La perla de los Alpes: un día suave (3/4)

Como el día anterior había sido duro, el domingo decidimos tomarlo con calma, ver algunos sitios que nos habían recomendado y descansar las piernas. La verdad es que no estábamos tan reventados como esperábamos, pero tampoco como para repetir.

Por la mañana nos bajamos de Saas-Fee a Saas-Grund por una pequeña ruta que recorre una serie de capillas (Kapellenweg), a modo de Via Crucis, por llamarlo de algún modo.

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Cada capilla del Kapellenweg está dedicada a un momento de la vida de Jesús

Nosotros hicimos el camino hacia abajo, que fueron unos 40 minutos. Una vez en Saas-Grund nos dirigimos a la estación del teleférico, y desde allí subimos a Kreuzboden. En Kreuzboden se puede observar cómo reutilizar una estación de esquí en verano a la perfección. Allí había rutas de senderismo para todos los públicos, un parque infantil, una ruta “saludable”, tumbonas, una pequeña laguna… El sitio ideal para pasar un rato de relax. Caminamos un poco por la zona y decidimos seguir subiendo hasta Hohsaas, a unos 3150 metros.

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Vistas de Saas-Grund desde Kreuzboden
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Vistas desde Hohsaas, misma orientación que la foto anterior

Aunque estábamos tentados a empezar una ruta por las zonas altas, las nubes de tormenta nos quitaron rápidamente las ganas, y volvimos a Saas-Grund. Desde allí cogimos un autobús con el que pretendíamos ir a Mattmark pero en nuestro camino decidimos bajarnos y hacer el paseo del río caminando, primero de la parada en medio de la nada hasta Saas-Almagell y de allí a Saas-Grund. La razón fundamental del cambio era la posibilidad, en caso de lluvia, de cruzar al otro lado del río y llegar rápido a una parada de autobús. Finalmente no nos hizo falta, y nos cayeron las primeras gotas cuando ya estábamos llegando a casa.

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En nuestro paseo al borde del río pudimos observar una vez más la potencia del agua de las montañas
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En Saas-Almagell nos encontramos con esta familia feliz

Al llegar a Saas-Fee se nos echó la tormenta muy encima, lo que nos retuvo un buen rato dentro de casa. Por suerte nos dio una tregua y pudimos salir a cenar a un restaurante italiano para acabar el día.

Sólo nos quedaba un día más y la cantidad de tormentas que se acercaban no iban a darnos mucha tregua. Pero eso os lo cuento en la siguiente entrega!

La perla de los Alpes: “por la azul” (2/4)

Os estaréis preguntando a qué viene el título, pero si habéis leído el post anterior recordaréis la clasificación por colores de las rutas. De ahí el nombre, que es lo que mejor describe nuestro segundo día en Saas-Fee.

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Vistas desde Mittelallalin. A 3500 metros (foto propia)

No nos levantamos excesivamente temprano, y no teníamos muy claro lo que íbamos a hacer. Nos fuimos camino del teleférico para subir a Felskinn, desde donde podíamos coger el Metro Alpin para subir a Mittelallalin. Felskinn se encuentra a unos 3000 metros, y la subida por el túnel te deja a unos 3500. Mittelallalin es una estación en la cara norte del Allalinhorn, y se caracteriza por tener el restaurante giratorio más alto del mundo. Nosotros en el restaurante no entramos, pero sí aprovechamos la terraza para disfrutar de las vistas.

Bajo la estación se encuentra el Eispavillion. Tras bajar unas cuantas escaleras (y unos cuantos grados, no veáis qué frío hacía allí), pudimos disfrutar de unas cuantas esculturas hechas en hielo, del placer de pasear por cuevas dentro de un glaciar, información sobre escalada en hielo y una simulación de una avalancha (con los gritos asociados de todo el mundo que probaba la simulación). La entrada al Eispavillion va incluida en el ticket del Metro Alpin, que si tienes la tarjeta de transporte de Saas-Fee (que se da a todo el mundo que hace noche allí) cuesta 36 francos por persona. Eso sí, puedes subir todas las veces que quieras durante tu estancia.

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Pingüinos en el Eispavillion. No sé si he dicho que hacía frío! (foto propia)

Volvimos a bajar a Felskinn y valoramos la opción de empezar una ruta T4. Una ruta marcada como blanco-azul-blanco. La verdad es que por una parte el cartel me quitaba las ganas, pero por otra parte ver el primer tramo y la cantidad de gente que iba me hizo pensar que yo podía. Era cosa de hora y media hasta el refugio de Britannia (Britanniahütte) y no podía ser tan horrible. Así que allá fuimos.

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Este es el cartel que nos encontramos en Felskinn, todo muy tranquilizador

Tengamos en cuenta algo: yo tengo vértigo. No me dan miedo las alturas, tengo vértigo. Cuando estoy en un sitio alto me encanta mirar abajo. Me encanta subirme a sitios altos, pero tengo vértigo. De forma un poco aleatoria, cuando me subo a algo, tengo vértigos… que quiere decir que todo empieza a moverse y pierdo el equilibrio. Y sí, puedo caerme, aunque esté en un sitio muy estable. Entre otras cosas el vértigo me hace sufrir bastante cuando me subo a un teleférico porque ahí además de perder yo el equilibrio no me encuentro en un sitio que sea estable, así que no ayuda. Asomarme a una ventana de un piso alto no es un problema porque me agarro a algo y me estabilizo, pero a veces subirse a una silla puede ser un problema. Lo peor es que es aleatorio, sigo sin saber qué desencadena exactamente la pérdida de equilibrio, así que tengo tendencia a que mi ansia por ir a sitios altos gane, subir, y luego sufrir la mitad de las veces, teniendo que apoyarme contra algo porque todo se mueve. Esto no era compatible con la ruta, en principio.

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Vistas desde el primer tramo de la ruta. Esta parte era la que me parecía fácil y hizo que me lanzase (foto propia).

El primer tramo fue sencillo. Toda la preocupación era no sentar el culo en la nieve. Llegamos a una pequeña caseta que marcaba más o menos la mitad del camino, y ahí cometimos nuestro segundo error (el primero había sido empezar casi a las 12 de la mañana a andar). Desde la caseta no veíamos por donde seguía el camino, pero veíamos una pista que tenía un cartel grande de “pista cerrada, peligro, no pasar”. Vimos que un chico que iba delante se había metido por allí, y vimos que había más pisadas, así que nos metimos.

El siguiente tramo fue duro. La pista estaba cerrada por algo. Había demasiada nieve para ir por las rocas y muy poca para ir por la nieve. Nos pasamos los siguientes 40 minutos alternando entre 10 pasos en nieve irregular con demasiado hielo y 10 pasos trepando por rocas. Las vistas eran flipantes, incluyendo la vista de la hostia que nos podíamos meter. Yo miraba aunque sabía que en cualquier momento podría aparecer mi vértigo y complicarlo todo, no ocurrió. Lo que más sensación de peligro daba era escuchar caer rocas en la lejanía por encima de donde estábamos nosotros. Bueno, eso y la avalancha que escuchamos, que creo que fue lo que hizo que acelerásemos. Con todo, llegamos a la Hütte.

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Desde abajo se puede ver el camino que seguimos… pasar por las piedras era lo peor (foto propia)

En Britannia cometimos el siguiente error, que fue no parar a comer. Y el siguiente, que fue decidir seguir por otro camino (si es que estamos mal de la cabeza…). Cuando bajábamos de Britannia por el glaciar nos encontramos a dos americanas que estaban sufriendo bastante para subir, y nos señalaron desde allí el camino por el que en teoría deberíamos haber ido nosotros… eso sí parecía mucho más asequible!

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Panorámica en la que se ve el pico que rodeamos para acceder a Britannia, que se ve ahí pequeñita. Para habernos matao… (foto propia)

En el proceso de bajada nos encontramos con otra americana más, concretamente la americana me encontró a mi, ya que ella sí resbaló en la nieve y cayó varios metros hasta tirarme a mi al suelo. Lo que me pregunto es dónde habría acabado la mujer si yo no la hubiese frenado. Lo que me hizo gracia fue que lo único que me dijo es que ella “cogía el atajo”.

En el momento en el que tuvimos que decidir, nos quedaba una hora y pico de camino de vuelta a Felskinn o dos horas a Plattjen, otra estación de teleférico. Como nos podía el espíritu aventurero, decidimos probar el camino nuevo. A la ida habíamos tardado sólo 10 minutos más de lo indicado pese a haber ido haciendo el cabra por las rocas, así que las dos horas debían ser más o menos realistas. Teníamos unas dos horas y media hasta el último teleférico de bajada. Por eso había sido un error empezar tan tarde.

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Este tramo del camino estaba marcado como dificultad media. Imaginad ahora lo que es difícil (foto prestada).

Mientras que el camino desde Felskinn hasta Britannia había sido principalmente por glaciares y en zonas con bastante pendiente, la vuelta hacia Plattjen era… diferente. Dejamos pronto la nieve atrás, y empezamos a pasar por un montón de caminos con pequeñas subidas y bajadas de esas que rompen piernas pero que hacen que el desnivel general quede a cero. La primera bajada de una colina era de esas en las que tienes tu caminito y precipicio a ambos lados. Iba sufriendo un poco para mantener el equilibrio, pero me tranquilizaba ver que después el camino iba pegado a una pared (con caída vertical, pero pegado a una pared al fin y al cabo).

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Aquí podéis ver que el camino pegado a la pared era muy tranquilizador. Por suerte nosotros no teníamos niebla y sí podíamos ver la caída (foto prestada).

Una vez que llegamos a la pared, la ilusión me duró poco, al ver que el camino se estrechaba y que alguien lo consideraba suficientemente peligroso como para poner cuerdas a las que agarrarte en la pared. Sorprendentemente, pasé sin mayor problema. Mientras me agarraba a la cuerda miraba hacia el precipicio, más o menos a la vez que escuchaba un “ni se te ocurra mirar para abajo!”. Demasiado tarde. Eso sí, ahora sé que agarrarme a una cuerda en un precipicio inexplicablemente no me da vértigo.

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Oh, sin la señal no sé qué habría hecho… igual me lanzaba al vacío en lugar de agarrarme a esa cuerda que inspira tanta seguridad. Recordemos: no había niebla (foto prestada).

La parte más dura fue quizá la última media hora. No sabíamos qué distancia quedaba, era bastante tarde y el camino había desaparecido. Lo único que hacíamos era pasar entre rocas, de las cuales la mitad se doblaban. Yo ya estaba bastante cansada y mis rodillas no respondían como debían, así que entre tanta piedra moviéndose tuve que doblar muchas veces la espalda, echar las manos a otras piedras y ayudarme para pasar, lo que supongo que nos hacía ir más despacio, pero a esas alturas no podía arriesgarme a que la rodilla fallase al moverse una piedra y me rompiese algo: recordemos que estábamos a 3000 metros de altura, el precipicio era más que considerable y si no llegábamos al último teleférico la bajada podría ser de más de cuatro horas. Por otra parte a esas alturas sí tenía hambre y sed, pero si parábamos no llegábamos ni de milagro, así que hubo que seguir.

Llegamos al teleférico y todavía nos sobraban 15 minutos. Un señor nos gritaba que subiésemos ya (supongo que quería irse a su casa). Después de bajar nos fuimos directos a casa: comimos, nos duchamos, y hasta decidimos salir a tomar una cerveza para concluir la hazaña. Eso sí, esa noche cenamos en casa y nos fuimos a dormir pronto. Algo nos decía que al día siguiente nos iba a doler todo.

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Por la noche, desde la terraza, pude hacer esta foto el pico que rodeamos. Se ve impresionante… (foto propia)

La conclusión del día: el momento en el que sufrí más vértigo fue en el teleférico. Mi cuerpo me putea, no hay otra explicación.

Cosas que sabía antes pero decidí ignorar:

  • A hacer esto hay que salir pronto
  • Hay que seguir las señales y no ir en modo suicida
  • Si hay un refugio, la idea es que pares allí
  • Es importante comer
  • Es todavía más importante beber
  • Una ruta difícil al día es suficiente, no era necesario probar dos
  • Nunca, jamás, hagas algo sin ir sobrada de tiempo

Nota: las fotos prestadas salen de aquí (ellos por suerte tenían más nieve, es lo que tiene el cambio climático)

La perla de los Alpes: la llegada (1/4)

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Supongo que la mayor parte de los que hayáis llegado aquí sabréis que he pasado unos días en la montaña. Como he visto cierto interés en el viaje, voy a contar un poco lo que hemos hecho durante los cuatro días que hemos estado allí.

El destino que elegimos fue Saas-Fee, un pueblo conocido como la perla de los Alpes. Es un destino claramente vacacional, en la que prácticamente sólo hay apartamentos turísticos. En invierno se llena de esquiadores, y en verano la cosa es más variada: gente que pretende hacer senderismo, alpinismo o escalada… y también gente que nadie tiene muy claro qué hacen allí más allá de ver el paisaje desde su apartamento. Es el pueblo principal del valle de Saas, y muy cerca se encuentran Saas-Grund, Saas-Balen y Saas-Almagell.

Nosotros elegimos un apartamento pequeño, en el que teníamos nuestra propia cocina. Elegimos Saas-Fee por ser más grande y tener más posibilidades de comprar allí sin tener que ir a otro pueblo, pero a estas alturas diría que en cualquiera de ellos no habría ningún problema, aunque cierto es que hay muchos más restaurantes y más supermercados.

De Berna cogimos un tren a Visp y en Visp un autobús a Saas-Fee. En total, tardamos unas dos horas. Saas-Fee es un pueblo libre de coches, así que en todo hotel/residencia tienen una especie de carrito/coche eléctrico para ir a recogerte al parking a la salida del pueblo. Como nosotros íbamos sólo con mochila y en transporte público, sorprendimos a nuestra hospedadora apareciendo directamente en la casa. Nos enseñó la casa, le pagamos (ya habíamos pagado una señal antes), y nos fuimos a comprar provisiones y ojear el pueblo.

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Las vistas desde nuestro apartamento

Más allá del supermercado, nuestra primera parada fue la oficina de turismo, que fue la mayor pérdida de tiempo del viaje. Intentaron vendernos un mapa en el que no se veía nada por 4 francos, y nos contó las rutas a nivel “esta la puede hacer cualquiera” o “en esta con llevar botas llega”. Le pregunté por el nivel al que estaban clasificadas y dijo que no lo estaban, sabiendo yo perfectamente que hasta el último sendero suizo está clasificado.

La clasificación de senderos suiza se divide en cinco (teóricamente 6) niveles:

  • T1: caminito que cualquiera puede hacer
  • T2: sendero de monte
  • T3: sendero de monte en el que ya sudas
  • T4: con suerte ves el camino, vas haciendo el cabra de piedra en piedra, te tienes que agarrar más de una vez, vas por un precipicio en el que si te resvala un pie no lo cuentas.
  • T5: lo anterior, sudando más, ya ni sabes si estás siguiendo el camino o no, la mitad del tiempo vas reptando porque no hay cojones de ponerse de pie. Te preguntas por qué no has llevado “por si acaso” una cuerda de escalada.

Como esta clasificación es poco intuitiva lo que hacen es poner señales de diferentes colores:

  • Señal amarilla: ruta T1, la dificultad se limita al tiempo. A partir de ahora llamaremos a estas rutas “fáciles”.
  • Señal amarilla con punta “blanca-roja-blanca”: rutas T2 o T3. Ni se te ocurra ir sin botas de montaña porque igual te la pegas, aunque normalmente se limita a un resbalón. Bastones de senderismo útiles. Vamos a llamar a estas rutas “moderadas”.
  • Señal azul, con punta “blanca-azul-blanca”: rutas T4 o T5. No lo hagas si tienes vértigo. No lo hagas si no estás en forma. Igual, lo mejor, no lo hagas. Vamos a llamar a estas rutas “difíciles”.

Ahora, para que os situéis, la ruta que la de la oficina de turismo nos dijo que “bah, con botas ya”, resultaba tener una señal azul.

Otra cosa destacable es no fiarse, nunca, jamás, de la gente que véis en el camino, o que dice haber hecho una ruta. En un camino azul (recordemos, difícil), os podéis encontrar niños saltando de piedra en piedra como cabras, o ancianos a los que no les cae una gota de sudor. No os fiéis. Especialmente si parecen suizos. Porque esta gente ha crecido ahí y realmente son como cabras. Cada persona debe ir a su ritmo, y eso es lo que hace la ruta accesible a más gente. Pero hay que saber ir subiendo poco a poco de nivel y no ir a saco a algo más difícil porque “Fulanito lo hizo con los niños”, que uno puede estar en forma para otras cosas y no aguantar la montaña.

Pasada esta introducción, entramos en la primera excursión. Como ya se nos hacía tarde nos subimos casi con el último teleférico a Hannig. Saas-Fee está a 1800 m y Hannig a 2300. En la estación superior hay un restaurante y un parque infantil en el que nos recibieron unas cuantas cabras, incluyendo una que decidió acercarse para que le rascase la cabeza y las orejas. Supongo que la pobre pensaba que le daría algo de comer…

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Las vistas desde la estación de Hannig

En Hannig pudimos elegir entre una ruta fácil y una moderada, y optamos por la moderada. El paseo nos llevó casi dos horas hasta volver a nuestro apartamento (la ruta sería hora y media). El camino, quitando alguna leve subida, era durante la primera mitad relativamente plano, con una bajada para cruzar uno de los ríos que bajaban de uno de los glaciares y su posterior remonte a la siguiente colina. Desde la colina el camino era un zig zag continuo hasta llegar al nivel de Saas-Fee.

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Antes había un glaciar… y ahora ya no. Esta es la vista “hacia arriba”. Mirad la siguiente foto.
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Esta foto está tomada en el mismo punto que la anterior, pero mirando hacia abajo. Nótese la gran seguridad que da la cuerda del puente desde el que saqué la foto.
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También nos encontramos bichos interesantes. La foto está movida porque yo hacía equilibrios para no caer por el precipicio ni aplastar al bicho.

Para la noche consideramos que nos habíamos merecido el descanso y salimos a cenar a uno de los múltiples restaurantes locales en el que optamos por lo que es quizá el plato más tradicional: una bratwurst con rösti y salsa de cebolla. Os aseguro que es uno de mis platos preferidos en este país.

De vuelta al apartamento disfrutamos del anochecer en los Alpes y una vez que había oscurecido lo suficiente pudimos observar como la falta de contaminación permitía ver perfectamente un montón de estrellas, incluso seguir sin ningún problema la Vía Láctea y, dadas las fechas, disfrutar de las Perseidas.

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Anochecer desde nuestro balcón. Sólo por esto pagaría lo que fuese por volver.

Con las estrellas fugaces nos fuimos a dormir. No lo sabíamos pero el día que nos esperaba el sábado iba a ser duro. Pero para eso tendréis que esperar… prometo volver pronto a contar nuestro segundo día en Saas-Fee.

La basura suiza

El tema de la basura es muy delicado en Suiza. La mayor parte de los españoles que me lean estarán poniendo una cara rara. Me refiero al reciclaje. Ahora supongo que se les ha relajado la cara diciendo que en España también se recicla. No tenéis ni idea… aquí hace falta casi un máster para no meter la pata.

El caso es que tú llegas y finalmente tienes un sitio en el que caer muerto. Es probable que caigas en el error de comprar bolsas de basura normales en un supermercado, pero entonces te darás cuenta de un detalle: en la calle no hay contenedores. En ningún sitio. Al cabo de un par de días observarás que por la noche van apareciendo como setas unas bolsas en las aceras, todas iguales… que no se parecen a lo que tú has comprado.

En Suiza no se paga un impuesto por la basura como en España. El impuesto va en las bolsas. La basura “normal” (más tarde explicaré qué entra en este apartado) debe recogerla cada uno en su casa y sacarla a la calle exclusivamente en el momento designado y siempre dentro de la bolsa reglamentaria. En mi caso (no sé cuales son los precios en otros sitios), una bolsa de 35 l (una normal, vaya) cuesta 1.5 francos. Se compran en el supermercado, sí, pero hay que pedirlas en la caja. Las bolsas que se encuentran con las cosas de limpieza no valen para este fin. Eso sí, he de decir que las bolsas son muy resistentes y que aguantan muy bien el peso. Porque al precio que tiene la bolsa, intentas aprovecharla.

En mi caso los días designados son lunes y jueves, y pasan a recoger sobre las siete de la mañana. Está muy mal visto que saques la bolsa muy pronto el día anterior, así que es normal ver la procesión de gente al caer el sol. Eso sí, la bolsa la dejas de cualquier manera en la acera, y a la mañana siguiente la recogen y punto. En ningún momento aparece un contenedor. Ah, y si es festivo no recogen, por lo que tienes que aguantarte una semana con la basura en casa. Ni os cuento el drama cuando (al principio) se te olvida qué día es, no sacas la bolsa a tiempo, el siguiente turno es festivo, y tú llevas con una bolsa en casa desde hace ya 10 días.

El caso es que la bolsa no la llenas, porque una vez clasificada la basura, en esa bolsa va el “resto” y como pagas una pasta, pues te ocupas de seleccionar al máximo todo lo que puedes reciclar. A su vez, esto genera que desarrolles un sistema de almacenaje paralelo para todo lo que no va ahí. Y que la bolsa cada vez te dure más. Y que entonces entiendas que el cubo vaya en un cubículo especial con un sistema de ventilación y eliminación de olores.

Vamos a ver lo que no va en la bolsa. Que no es poco:

Papel: tienes que hacer una pila con el papel (incluyendo los dichosos periódicos gratuitos que insisten en meterte en el buzón) y atarlo con un cordel. El atadillo tienes que desplazarlo a la calle (sin que se desmonte) y depositarlo al igual que tu bolsa. En mi caso el papel se recoge una vez cada 15 días, los miércoles. En Berna tenemos la suerte de poder poner papel y cartón en el mismo atadillo, cosa que no pasa en otros sitios.

Vidrio: te ocupas de recoger todas tus botellas y botes y te desplazas a un punto de recogida. En algunos sitios existen contenedores subterráneos (ahí también suele haber para papel), pero lo normal es buscar alguna zona apartada en la que haya una especie de mini estación de reciclaje con todos los contenedores a la vista. En ese momento empieza el baile, porque hay contenedor para vidrio blanco (o sea, transparente), verde y marrón. Parece sencillo, pero con alguna botella me he quedado bastante rato pensando en cual debería meterla. ¿Y las botellas azules? ¿Eh? Resulta que el azul va al verde…

Plástico: los envases de bebidas van a un contenedor, los de productos de limpieza y cosméticos a otro (son de un plástico diferente…). La mayor parte de supermercados grandes tienen contenedores de recogida de envases de plástico.

Pilas: como en España, a un contenedor especial. Fácilmente localizable en supermercados.

Bombillas: contenedor especial en algunos supermercados.

Aluminio: las latas de conservas o bebidas tienen también su propio contenedor.

Residuos verdes: entiéndase aquí cuando podas una planta, o recoges hojas de tu jardín. Esto va a un contenedor, que previamente tienes que solicitar para tu edificio. En este contenedor también puedes incluir restos orgánicos de comida, pero jamás restos de ninguna otra cosa. Se recoge una vez a la semana. Ah, y en enero hay una recogida especial de árboles de navidad.

Compost: no me voy a poner a detallar lo que ellos consideran que es bueno para hacer compost o no, pero que las cosas que sí valen las puedes poner en el compostador más cercano (en tu jardín o en el común del vecindario). Si no tienes compostador, puedes pedirlo y te lo dan.

Ropa: por supuesto, hay contenedores especiales para ropa, pero se encuentran siempre en el extremo opuesto a cualquier otro contenedor, para facilitarte que te mantengas en forma.

Muebles, electrodomésticos, cerámica, bicis y “cualquier cosa que parezca poco recomendable meter en una bolsa”: esto va directamente al punto limpio. Puedes llamar y te recogen las cosas, pero dado el complejo sistema de horarios, es probable que prefieras desplazarte. La parte buena es que suelen estar bien localizados para que realmente puedas ir, y además allí tienen contenedores de todo, por si hay algo que no sepas dónde tirar.

Y para las dudas, una fantástica web y una aplicación para el móvil, no vayas a no tener claro qué hacer! Además a principios de año te dejan en el buzón un calendario (que tienes que tirar en el atadillo de papel) con todas las fechas.

Lo dicho, un máster…

La ruta del Eiger

Ayer celebraba mi cumpleaños, y qué mejor forma de celebrarlo que un tranquilo paseo por las montañas… o al menos con esa idea salimos de casa. Durante nuestro trayecto una cosa llevó a la otra y decidimos ir a la ruta de la pared norte del Eiger, que total, según los suizos, cualquiera puede hacer. Seguro que tampoco íbamos tan en modo suicida… Y la verdad es que no fue para tanto. Vale, igual podríamos haber llevado unas botas adecuadas. Y quizá unos bastones. Pero seguimos vivos.  Tened en cuenta, en todo momento, que debido a un trauma de la infancia (del que soy perfectamente consciente pese a no ser capaz de superar) tengo muchísimo vértigo, por lo que esta excursión fue una experiencia realmente alucinante.

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Vistas desde el tren de montaña de Grindelwald

Nuestra excursión comenzó en Berna, cogiendo un tren a Interlaken. De Interlaken un segundo tren a Grindelwald (que iba a ser nuestro destino inicialmente, a 1000 m de altitud, aprox.). De Grindelwald cogimos un tren de montaña a Kleine Schneidegg (unos 2000 m). Kleine Schneidegg es la estación de partida del Jungfraubahn, que sube a Jungfraujoch. Sistemáticamente me han dicho que no suba allí, que no hay mucho que hacer y que no compensa el precio (unos 100 euros). También me han dicho que todo está lleno de turistas asiáticos, pero no me lo creía. La sensación al salir del tren en Kleine Schneidegg fue… agobiante. Allí había cientos de asiáticos. En serio, cientos. La mitad más o menos iban equipados como si fueran a subir el Everest, la otra mitad iban en sandalias y pantalón corto. Para que os hagáis una idea, debíamos estar a unos 10 grados gracias al sol. Toda esa gente iba a subir a Jungfraujoch, hacer unas cuantas fotos desde la ventana de la estación y probablemente ni tan siquiera salir al exterior. Por no hablar de la inmensa masa que siente mal de altura en el proceso y ni puede disfrutarlo. Si queréis una referencia más de cuanto extranjero había allí, os puedo decir que entré al baño y había carteles explicando cómo usarlos (por ejemplo, que la idea es sentarse, no ponerse de cuclillas con los pies en la taza).

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El Eiger visto desde la parada del Jungfraubahn

Pegándonos con los chinos conseguimos subir al Jungfraubahn. Ese fue nuestro mayor tiempo de espera (unos 10 minutos), ya que los trenes anteriores estaban perfectamente sincronizados, con sólo 5 minutos entre ellos. Una vez en el tren nos bajamos en la primera estación, en Eigergletscher (el glaciar del Eiger) que era nuestro punto de partida, a 2320 m de altura. Aunque no hacía frío, si había algunos restos de nieve. Empezamos nuestra ruta, al principio subiendo un poco, para luego continuar casi todo el camino hacia abajo.

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Aquí empezamos la ruta. Lo veo ahora y no me lo creo…

El primer kilómetro se hizo algo duro, y es que a estas alturas del año no debería haber nieve, pero había bastante. Como coincidíamos en ruta con un tramo de la Ultratrail del Eiger, el camino estaba relativamente embarrado (y mezclado con nieve que se deshacía). Por otra parte, supongo que si no hubiese corredores igual ni habríamos podido identificar el camino. Otra de las cosas malas era tener que apartarse para dejarlos pasar, cosa que a más de 2000 m y con una caída considerable, no siempre era sencillo.

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Nuestro caminito por la nieve. Sigo preguntándome cómo pude hacer eso con mi vértigo

Creo que sólo hubo un punto problemático, en un tramo con bastante cuesta que había mucho barro/nieve/hielo y nos estábamos desplazando muy lentamente y resvalando mucho. La verdad es que todo apuntaba a que íbamos a sentar el culo en el barro de un momento a otro para poder seguir, pero por suerte había otro señor por allí que llevaba bastones que amablemente se unió a nosotros y pudimos salir los tres de allí sin el culo lleno de barro. El resto de tramos de nieve y barro pudimos pasarlos sin problema, aunque muy despacio. Los corredores del ultratrail pasaban bastante rápido por estos tramos, aunque he de decir que a juzgar por su aspecto, sentaron el culo más de una vez.

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No sé si he dicho que pasábamos bastante pegados…

El tramo en el que realmente se pasa pegado a la pared del Eiger es impresionante. Estás mucho más cerca de lo que parece en las fotos. Desde varios puntos se puede ver el acceso a la Via Ferrata (se ve la escalera para subir el primer tramo), en la que pudimos identificar a unas tres personas. También se puede apreciar muy bien la vía de la pared norte, que supuestamente es la vía más difícil, y es que un montón de gente lo intentó y hasta 1938 nadie lo consiguió. Aunque ahora hay más de 30 vías abiertas, la que abrieron en el 38 sigue considerándose la clásica y en el mejor punto para observarla de nuestro camino teníamos un cartelito para poder identificar los puntos más importantes. A día de hoy, la Nordwand (la pared norte) se sigue considerando muy peligrosa.

Según fuimos bajando poco a poco empezó a desaparecer la nieve y empezamos a encontrarnos los productos del deshielo. Grandes cascadas y riachuelos aparecieron por nuestro camino. Mi novio incluso pudo probar qué pasa si metes tu pie en agua que baja directamente del Eiger. Yo fui un poco menos drástica (iba detrás y no cometí el mismo error) y opté por recoger algo de agua bien fresca para el resto del camino. Nunca había visto agua tan cristalina… ni tan fría!

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“río” decían… 

En el último tramo de bajada, ya sin nieve, pasamos un par de zonas consideradas como peligrosas, en las que amablemente habían puesto unas cuerdas metálicas para que no te matases. Desde mi perspectiva al principio había sido mucho más peligroso, pero supongo que los ojos de alguien que no tiene vértigo son diferentes y realmente había más probabilidades de caerse al vacío en este tramo. Aunque no totalmente necesaria, hay que decir que la cuerda fue útil.

Finalmente, unas dos horas y media más tarde, llegamos a Alpiglen, a unos 1600 m, desde donde pudimos coger el tren de montaña de vuelta a Grindelwald.

Según habíamos leído la ruta eran unos 6 km, pero mi sensor de movimiento dice que fueron más bien 10, y nosotros de la ruta no nos desviamos. De tiempo, yo diría que lo mejor es contar con unas 3 horas, y buscar un momento del día en el que no pegue mucho el sol. Nosotros nos alegramos de empezar tarde porque así no hacía tanto frío, pero mi cara y mi cuello están como tomates… y es que el sol pegaba mucho, y yo me quemo con mucha facilidad. Si hubiésemos ido por la mañana, supongo que nos habríamos quedado a comer en el restaurante de Alpiglen (es lo que hay, un pequeño restaurante de montaña y la parada del tren), pero era media tarde y estábamos cansados, así que optamos por volver a casa.

Recomendaría esta ruta a cualquier persona con una forma física decente (estándar español) y sin demasiado vértigo. Aunque la distancia no es mucha, la bajada se nota (os puedo decir que mis gemelos me la recuerdan cada vez que me muevo) y era necesario un buen ejercicio de balance de equilibrio en algunas zonas. Asegurándose de que se ha ido toda la nieve, se podría hacer incluso con niños. Pero no hagáis lo que hice yo, y consultad primero el tiempo y el estado de la ruta.

Siento no tener mejores fotos que ofreceros, pero como comprenderéis no estábamos mi vértigo y yo como para hacer muchas más fotos, así que os dejo sólo una selección para abrir el apetito y que os animéis a visitar Suiza y el Eiger.

Lass uns grillieren!

Vamos de barbacoa. Las barbacoas en Suiza son un fenómeno a estudiar. El acontecimiento consiste en una mezcla de las tradiciones alemanas, francesas, las propias suizas y a saber qué más.

Hace ahora dos años asistí a mi primera barbacoa en Suiza, siendo quizá uno de esos momentos en los que te das cuenta de las diferencias existenciales entre las dos culturas. Hace poco más de una semana, coincidimos en una con un grupo de españoles. Tal situación me permitió comparar lo que ocurría en su mesa y en la nuestra…

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Esto es lo que yo espero comer si voy a una barbacoa

Las españolas (al principio eran sólo mujeres) observaban detalladamente como nuestro alemán encendía la chasca. Bueno, la hoguerita, más bien. El chico hizo una pila estratégicamente colocada de troncos enormes, que no prendía ni de milagro. Al cabo de un rato, el alemán pretendía poner combustible (en nuestro caso alcohol del laboratorio). Por suerte, las españolas aparecieron para salvarlo y darle unas cuantas ramas. El chico dudó que tal técnica fuese a funcionar… pero magia.

Nosotros habíamos improvisado la barbacoa, entiéndase esto en el contexto suizo, habíamos decidido hacerla sólo una semana antes (mañana tengo una, por ejemplo, cuya fecha fue fijada hace más de tres meses). En esa barbacoa sólo llevábamos cosas recién compradas en el supermercado. Para mañana, tras un complejo sistema de reuniones, hemos repartido el trabajo y cada uno va a llevar algo. Entre los componentes esenciales se encuentra el tzatziki (salsa griega, inexplicablemente adorada entre diversas culturas germanas), el pan de ajo, ensaladas, etc. En el tema carnívoro, obviamente habrá salchichas, pero también filetes que serán cortados en pequeños trozos. Suelen triunfar los pinchos en los que hay más vegetales que carne. A veces incluimos salchichas frescas (que por alguna razón todo el mundo me pregunta si me atrevo a comer, se ve que no saben que nosotros de eso tenemos) y mucho pollo. Las señoras de la semana pasada tenían cosas que a mi me parecían más normales, como churrasco (¿cómo se puede llamar barbacoa sin churrasco????), chorizos (sigo sin saber cual era su fuente de contrabando) y sardinas. Vale que este último punto puede ser algo más típico de Galicia, pero es que a mi me estaba cayendo la lagrimita con el olor de las sardinas…

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Esto es lo que realmente querría poder comer en una barbacoa😥

Un tema destacable es el de los vegetales. Para un español una barbacoa se compone fundamentalmente de carne (de ternera o cerdo y poco más). Aquí parece bastante común poner vegetales a la brasa. Y no, no hablo de patatas asadas. Recuerdo ese primer año que me tomé a coña cuando alguien dijo que traería vegetales marinados para poner en la barbacoa… y resulta que iba en serio.

Otra cosa que me llama la atención es el queso. Les parece fundamental asar Halloumi. Y siendo honesta, esa sí es una costumbre con la que puedo vivir. Qué rico!

Entre las cosas que no dejan de sorprenderme, una chica ha sugerido traer mañana nubes. Veremos si las consigue y cómo funciona la cosa… porque yo creo que más allá del mechero los españoles no sabemos cómo asar nubes.

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Queso a la brasa… probadlo!

Luego está el tema de la parafernalia. Parece que el tema este de llevarte media casa al merendero elegido es bastante internacional. Lo que parece que no es tan común es lo de compartir las brasas… Ni os imagináis como se pusieron cuando se enteraron que las españolas pretendían poner allí sus cosas!! (Y lo mejor fue su cara después cuando vieron la comida de las españolas y se quedaron pensando que ya que estábamos por compartir…).

Una vez acabado el paso de comer (que ocurre unas 20 veces más rápido que en España), pasamos a la sobremesa. Aquí se ve que no consideran lo de llevar café como parte de la media casa que te debes llevar. Pero sí fruta. ¿Vosotros cuando íbais de churrascada con la familia no comíais sandía? Yo por alguna razón lo tengo asumido como LA fruta. Resulta que mañana soy yo la encargada de llevar, entre otras cosas, la fruta. Como ya me olía que mi concepto no iba a ser el mismo que el suyo, se me ocurrió preguntar qué fruta querían. ¿Sabéis que me han pedido? Paraguayos!! He tenido que confirmar tres veces que se referían a lo que yo estaba entendiendo.

Veremos cómo va la barbacoa de mañana. Por ahora mi jefe ha traído 24 cervezas que nos ha prohibido explícitamente que nos bebamos antes. Seguro que, una vez más, esta gente consigue que me sienta más extranjera que nunca.

20 tópicos y curiosidades sobre los suizos

Al hilo de una conversación que tuve hoy sobre los suizos, he pensado que quizá es un buen momento para empezar a hablar sobre ellos. Tras más de dos años viviendo aquí, creo que empiezo a tener una idea sobre esta gente. Vamos a revisar algunos de los tópicos y algunas curiosidades sobre la cultura helvética.

Disclaimer: esto es una opinión personal, son cosas que yo he observado y me han llamado la atención pero cada suizo, al igual que cada español, es una persona diferente. Hay de todo y quizá es una de las cosas que me gusta del país, su gran diversidad! Que nadie me salte al cuello ni se tome mal ninguno de los puntos destacados.

  1. Los suizos no son abiertos. Es difícil hacerse amigo de un suizo, porque los suizos seleccionan muy bien a sus amistades, tienen pocos amigos pero los que tienen son muy cercanos. En España consideramos a una persona “amiga” más fácilmente, mientras que los suizos te considerarán un conocido más al que saludar, pero al que no contarle intimidades. Si un suizo te considera amigo, serás de los “del alma” y hará lo que sea por ti (y esperará lo mismo a cambio). Por otra parte, aunque no seas su “amigo”, un suizo va a ser en general amable, aunque es probable que no te de conversación porque llegará tarde a algún sitio cuando te lo encuentres. Lo que nos lleva al siguiente punto…
  2. Los suizos están obsesionados con la puntualidad. En sí, este fue el tema que inició mi conversación hoy. Los suizos son muy puntuales y esperan lo mismo de ti. El concepto de “sólo son 5 minutos” no les vale. El transporte público llega siempre a la hora exacta y un retraso de dos minutos en un tren será anunciado por megafonía con las correspondientes disculpas. Los suizos saben que esto funciona, así que llegarán a la parada 30 segundos antes de la salida del tren. Si un tren se retrasa, la compañía te informará de qué hacer en caso de que tuvieses una conexión, porque saben que muchos pasajeros habrán comprado billetes con un tiempo de transbordo de menos de 5 minutos. Si vas a llegar tarde a una cita más te vale avisar lo antes posible y tener una buena excusa (decir que el tren llega tarde no vale si es mentira, porque todos los suizos viven obsesionados con alguna aplicación de transporte público y sabrán si les estás mintiendo).
  3. Los suizos y el dinero. En contra de lo que mucha gente piensa, la vida en Suiza es normal. Vale, igual por la calle ves más coches caros, pero la mayor parte del parque automovilístico es más viejo que la media española. Los suizos por alguna razón casi no compran productos Apple. Todavía no he conocido a un suizo que lleve un Rolex (en sí, pese al negocio montado… la mayor parte de los suizos ni siquiera llevan reloj!). Los bancos existen, están ahí, pero es algo que a los suizos ni les va ni les viene. La mayoría tienen sus ahorros en la caja del cantón en el que residen. Viven ajenos al tema este de “tener cuentas en Suiza”.
  4. Los suizos y el deporte. Recuerdo que cuando llegué a Suiza me preguntaba dónde se metía la gente el fin de semana, porque parecían desaparecer. Al principio creía que se quedaban en casa. Luego descubrí que no, que lo que hacen es salir a la montaña/lago a practicar sus deportes preferidos. A los suizos les encanta esquiar. El concepto senderismo en Suiza adquiere una nueva dimensión. Si un suizo te dice que “vamos a dar un paseo por la ladera de ahí al lado” asume que vas a hacer 15 km a 1500 metros de altura. Si tienes vértigo (como yo), vas a vivir la mitad de tu vida pensando que vas a morir. En verano su deporte preferido es flotar durante unos km de río (en serio, se tiran al río, dejan que la corriente los lleve y luego salen en otro punto del río, caminan al principio y a repetir X veces). Por supuesto, la forma física se mantiene con los paseos en bici al trabajo (Suiza no es muy plana que se diga, tengamos esto en cuenta) y sus sesiones corriendo (muchas antes de las 6 de la mañana…). Un español “bastante en forma” no le llega ni a la suela de los zapatos a un suizo promedio, doy fe.
  5. Los suizos y el chocolate. Sí, Nestlé, Milka, Lindt, Toblerone… Ya. Son los mayores exportadores de chocolate, pero os puedo asegurar que no comen más chocolate que cualquier otro ser humano.
  6. Los suizos y el queso. En este caso es lo opuesto. Los suizos consumen todo lo consumible con queso, y con mucho. La variedad de quesos es impresionante y están todos muy ricos.
  7. Los suizos y los “productos de la huerta”. Aunque existe cierta obsesión con el mundo eco y bio, a la mayor parte de los suizos lo que les importa es consumir productos frescos. Casi no conocen lo que es la comida precocinada o los restaurantes de comida rápida. Les encanta cocinar (cosa que hacen muy bien) y comprar en el día lo necesario (cosa que hace que ir al supermercado a las 7 de la tarde sea el infierno).
  8. Los suizos y los cantones. Al vivir aquí he perdido toda capacidad de comprensión del lío montado en España. Suiza es un estado federal, y cada cantón tiene TODO transferido. Hagas lo que hagas, las leyes variarán en cada cantón. Si te mudas de cantón hasta tienes que rematricular tu coche. Pese a ello, no se matan.
  9. Los suizos y el patriotismo. Vale, estamos divididos en cantones y todo lo que sea… pero la unidad federal se mantiene. Adoran su bandera y aprovechan cualquier oportunidad para colgarla en sus casas. Esto llega a su máximo exponente en la fiesta nacional, el 1 de agosto. Adoran, y mucho, su país. Aprovecharán toda oportunidad posible para ilustrarte sobre sus tradiciones ancestrales, que merecerían un post diferente.
  10. Los suizos y la democracia. En Suiza hay democracia directa. Si una persona cree que algo se debe debatir en el parlamento, tiene que reunir 100.000 firmas en 100 días y su propuesta se debatirá y se votará. Cualquier decisión pasará por el pueblo, que votará en referéndum vinculante. No existe un primer ministro, existe un consejo en el que están representados los principales partidos que conforman el parlamento. Y ojo, suena muy bonito pero no siempre funciona, no subestiméis la estupidez de la gente. En sí, en los últimos años han votado grandes pifias que ahora intentan arreglar con una segunda votación (a ver si explicándoselo bien entienden lo que están votando). Para contrarrestar lo utópico del tema, Suiza fue el último país europeo que permitió que las mujeres votasen (en el 71), pero como esto varía de cantón a cantón… y en Appenzell Innerroden no se permitió votar a las mujeres hasta 1990!
  11. Los suizos y los idiomas. Suiza tiene cuatro lenguas oficiales (alemán, francés, italiano y romanche), pero no son co-oficiales. En algún cantón (o en zonas de algún cantón) sí hay dos co-oficiales, pero en la mayor parte de los casos se habla solo una. En teoría estudian otra lengua, pero si viajan a “la otra zona” (esto está muy marcado entre la zona francesa y germana) lo más probable es que hablen inglés. Si le preguntas a un suizo si habla inglés te dirá que “sólo un poco” y a los dos minutos descubrirás que parece nacido en el corazón de Inglaterra. Las abuelitas hablan inglés. Los niños pequeños hablan inglés. Así no hay forma de practicar alemán.
  12. Los suizos y los dialectos. Si has conseguido encontrar a una de esas personas que NO habla inglés, probablemente no podrás entenderte con ella, sobretodo si estás en la parte germana. Ellos dicen hablar alemán, pero lo que hablan es un dialecto, cada pueblo tiene un dialecto ligeramente diferente, no se entienden bien entre ellos, los alemanes no se enteran de nada, y tú con tu alemán nivel principiante eres incapaz de entender ni una palabra.
  13. Los suizos y su capacidad para agobiarte. En teoría los españoles somos muy cercanos y todo eso… pero cuando estamos al lado de un desconocido, respetamos su espacio vital. Yo que sé, en la cola del supermercado, de un cajero… siempre dejamos una distancia de rigor. Los suizos se te pegan como si no hubiera mañana. Tú reaccionas echando la mano al bolso o al bolsillo… hasta que te das cuenta de que en Suiza nadie te va a robar.
  14. Los suizos y el nivel de ruido. Sabrás dónde hay extranjeros por el nivel elevado de ruido. Los suizos hablan muy bajo, siempre. Especialmente en el transporte público, se oyen muy pocos ruidos. Eso no quita que siempre te pregunten si el sitio está libre antes de sentarse cerca de donde tú estás, que te digan “Gesundheit!” (salud) cuando estornudas aunque no te conozcan de nada, o incluso que entablen conversaciones absurdas contigo en el tren: de las mías destaco la de un italosuizo que me contó lo mucho que le gustaría viajar a España o la del señor que me soltó media hora de conversación sobre el tipo de müsli que cada uno de nosotros había utilizado en su desayuno.
  15. Los suizos y la educación. Eso de tutearse no va con ellos. Cuando te presentan a un suizo te va a tratar sí o sí de usted (si tienes más de 18). La persona de mayor rango (edad o título, aunque no tengo muy claro el peso de cada uno) es la que tiene que decirle a la otra que por favor la tutee. Como en España, esto se está perdiendo un poco en las nuevas generaciones, pero todavía están a años luz. Para compensar, cuando ya te han presentado a alguien y tienes permiso para tutearlo, si has pasado más de dos horas comiendo o bebiendo con esa persona se considera suficiente para que en lugar de un apretón de manos se despidan con un fuerte abrazo o con tres besos (dependiendo de la zona de Suiza). A mi lo del abrazo me desconcierta mucho, pero parece ser que a los de la “zona abrazo” lo que les desconcierta es eso que hacemos el resto de dar besos. ¡Pero si somos mucho menos invasivos!
  16. Los suizos y los impuestos. Los suizos sí pagan impuestos, y bastantes. Como curiosidad, los extranjeros con permiso B (lo que tengo yo) o inferior pagan menos impuestos, porque se presupone que no se van a quedar a largo plazo. Sí cotizan para la pensión (con un sistema bastante complejo, por cierto), pero la mayor parte tienen un plan de pensiones privado. En porcentaje del salario, lo que se me descuenta a mi en Suiza de impuestos es similar a lo que se me descontaba en España. Eso sí, el seguro médico no va en el pack. Tú te pagas tu seguro médico con la compañía que decidas y la cobertura y franquicia que consideres oportuna (y esto no hay forma humana de bajarlo de 250 francos al mes).
  17. Los suizos y el dinero. Los suizos no hablan de dinero. Nunca, jamás. Esto da lugar a situaciones absurdas como que no te digan cual va a ser tu sueldo. Tu ganas lo que debes ganar para el puesto en el que estás y algo cuesta lo que debe costar en relación a su calidad.
  18. Los suizos y la religión. La educación suiza es 100% laica, y si eres una persona religiosa tendrás que contribuir a tu iglesia (o lo que sea) con tus impuestos. Ojo, si dices ser ateo tendrás que serlo de verdad, que si se enteran (y se enteran) de que mientes, te harán pagar los impuestos de los años previos. Más allá de esto, los suizos no hablan de religión. Cada cual es libre de creer lo que quiera, en la intimidad y sin lavar el cerebro del resto.
  19. Los suizos y la seguridad. El servicio militar es obligatorio para los hombres suizos, y sirven entre los 18 y los 30, en cómodos plazos, eso sí. Para las mujeres es voluntario. Durante el periodo de servicio, todo militar se lleva sus armas a casa. Existe un complejo sistema de normas sobre dónde guardar cada arma, qué hacer con la munición y cómo realizar el traslado del cuartel a casa. En Suiza existen búnkers suficientes para toda la población (incluyendo extranjeros residentes y turistas): casi todos los edificios tienen uno y además existen muchos públicos, incluyendo los repartidos por las montañas, que nunca se sabe cuando te van a atacar con una bomba nuclear. Además, las autopistas están preparadas para ser transformadas en pistas de aterrizaje para aviones militares en caso de necesidad, y todos los accesos a el país están preparados para ser dinamitados en caso de intento de invasión. Así es como se mantiene la neutralidad suiza y una de las tasas de criminalidad más baja del mundo.
  20. Los suizos y la confianza. Los suizos reaccionan rápido si creen que se está cometiendo un delito, lo que hace que por ejemplo, en un tren de larga distancia, puedas dejar tu ordenador y tu bolso en tu sitio, irte media hora a la cafetería y encontrarlo donde lo has dejado al volver. Además, los suizos con granjas ponen en la calle lo que sea que quieren vender y una hucha y esperan que tú seas una persona civilizada y pongas en la hucha lo que ellos han puesto que cuesta en el cartelito antes de llevarte lo que sea que están vendiendo. No está vigilado y no, nadie, nunca, jamás, se ha planteado robar.

Y hasta aquí mi resumen de curiosidades sobre los suizos. ¿Alguna idea? ¿Alguna pregunta? Espero comentarios para poder escribir una segunda parte!!