme a una cuerda en un precipicio inexplicablemente no me da vértigo.

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Oh, sin la señal no sé qué habría hecho… igual me lanzaba al vacío en lugar de agarrarme a esa cuerda que inspira tanta seguridad. Recordemos: no había niebla (foto prestada).

La parte más dura fue quizá la última media hora. No sabíamos qué distancia quedaba, era bastante tarde y el camino había desaparecido. Lo único que hacíamos era pasar entre rocas, de las cuales la mitad se doblaban. Yo ya estaba bastante cansada y mis rodillas no respondían como debían, así que entre tanta piedra moviéndose tuve que doblar muchas veces la espalda, echar las manos a otras piedras y ayudarme para pasar, lo que supongo que nos hacía ir más despacio, pero a esas alturas no podía arriesgarme a que la rodilla fallase al moverse una piedra y me rompiese algo: recordemos que estábamos a 3000 metros de altura, el precipicio era más que considerable y si no llegábamos al último teleférico la bajada podría ser de más de cuatro horas. Por otra parte a esas alturas sí tenía hambre y sed, pero si parábamos no llegábamos ni de milagro, así que hubo que seguir.

Llegamos al teleférico y todavía nos sobraban 15 minutos. Un señor nos gritaba que subiésemos ya (supongo que quería irse a su casa). Después de bajar nos fuimos directos a casa: comimos, nos duchamos, y hasta decidimos salir a tomar una cerveza para concluir la hazaña. Eso sí, esa noche cenamos en casa y nos fuimos a dormir pronto. Algo nos decía que al día siguiente nos iba a doler todo.

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Por la noche, desde la terraza, pude hacer esta foto el pico que rodeamos. Se ve impresionante… (foto propia)

La conclusión del día: el momento en el que sufrí más vértigo fue en el teleférico. Mi cuerpo me putea, no hay otra explicación.

Cosas que sabía antes pero decidí ignorar:

  • A hacer esto hay que salir pronto
  • Hay que seguir las señales y no ir en modo suicida
  • Si hay un refugio, la idea es que pares allí
  • Es importante comer
  • Es todavía más importante beber
  • Una ruta difícil al día es suficiente, no era necesario probar dos
  • Nunca, jamás, hagas algo sin ir sobrada de tiempo

Nota: las fotos prestadas salen de aquí (ellos por suerte tenían más nieve, es lo que tiene el cambio climático)

La perla de los Alpes: la llegada (1/4)

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Supongo que la mayor parte de los que hayáis llegado aquí sabréis que he pasado unos días en la montaña. Como he visto cierto interés en el viaje, voy a contar un poco lo que hemos hecho durante los cuatro días que hemos estado allí.

El destino que elegimos fue Saas-Fee, un pueblo conocido como la perla de los Alpes. Es un destino claramente vacacional, en la que prácticamente sólo hay apartamentos turísticos. En invierno se llena de esquiadores, y en verano la cosa es más variada: gente que pretende hacer senderismo, alpinismo o escalada… y también gente que nadie tiene muy claro qué hacen allí más allá de ver el paisaje desde su apartamento. Es el pueblo principal del valle de Saas, y muy cerca se encuentran Saas-Grund, Saas-Balen y Saas-Almagell.

Nosotros elegimos un apartamento pequeño, en el que teníamos nuestra propia cocina. Elegimos Saas-Fee por ser más grande y tener más posibilidades de comprar allí sin tener que ir a otro pueblo, pero a estas alturas diría que en cualquiera de ellos no habría ningún problema, aunque cierto es que hay muchos más restaurantes y más supermercados.

De Berna cogimos un tren a Visp y en Visp un autobús a Saas-Fee. En total, tardamos unas dos horas. Saas-Fee es un pueblo libre de coches, así que en todo hotel/residencia tienen una especie de carrito/coche eléctrico para ir a recogerte al parking a la salida del pueblo. Como nosotros íbamos sólo con mochila y en transporte público, sorprendimos a nuestra hospedadora apareciendo directamente en la casa. Nos enseñó la casa, le pagamos (ya habíamos pagado una señal antes), y nos fuimos a comprar provisiones y ojear el pueblo.

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Las vistas desde nuestro apartamento

Más allá del supermercado, nuestra primera parada fue la oficina de turismo, que fue la mayor pérdida de tiempo del viaje. Intentaron vendernos un mapa en el que no se veía nada por 4 francos, y nos contó las rutas a nivel “esta la puede hacer cualquiera” o “en esta con llevar botas llega”. Le pregunté por el nivel al que estaban clasificadas y dijo que no lo estaban, sabiendo yo perfectamente que hasta el último sendero suizo está clasificado.

La clasificación de senderos suiza se divide en cinco (teóricamente 6) niveles:

  • T1: caminito que cualquiera puede hacer
  • T2: sendero de monte
  • T3: sendero de monte en el que ya sudas
  • T4: con suerte ves el camino, vas haciendo el cabra de piedra en piedra, te tienes que agarrar más de una vez, vas por un precipicio en el que si te resvala un pie no lo cuentas.
  • T5: lo anterior, sudando más, ya ni sabes si estás siguiendo el camino o no, la mitad del tiempo vas reptando porque no hay cojones de ponerse de pie. Te preguntas por qué no has llevado “por si acaso” una cuerda de escalada.

Como esta clasificación es poco intuitiva lo que hacen es poner señales de diferentes colores:

  • Señal amarilla: ruta T1, la dificultad se limita al tiempo. A partir de ahora llamaremos a estas rutas “fáciles”.
  • Señal amarilla con punta “blanca-roja-blanca”: rutas T2 o T3. Ni se te ocurra ir sin botas de montaña porque igual te la pegas, aunque normalmente se limita a un resbalón. Bastones de senderismo útiles. Vamos a llamar a estas rutas “moderadas”.
  • Señal azul, con punta “blanca-azul-blanca”: rutas T4 o T5. No lo hagas si tienes vértigo. No lo hagas si no estás en forma. Igual, lo mejor, no lo hagas. Vamos a llamar a estas rutas “difíciles”.

Ahora, para que os situéis, la ruta que la de la oficina de turismo nos dijo que “bah, con botas ya”, resultaba tener una señal azul.

Otra cosa destacable es no fiarse, nunca, jamás, de la gente que véis en el camino, o que dice haber hecho una ruta. En un camino azul (recordemos, difícil), os podéis encontrar niños saltando de piedra en piedra como cabras, o ancianos a los que no les cae una gota de sudor. No os fiéis. Especialmente si parecen suizos. Porque esta gente ha crecido ahí y realmente son como cabras. Cada persona debe ir a su ritmo, y eso es lo que hace la ruta accesible a más gente. Pero hay que saber ir subiendo poco a poco de nivel y no ir a saco a algo más difícil porque “Fulanito lo hizo con los niños”, que uno puede estar en forma para otras cosas y no aguantar la montaña.

Pasada esta introducción, entramos en la primera excursión. Como ya se nos hacía tarde nos subimos casi con el último teleférico a Hannig. Saas-Fee está a 1800 m y Hannig a 2300. En la estación superior hay un restaurante y un parque infantil en el que nos recibieron unas cuantas cabras, incluyendo una que decidió acercarse para que le rascase la cabeza y las orejas. Supongo que la pobre pensaba que le daría algo de comer…

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Las vistas desde la estación de Hannig

En Hannig pudimos elegir entre una ruta fácil y una moderada, y optamos por la moderada. El paseo nos llevó casi dos horas hasta volver a nuestro apartamento (la ruta sería hora y media). El camino, quitando alguna leve subida, era durante la primera mitad relativamente plano, con una bajada para cruzar uno de los ríos que bajaban de uno de los glaciares y su posterior remonte a la siguiente colina. Desde la colina el camino era un zig zag continuo hasta llegar al nivel de Saas-Fee.

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Antes había un glaciar… y ahora ya no. Esta es la vista “hacia arriba”. Mirad la siguiente foto.
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Esta foto está tomada en el mismo punto que la anterior, pero mirando hacia abajo. Nótese la gran seguridad que da la cuerda del puente desde el que saqué la foto.
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También nos encontramos bichos interesantes. La foto está movida porque yo hacía equilibrios para no caer por el precipicio ni aplastar al bicho.

Para la noche consideramos que nos habíamos merecido el descanso y salimos a cenar a uno de los múltiples restaurantes locales en el que optamos por lo que es quizá el plato más tradicional: una bratwurst con rösti y salsa de cebolla. Os aseguro que es uno de mis platos preferidos en este país.

De vuelta al apartamento disfrutamos del anochecer en los Alpes y una vez que había oscurecido lo suficiente pudimos observar como la falta de contaminación permitía ver perfectamente un montón de estrellas, incluso seguir sin ningún problema la Vía Láctea y, dadas las fechas, disfrutar de las Perseidas.

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Anochecer desde nuestro balcón. Sólo por esto pagaría lo que fuese por volver.

Con las estrellas fugaces nos fuimos a dormir. No lo sabíamos pero el día que nos esperaba el sábado iba a ser duro. Pero para eso tendréis que esperar… prometo volver pronto a contar nuestro segundo día en Saas-Fee.

La basura suiza

El tema de la basura es muy delicado en Suiza. La mayor parte de los españoles que me lean estarán poniendo una cara rara. Me refiero al reciclaje. Ahora supongo que se les ha relajado la cara diciendo que en España también se recicla. No tenéis ni idea… aquí hace falta casi un máster para no meter la pata.

El caso es que tú llegas y finalmente tienes un sitio en el que caer muerto. Es probable que caigas en el error de comprar bolsas de basura normales en un supermercado, pero entonces te darás cuenta de un detalle: en la calle no hay contenedores. En ningún sitio. Al cabo de un par de días observarás que por la noche van apareciendo como setas unas bolsas en las aceras, todas iguales… que no se parecen a lo que tú has comprado.

En Suiza no se paga un impuesto por la basura como en España. El impuesto va en las bolsas. La basura “normal” (más tarde explicaré qué entra en este apartado) debe recogerla cada uno en su casa y sacarla a la calle exclusivamente en el momento designado y siempre dentro de la bolsa reglamentaria. En mi caso (no sé cuales son los precios en otros sitios), una bolsa de 35 l (una normal, vaya) cuesta 1.5 francos. Se compran en el supermercado, sí, pero hay que pedirlas en la caja. Las bolsas que se encuentran con las cosas de limpieza no valen para este fin. Eso sí, he de decir que las bolsas son muy resistentes y que aguantan muy bien el peso. Porque al precio que tiene la bolsa, intentas aprovecharla.

En mi caso los días designados son lunes y jueves, y pasan a recoger sobre las siete de la mañana. Está muy mal visto que saques la bolsa muy pronto el día anterior, así que es normal ver la procesión de gente al caer el sol. Eso sí, la bolsa la dejas de cualquier manera en la acera, y a la mañana siguiente la recogen y punto. En ningún momento aparece un contenedor. Ah, y si es festivo no recogen, por lo que tienes que aguantarte una semana con la basura en casa. Ni os cuento el drama cuando (al principio) se te olvida qué día es, no sacas la bolsa a tiempo, el siguiente turno es festivo, y tú llevas con una bolsa en casa desde hace ya 10 días.

El caso es que la bolsa no la llenas, porque una vez clasificada la basura, en esa bolsa va el “resto” y como pagas una pasta, pues te ocupas de seleccionar al máximo todo lo que puedes reciclar. A su vez, esto genera que desarrolles un sistema de almacenaje paralelo para todo lo que no va ahí. Y que la bolsa cada vez te dure más. Y que entonces entiendas que el cubo vaya en un cubículo especial con un sistema de ventilación y eliminación de olores.

Vamos a ver lo que no va en la bolsa. Que no es poco:

Papel: tienes que hacer una pila con el papel (incluyendo los dichosos periódicos gratuitos que insisten en meterte en el buzón) y atarlo con un cordel. El atadillo tienes que desplazarlo a la calle (sin que se desmonte) y depositarlo al igual que tu bolsa. En mi caso el papel se recoge una vez cada 15 días, los miércoles. En Berna tenemos la suerte de poder poner papel y cartón en el mismo atadillo, cosa que no pasa en otros sitios.

Vidrio: te ocupas de recoger todas tus botellas y botes y te desplazas a un punto de recogida. En algunos sitios existen contenedores subterráneos (ahí también suele haber para papel), pero lo normal es buscar alguna zona apartada en la que haya una especie de mini estación de reciclaje con todos los contenedores a la vista. En ese momento empieza el baile, porque hay contenedor para vidrio blanco (o sea, transparente), verde y marrón. Parece sencillo, pero con alguna botella me he quedado bastante rato pensando en cual debería meterla. ¿Y las botellas azules? ¿Eh? Resulta que el azul va al verde…

Plástico: los envases de bebidas van a un contenedor, los de productos de limpieza y cosméticos a otro (son de un plástico diferente…). La mayor parte de supermercados grandes tienen contenedores de recogida de envases de plástico.

Pilas: como en España, a un contenedor especial. Fácilmente localizable en supermercados.

Bombillas: contenedor especial en algunos supermercados.

Aluminio: las latas de conservas o bebidas tienen también su propio contenedor.

Residuos verdes: entiéndase aquí cuando podas una planta, o recoges hojas de tu jardín. Esto va a un contenedor, que previamente tienes que solicitar para tu edificio. En este contenedor también puedes incluir restos orgánicos de comida, pero jamás restos de ninguna otra cosa. Se recoge una vez a la semana. Ah, y en enero hay una recogida especial de árboles de navidad.

Compost: no me voy a poner a detallar lo que ellos consideran que es bueno para hacer compost o no, pero que las cosas que sí valen las puedes poner en el compostador más cercano (en tu jardín o en el común del vecindario). Si no tienes compostador, puedes pedirlo y te lo dan.

Ropa: por supuesto, hay contenedores especiales para ropa, pero se encuentran siempre en el extremo opuesto a cualquier otro contenedor, para facilitarte que te mantengas en forma.

Muebles, electrodomésticos, cerámica, bicis y “cualquier cosa que parezca poco recomendable meter en una bolsa”: esto va directamente al punto limpio. Puedes llamar y te recogen las cosas, pero dado el complejo sistema de horarios, es probable que prefieras desplazarte. La parte buena es que suelen estar bien localizados para que realmente puedas ir, y además allí tienen contenedores de todo, por si hay algo que no sepas dónde tirar.

Y para las dudas, una fantástica web y una aplicación para el móvil, no vayas a no tener claro qué hacer! Además a principios de año te dejan en el buzón un calendario (que tienes que tirar en el atadillo de papel) con todas las fechas.

Lo dicho, un máster…